La constelación del Perro 1 #6
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Cogí el fusil y fui corriendo por la orilla del lago, como había hecho tantas veces antes por la mañana o por la tarde.

Salía a correr a menudo. Pasé de largo ante las fotos de la repisa de la chimenea y de las escaleras, ni las miré, llené de libros una vieja mochila y una bolsa de lona, solo poesía.

Cogí Morimos solos , que es el primer libro que me regaló Melissa y que acabó siendo escalofriantemente profético, aunque solo en el título.

El protagonista es un comando noruego de la última guerra justa.

Con sus esquíes escapa de dos divisiones de soldados alemanes, sobrevive y acaba posando en la contracubierta de sus memorias convertido en un hombre de mediana edad apuesto y elegante, vestido con un jersey de pescador de cuello vuelto.

Siempre había envidiado a aquel tipo, un héroe de guerra de la campechana Noruega que tendría una cabaña en la región de los fiordos y un millar de amigos y bebería demasiada sidra caliente o aquavit, o lo que beban allí en las fiestas, y que ahora ya solo esquiaría para pasar el rato.

¿Que si llegó a imaginar el infierno en la Tierra?

Tal vez. Llegó a ver su sombra. Acaricié el libro y volví a dejarlo en la estantería sin leer la dedicatoria.

Ya basta. Había decidido que ya nada iba a hacerme llorar.

Al regresar al aparcamiento me fui acercando en círculos desde las filas exteriores y vi dos figuras asomadas a las puertas abiertas del avión.

Una de ellas estaba a punto de entrar. Me maldije a mí mismo y, con el corazón desbocado, comprobé el seguro, me enderecé y les grité que se largaran, y cuando cogieron su fusil de caza y su escopeta les disparé desde veinte metros.

Fueron los primeros. Por unos poemas. Sus armas se las entregué a Bangley y me negué a dar explicaciones.

El libro de Stafford se titula Historias que podrían ser ciertas . Uno de los poemas se titula «La granja de las Grandes Llanuras» y empieza:

Una línea telefónica se desconecta;

los pájaros se posan en toda su extensión.

Al fondo de una gran llanura una granja

tira de un extremo de la línea.

Llamo a esa granja todos los años,

suena la línea, la oigo sonar, todavía .

Llama a su padre. Llama a su madre. Llevan años muertos. En la línea ya solo se oye un zumbido pero él llama igualmente.

Cuando nadie responde desde el aeropuerto que estoy a punto de sobrevolar, vuelvo a conectar la frecuencia de emergencia y mando un mensaje por pura formalidad.

SOS SOS aquí Cessna seis triple tres alfa estoy más solo que la una .

El séptimo año contestó alguien. Solté el volante y me ajusté los auriculares. El vello de los brazos se me erizó como en una tormenta eléctrica.

Asomó entre los ruidos parásitos y se fue apagando, grave, por el efecto Doppler...

Triple tres alfa ... hasta perderse otra vez en la nieve acústica.

Triple tres alfa ... Ráfaga de ruidos de fondo... Grand Junk . Un latigazo de viento magnético.

Grand Junction ...

Esperé. Moví la cabeza. Me golpeé la sien con los auriculares. Conecté el micrófono pulsando el botón del volante con el pulgar.

¿ Grand Junction ? ¿ Grand Junction ? Triple tres alfa sobre Longmont.

Estoy sobre Longmont, ¡joder! Mensaje no recibido. Repito: ¡mensaje no recibido!

Volé en círculos. Ascendí. Subí hasta quince mil pies y volé en círculos hasta que me mareé por la hipoxia. Descendí hasta los trece mil y sobrevolé la zona durante dos horas hasta que el indicador de combustible me dio quince minutos y entonces viré hacia el este.

Fuera quien fuera, debía de ser un piloto o un controlador.

Fue la única vez.

Me preparo las comidas en el hangar. Al mes de que llegara Bangley le pedí que me ayudara a cargar en la carretilla una estufa de leña Vigilant desde la cocina del chalé de unos ricachones que queda al este de la pista de aterrizaje.

Lo de comer en un lugar que es más que nada un taller me da la sensación de temporalidad, de provisionalidad.

Por eso, en parte, no vivo en una casa. Como si al vivir en un hangar, al dormir fuera, pudiera fingir que existe una casa en algún lugar, que en ella hay alguien, alguien con quien volver.

Pero a quién quiero engañar. Melissa no volverá, las truchas no volverán, ni los elefantes, ni los pelícanos.

Puede que la naturaleza vuelva a inventar un pez luchador de agua fría moteado y orgulloso, pero nunca logrará repetir el improbable elefante.

Pero el verano pasado vi un chotacabras. El primero en años. Revoloteaba a la caza de insectos en un anochecer templado, con las franjas alares destellando en el crepúsculo. Con aquel piar suave, eléctrico.

Así que cocino y como en el hangar. Intenté comer en mi casa, en la mesa de la cocina, como Bangley. Lo intenté durante unos días, pero no acababa de sentirme bien.

En las paredes de las casas que rodean el aeropuerto hay más madera de la que podamos quemar en nuestras vidas. Con un mazo y una palanca, consigo en pocas horas la leña de una semana. Eso sin contar los muebles.

