1 #7
O el tenor de las montañas Brad Lee Folk cantando Hard Times con su voz dulce y ronca .
Head hung down and homeless, lost out in the rain ...
Nunca pensé que sería viejo a los cuarenta años.
El blues sí que puedo ponérmelo. A ella el blues nunca le interesó demasiado.
Me consuelo con Lightning y Cotton, BB y Clapton y Stevie Ray.
Pongo a todo volumen Dear Son en la versión de Son Seals hasta que, en el arroyo, los coyotes rasgan el cielo con una sentida interpretación del solo de harmónica.
Aullidos desgarradores que suenan como si se murieran de dolor pero les encantara.
Bien mirado, justo en eso consiste el blues.
Por la noche, me acuesto detrás del terraplén con Jasper.
Estamos a comienzos de primavera, es tardísimo, o puede que ya sea muy temprano, y Orión ha tropezado y se cae de espaldas sobre el filo dentado de las montañas, cae sin gritar, en silencio, mientras intenta abatir al toro antes de que lo pisotee.
A veces parece muy pacífico, pero esta noche no. Esta noche lucha por su vida.
Jasper está suelto y duerme sobre mi muslo izquierdo, pero a mis pensamientos los ato bien cortos. No dejo que se alejen, no les permito ir más allá del invernadero, del hangar, de la po sibilidad de una cacería en primavera, cuando los osos están hambrientos y son menos precavidos.
Ronca bajito como siempre, un breve resoplido al aspirar y una especie de gemido al expulsar el aire.
Pese a mis propósitos, recuerdo la llamada procedente de Grand Junction.
Irrumpiendo en mi frecuencia como un tren que saliera de un temporal de nieve y luego se perdiera en la ventisca de ruido parásito con una estela larga y afligida, doplerizada.
Triple tres alfa... Grand Junk... Grand Junction ...
La voz sonaba mayor, amable, preocupada, como un abuelo que llamara desde el pie de unas escaleras empinadas.
¿Cuántos años hacía? Dos o tres. Fue en verano, de eso me acuerdo.
Recuerdo el humo de los incendios de verano, el humo que cercaba a la Bestia, y la puesta de sol de aquella noche como una masacre.
Volé en círculos y me elevé, y tracé unos círculos cada vez más amplios pulsando el botón del micrófono una y otra vez.
Pulsé frenéticamente el silenciador. Quizá hubiese un atajo en la atmósfera, cómo iba a llegar tan lejos cuando hacía años que no funcionaba ningún repetidor.
En la voz se apreciaba experiencia. Un hombre mayor.
Lo recuerdo. Se abrió paso a través del ruido.
Otro piloto, era otro piloto, estaba clarísimo.
Con mis depósitos puedo ir hasta Gunnison y volver, o tal vez hasta Delta en la otra dirección.
Si el viento acompaña, cosa rara. He pensado en ello.
Una y otra vez. Junction queda a menos de media hora del límite.
¿Y luego qué? Otro piloto en otro aeropuerto, probablemente mucho menos seguro. Pero...
El caso es que tenían electricidad. Habían —o había— sobrevivido siete años. A lo mejor seguían vivos.
Jasper se despereza en sueños estirando las patas contra mí. Se despierta. Olfatea. Vuelve a bajar la cabeza.
Levanto la cabeza de la almohada.
Veo la escarcha, la luna.
Al bajar la cabeza pienso en mi casa .
El poema más famoso de Li Po.
Incluso entonces, mucho antes del fin, la nostalgia insondable. Casi nunca estamos como en casa. Ninguno.
Me recuesto sobre el talego relleno de espuma que me sirve de almohada.
No se ensucia tan rápido ni me recuerda a mi antigua cama.
Me calo el gorro de lana. El cielo está claro como el cristal, hasta mediados de junio no empiezan los incendios forestales, la Vía Láctea fluye como un río de estrellas de una profundidad insondable, de una profundidad inimaginable, vamos.
Jasper suspira. Casi no hay viento. El poco que corre me enfría el oído derecho, una brisa perezosa del norte.
¿Me sentiría más a gusto si conociera a un piloto de Grand Junction? ¿Si Denver, al sur, fuera una ciudad llena de vida y movimiento? ¿Si Melissa estuviera durmiendo al otro lado de Jasper, como antes? ¿Con quién me sentiría más a gusto? ¿Conmigo?
Pero pienso en la voz del piloto. Esa voz experta y ansiosa por conectar.
Pienso en comunicarme con él. Creo que debería haber ido hasta allí.
Exprimir el combustible, tirar del acelerador, volar a poca velocidad, unos treinta kilómetros cuadrados, elegir una mañana e intentarlo.
Para ver. ¿Qué? No lo sé. Pero no llegué a planteármelo en serio.
Lo reconozco: tuve miedo. Miedo de encontrarlos muertos en el sitio como me había pasado una y otra y otra vez.
De no encontrar nada más. Y de quedarme sin combustible antes de llegar siquiera a Siete Víctor Dos, que es Paonia, la pista de aterrizaje construida encima de una elevación estrecha y plana como un portaaviones.
Miedo de quedarme sin combustible en la planicie al este de Delta.
