La constelación del Perro 1 #8
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En la cima deslicé el fusil plano sobre la superficie lisa, me pegué a la tierra fría y subí arrastrándome hasta asomarme por encima del borde.

Los vi a la luz de la bombilla del porche. Uno dos trescuatrocinco... Cargarse unadostrescuatrocinco palomas asídefácil ... Cinco hombres todos adultos excepto uno, tal vez, o más bajo o más joven.

Mierda.

Con gran esfuerzo, el primer verano habíamos logrado apalancar y derribar el contenedor que había al sur, a unos treinta metros de la casa.

Quedó volcado con la tapa abierta dejando a la vista un hueco negro.

La orilla del río era profunda y escarpada, y al rodear el aeropuerto describía un meandro muy cerrado.

Un foso perfecto. El único vado practicable era un camino que iba desde el fondo hasta esa casa, la única que iluminábamos.

Así que naturalmente se apiñaron contra el contenedor, al sur de este y a la sombra de la bombilla, protegidos de la casa donde ellos —y cualquiera que no fuera un soldado profesional— imaginaban la amenaza y el premio.

Pan comido. O cualquier otra metáfora desafortunada para los desafortunados que van a morir.

Mato ciervos. No tengo ningún problema en matar ciervos. Desollar, cortar, comer.

El corazón me aporreaba las costillas como una criatura ciega que tratara de reventarme el pecho.

Me palpé el cinturón y apreté los lados de la radio pulsando el botón del micrófono tres veces con el pulgar.

Y tres y tres más. Empecé a contar. Antes de llegar a doscientos Bangley se me acercaría tranquilamente por detrás con dos armas: un fusil de asalto M 4 y un fusil de francotirador ligero, probablemente un AR -10 del .

308. Sin dejar de contar mentalmente, arrastré el fusil hasta ponerlo sobre uno de los sacos de arena de la cima y ajusté la culata a mi hombro derecho y observé.

Veintisiete metros. Lo habíamos medido al milímetro.

Cientotreintayuno cientotreintaydos

Estaban acuclillados y hablaban entre ellos en susurros, no podía oírlos.

La brisa era suave, la notaba fría en la nuca, soplaba hacia el oeste, de mí hacia ellos, transportando el sonido.

Con el pulgar puse muy lentamente el seguro en posición de fuego, oí el clic, me estremecí, me pareció que sonaba fuerte, empujé la palanca para ponerla en automático.

Cientosetentaynueve cientoochenta

Ni siquiera eran profesionales. Estaban agachados juntos formando un único objetivo, desde esa distancia uno solo llenaba la mira, la llenaba de sobra.

Eran granjeros agentes de seguros mecánicos.

Probablemente. Apiñados. Condenándose. En fin.

Con una levísima presión de la parte interior del hombro desplacé la mira y los barrí y tenían armas, todos ellos.

Mientras los barría, la imagen de la mira temblaba con el martilleo de mi corazón.

En ese momento eran asesinos. En ese momento de nuestra historia de culpa mutua, quiero decir.

A saber cuántos o con cuánta crueldad. En ese momento estaban agrupados, a punto de lanzar un ataque armado.

Contra lo que quedara de una familia que hubiera logrado sobrevivir en aquella casa. Y...

Me percaté de la crueldad del asunto: ellos y la casa, la familia ficticia, yo y ellos, que cualquiera de nosotros tuviera que estar en esa posición. Joder, Hig, no pienses. Un día nos van a matar a todos por tu culpa , le gustaba gritar a Bangley.

Doscerocinco dosceroseis . Y Bangley sin llegar. Qué cojones. No había pasado nunca. Siempre aparecía al llegar a doscientos, normalmente antes.

Aparté el ojo del ocular y volví la cabeza hacia la izquierda. Ninguna sombra. Ninguna figura, ni rastro de Bangley. Joder . Volví a acercar el ojo a la mira. La mano me temblaba en el guardamonte. Empezaba a temblar.

Hablaban entre ellos. Con la temblorosa mano izquierda moví la palanca que liberaba la mira y la saqué de su canal. La coloqué a un lado, fuera de la línea de la mira de hierro. Se me abrió el campo de visión.

Ya de niño, lo de matar era lo que menos me gustaba.

Me encantaba cazar con mi tío Pete. Un hombre de letras y de acción chapado a la antigua, al estilo de Ernest Hemingway y Jack London, salvo que él daba clases de bailes de salón.