Al principio me daba no sé qué hacer leña de los acabados de madera de cerezo y nogal y de los suelos de arce.

Pero... la necesidad es lo que marca el valor de las cosas.

Aun así empecé por las casas cutres. No sé si llegaré a las cuatro o cinco pequeñas mansiones realmente bonitas, las que tienen maderas nobles lujosas.

De ser así, para entonces es probable que ya hayan perdido su caché.

Lo más seguro es que, llegado el momento, solo repare en la agradable novedad de su aroma al quemarse.

Por otro acuerdo tácito empezamos a recoger leña en las casas más baratas que quedan al oeste de la pista de aterrizaje, él al norte y yo al sur, de modo que no tengo que andar mucho con la carretilla de vuelta al hangar.

Bangley suele pasarse por aquí y me hace compañía. No sabe cocinar, yo sí. No he conseguido enseñarle a llamar a la puerta, o al menos a no entrar tan sigiloso como un fantasma, lo que me acojona un poco porque nunca sé cuánto tiempo lleva observándome.

Hoy cenas pronto.

Joder, Bangley, casi me quemo.

Parece que disfrutes cocinando.

¿Qué?

Que manejas la sartén y el cuchillo como si estuvieras en una cocina de verdad. En uno de esos programas de cocina.

Cuando Bangley se divierte, los orificios nasales se le ensanchan con un ritmo branquial.

Me lo quedo mirando un momento.

¿Tienes hambre?

Uno de esos programas de cocina en los que se ponen un delantal. Como si preparar una puta cena fuera como bailar. Tralarí, tralará.

Pongo sobre la estufa una sartén llena de patatas nuevas. Al principio sustituía la manteca con grasa de venado, pero se ponía rancia enseguida.

Pues no llevo delantal, ya lo ves, y no estoy bailando.

Casi no quedaba aceite en las despensas de las casas.

Al final, en los últimos meses, debieron bebérselo, por las calorías.

Después encontré en el sótano de la casa de estilo Bauhaus de Piper Lane dos barriles de aceite de oliva de veinticinco litros, escondidos detrás de un montón de ladrillos nuevos.

Pero sí que cantabas. Sonríe con satisfacción, con esa sonrisa de oreja a oreja que le hace parecer aún más desagradable.

En la estufa arden tablones de abeto canadiense, la leña ideal para freír con fuego rápido.

El aceite chisporrotea y remuevo las patatas cortadas hasta que casi todos los trozos tocan el fondo de la sartén.

Con la espátula de acero ajusto la palanca cromada que cierra la válvula lateral de la estufa, para reducir el fuego.

Pienso que si estuviera hecho de otra pasta, si creyera que iba a poder defender este lugar yo solo, le pegaría un tiro a Bangley ahí mismo y acabaría con todo esto.

¿Sería capaz? Quizá. Y luego echaría de menos la gresca de todos los días.

Seguramente sentiría un gran vacío. Parecemos un matrimonio, de verdad.

No creo que estuviera cantando, digo al fin.

Sí, Hig, sí que cantabas, y no era precisamente Johnny Cash . Sonríe.

Como si fuera la única música que uno puede canturrear según el Libro de Bangley.

Bueno, ¿qué coño era?

Se encoge de hombros. Y yo qué coño sé. Una de esas mariconadas que ponían en la radio, la recuerdo vagamente.

La recuerdo vagamente . Se me queda mirando con una sonrisa de triunfo y esa desaliñada barba de una semana.

Suelto un taco. Me echo a reír. Siempre nos pasa igual: me saca de quicio hasta que me hace reír.

Hasta que llega al extremo del ridículo y entonces salta un plomo, le da a un interruptor, y me río. Una suerte para los dos, supongo.

Siéntate, Bangley. Acerca un taburete. Hay siluro, ensalada de diente de león con albahaca, patatas nuevas a la no sé qué sin gratín.

¿Lo ves?, dice. Hablas como los que salen en esos programas. Si no pierdes aceite yo soy judío.

Lo miro. Me río aún más fuerte.

A veces me pongo música. Tengo mp3, cedés, vinilos, de todo.

Conecté el hangar al banco de baterías principal del FBO , el que se alimenta con la turbina de viento, así que no tengo problemas de electricidad.

Lo único importante es mi estado de ánimo.

A poco que me descuide puedo acabar en ese lugar al que no quiero volver.

He de evitar todo lo que escuchaba con ella: nos encantaban los viejos cantautores, cosas del estilo de Climb Out of the Bottle , el Country Road , desde Whiskeytown hasta Topley y Sinead.

Nos encantaban las Dixie Chicks, a quién no.

Amazing Rhythm Aces . Open Road, Sweet Sunny South, Reel Time Travelers , los fantásticos y enérgicos grupos de bluegrass y old time.

Entonces todo eso nos parecía des garrador.

Pero prueba a escucharlo una luminosa mañana de primavera con la puerta del hangar abierta, mientras un solitario halcón de cola roja traza sus círculos en el cielo y el asfalto de la pista empieza a calentarse:

And I remember your honeysuckle scent I still adore I can’t believe that you don’t want me anymore .