De aterrizar en la sombra de Grand Mesa.
Leí no sé cuándo que habían encontrado a Amelia Earhart.
De forma concluyente, supongo. Fue en la isla que ya habían inspeccionado y descartado en 1940.
Conchas de almejas abiertas, una navaja rota a la que le habían quitado la hoja, tal vez para improvisar una lanza de pescar.
Un hoyo para la hoguera. Maquillaje antiguo, medio desmigajado.
Una ventanilla de avión de plexiglás. Un zapato de mujer.
Huesos. Astillas de huesos. Comprobaron el ADN con una prima de Earhart que todavía vivía.
Aquella era su isla, desde luego. Ahí sobrevivieron ella y el copiloto.
¿Cuánto tiempo? ¿Qué fue lo que acabó con ellos?
El atolón de coral visto desde el aire: un oasis elíptico con una laguna en el centro, rodeado de un arrecife exterior que con la marea baja recuerda a un aparcamiento.
En configuración de aterrizaje, el Lockheed Electra tiene una velocidad mínima de vuelo de ochenta y ocho kph, así que apenas necesitaría doscientos metros.
Vadearía la franja de agua hasta la costa con las escasas provisiones, quizá herida.
Tal vez no hubiera marea baja, tal vez el impacto con el agua arrancara el tren de aterrizaje.
Tal vez el agua quedara teñida de sangre.
Se agarraría a aquel clavo ardiendo después de quedarse sin combustible sobre el Pacífico.
Y dando gracias por haber llegado a aquella isla minúscula. Para vivir de conchas y lluvia.
Conchas y lluvia.
Y la compañía de otro, solo uno.
La inanición. Ir quemándose lentamente con el paso del tiempo, como un fuego de leña húmeda. Hasta quedarse en los huesos, huesos andantes, y luego se muere uno, y luego el otro. O atacados por unos isleños de paso. Quizá mejor así.
Y en todo ese tiempo, ¿qué es lo que más echaría de menos?
¿El murmullo de voces en medio de la multitud sin rostro, la fama, las fiestas, el ruido seco de las bombillas de los flashes al estallar?
¿Los amantes, la alegría, el champán? ¿La soledad arrancada a la fama cuando estudiaba las cartas de aviación a la luz de una lámpara en el ancho escritorio de un venerable hotel?
¿El servicio de habitaciones, el café antes del amanecer?
¿La compañía de un amigo, de dos? ¿El tener que elegir entre todo o nada?
¿Algunos o nadie? ¿Ahora, ahora no, quizá después?
Yo ya no tengo ninguna de esas opciones.
Y sin embargo... No quiero quedarme sin combustible y tener que aterrizar entre los matorrales que pueblan el valle desértico al oeste de Gunnison y morirme mientras Jasper y yo intentamos recorrer a pie los quinientos kilómetros que nos separan de casa.
Que nos separan de este hogar tan precario.
No tengo nada que perder y aun así, no sé por qué, es como si nada siguiera siendo algo.
Jasper gruñó. Me había quedado dormido en mi ensoñación.
Un gruñido grave, antipático, serio.
Contuve la respiración, agucé el oído. Me incorporé despacio. Jasper está casi sordo, sí, pero tiene buen olfato.
Podían ser coyotes. O lobos. En los dos últimos años hemos visto lobos de las montañas. Bajan de los montes en manadas famélicas. La presión de los repobladores va en aumento. Porque antes ya los había en gran cantidad y ahora vuelve a haberlos.
Jasper volvió a gruñir, ahora en dirección a la noche, y yo me senté envuelto en las mantas y con el corazón golpeándome el pecho. Quieto, le susurré , y subí a rastras hasta la cima del terraplén.
Jasper lo sabe. Sabe cuándo va en serio.
Se sentó sobre sus cuartos traseros, cortó los gruñidos en seco y me miró muy preocupado, con el ademán tenso de un cazador que está disfrutando.
Estaba ansioso. Yo también. Hacía mucho que no ocurría, quizá medio año, y me sentía un poco torpe, un poco desentrenado.
Un par de años atrás ya habría subido a lo alto del terraplén, estaría echando un vistazo con las gafas puestas y la mano izquierda en el receptor del fusil automático.
Pero ahora tenía que sacar el fusil de entre la lona fría y húmeda y la parte trasera de la almohada.
A su lado, las gafas, dentro de un viejo calcetín de lana.
Al menos todavía me acordaba de traerlas cuando íbamos a dormir.
Las apoyé en la frente y me pasé la correa elástica por detrás de la cabeza, y despacio, sin hacer ruido, encajé el cargador y tiré de la palanca de amartillado.
Escalé el terraplén muy despacio, con mucho cuidado.
Jasper se quedó quieto, luchando contra el ansia de seguir el rastro del olor en la oscuridad.
O quizá fuera un ruido, algún ruido en una frecuencia capaz de atravesar su sordera casi total.
Escalé despacio la pendiente trasera del terraplén.
Recé por que fueran coyotes, o incluso lobos.
No tenía ganas de matar, ni pizca. Ni de matar yo, ni de observar para Bangley.