En cruceros. La tía Louise y él se dedicaron a eso durante unos veinte años, y entonces ella se murió y mi normalmente entusiasta y hablador tío se volvió callado, más serio.

Seguía siendo divertido. No se le daba muy bien ni lo uno ni lo otro, ni la acción ni las letras, pero lo idolatré durante mucho tiempo, más del necesario, y fui con él a mi primera cacería de alces cuando tenía doce años.

Se me daba bien. Entendía el terreno y el hábitat a la primera, casi como si me hubiera criado con el Pueblo de los Ciervos, y era silencioso y tenía cuidado con la dirección del viento y con el silbido de las ramitas al rozar con el nailon de la mochila y con el ruido del agua que ahogaba los demás sonidos, y era un rastreador hábil, y muy útil en el campamento, y salía del saco de un salto al gélido frío de la montaña a las cinco de la mañana de una noche de mediados de noviembre.

Todo eso me encantaba, y al parecer no tenía ningún problema en poner a la hembra de alce en el punto de mira, pero cuando disparaba y ella tropezaba con las rocas y daba tumbos y volteretas sobre el cuello y me miraba con su ojo brillante y, tumbada de lado, rascaba desesperadamente las piedras con las patas inútiles antes de que volviera a dispararle en la cabeza muerto de miedo y la vida se le escapaba del ojo y de las patas y luego, cuando la desollaba, la sangre se derramaba sobre la tierra helada y se mezclaba, rosada, con la leche caliente de sus ubres todavía llenas...

No me gustaba. A partir de entonces fui a cazar todos los años, y me encantaba todo, hasta que hubiera alce en el congelador, pero eso no. Ni siquiera me gusta matar bichos.

Dos veintitrés dos veinticuatro .

Bangley no llegaba. Una vez intenté negociar. Nunca he estado tan cerca de morir.

Las antiguas reglas ya no sirven, Hig. Han muerto, igual que los pájaros carpinteros. Desaparecieron con los glaciares y el gobierno. Vivimos en otro mundo. Otro mundo, otras reglas. No negocies nunca, jamás.

Le gustaba decir aquello antes de ir a pegarle un tiro a alguien.

Cinco era un grupo grande, el mayor con el que nos habíamos topado en un par de años.

Estaban agachados, el más alto, el que estaba pegado al contenedor, tenía un fusil con mira, estaba vuelto hacia atrás diciendo algo, haciendo señas con la mano derecha y tocándose el pasamontañas que llevaba ladeado, y el que estaba a su lado tenía un fusil de asalto, probablemente un AK , y los otros tres: dos escopetas y un fusil de caza.

Vía libre a veinticinco metros con mis gafas de visión nocturna.

El tercero por la izquierda, con escopeta, llevaba un sombrero de vaquero: un hombre bajo con un sombrero grande.

Estaban agrupados y asentían y estaban a punto de entrar en acción.

Me temblaba la mano. No volverían a ser un objetivo tan fácil.

Me propuse barrerlos de derecha a izquierda. Con fuego automático. Apunté al bulto del último con la idea de atajar por la línea media del grupo.

Deslicé el dedo índice derecho sobre el frío gatillo, respiré hondo, un profundo aliento vital que dejaría salir despacio como me enseñaron y

Se partió en dos. La noche. No yo. Erupción repentina de una llama periférica desde abajo a mi derecha, la mole del chasis de un camión, la ráfaga de fuego racheado, el grupo que ocupaba mi punto de mira separándose entrópico, el punto rojo volando por todas partes como un bicho letal, lanzando hacia arriba las sombras que luego caían para que el suelo verde se las tragara.

No fui yo.

Yo no había apretado el gatillo.

Un alarido y un grito, uno gimiendo, otro retorciéndose, y quejidos, vi a Bangley salir de detrás del camión, desenfundar su .45, caminar tranquilamente a campo abierto y tres tiros; los que gritaban, mudos de repente.

Brisa, frío. El flujo de la sangre en mis oídos enjuagaba los gritos. Silencio.

Recogió las cinco armas desperdigadas, se las colgó al hombro.

Dio la vuelta al terraplén, se descolgó las armas, oí su tintineo al entrechocar en el suelo, habló con Jasper en voz baja, trepó hacia donde estaba yo todavía boca abajo, diría que todavía paralizado con el dedo en el gatillo pero más bien inmovilizado por la incredulidad.

Qué cojones.

Muy bien, dijo. Bien hecho. No estaba seguro de que aún tuvieras lo que hay que tener.