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Cuando quité el asiento se deprimió. Ya no se podía sentar encima y mirar afuera.
Sabe que no tiene que tocar los pedales del timón.
Una vez, con una turbulencia muy fuerte, resbaló hasta chocar con ellos y casi nos matamos.
Después de aquello instalé una especie de valla de madera de diez centímetros pero la retiré porque él la inspeccionó y saltó del avión como si se negase a volar, tal cual.
Se sintió ofendido. Antes me preocupaba por el rugido del motor y el estallido de la hélice.
Me pongo los cascos aunque no haya nadie con quien hablar por radio, solo porque amortiguan el ruido, pero me preocupaba Jasper, hasta intenté hacerle un protector para los oídos, un chisme en plan casco, pero se le caía. Creo que por eso se ha quedado sordo.
Cuando recogía aceite y demás, ponía la colcha encima de la carga para que pudiera mirar por la ventana.
¿Ves?, le decía. Por lo menos vas a gusto la mitad de las veces. Más de lo que muchos podemos esperar.
Pero le parecía un mal apaño, se notaba.
No se emocionaba ni la mitad que antes. Así que ahora, cuando no voy a recoger nada, solo a volar, que es casi siempre, vuelvo a atornillar el asiento, tardo solo unos minutos.
No es que nos falte el tiempo precisamente.
La primera vez volvió a sentarse erguido y me miró como diciendo: ¿Por qué has tardado tanto?
, luego miró al frente muy serio, frunciendo el ceño como un copiloto.
Se le despejó el mal humor igual que se despeja el tiempo.
Se está haciendo viejo. No cuento los años. No multiplico por siete.
Antes se criaban perros para cualquier cosa, hasta para pescar buceando, ¿por qué no los criaron para que vivieran más, para que vivieran tanto como los seres humanos?
Una cosa rara: el GPS sigue funcionando.
Los satélites, los militares o los de quien los pusiese allá arriba a dar vueltas para decirnos dónde estamos, siguen enviando señales, triangulan mi posición, el pequeño Garmin montado sobre la columna de control sigue emitiendo las alertas de proximi dad al suelo si cree que me acerco demasiado a un terreno elevado.
Siempre estoy demasiado cerca de un terreno elevado. Esa es otra de las cosas que tiene el fin del mundo: ya no me preocupa que falle el motor.
El Garmin tiene un botón de MÁS CERCANO .
Una gran idea. Te dice rápidamente en qué dirección está el aeropuerto más próximo y a qué distancia.
Muestra una lista de aeropuertos, sus identificadores, distancia, rumbo y frecuencia de la torre.
Cuando aún me preocupaba por las cosas, el botón MÁS CERCANO era mi mejor amigo.
Ante cualquier problema, o en las condiciones atmosféricas que fueran, o simplemente si me quedaba poco combustible, lo pulsaba y ahí estaba la lista, y si me desplazaba por ella y resaltaba un aeropuerto solo tenía que pulsar IR A y, puf , me daba el vector.
Movía la flecha otra vez al centro del arco. Más fácil imposible.
Aún sigue siendo útil, pero tras nueve años muchas de las pistas de aterrizaje están inutilizables, a menos que sepas exactamente dónde está el bache de medio metro y lo esquives.
Sorprende lo rápido que vuelven la hierba y la tierra.
Antes daban un programa en la tele: La Tierra sin humanos .
Vi todos los episodios. Los grabé. La idea me fascinaba: la ciudad de Nueva York al cabo de mil años sería un estuario.
Un marjal. Un río. Bosques. Colinas. Me gustaba. No sé decir por qué. Me entusiasmaba.
Así de rápido. Porque es alucinante lo rápido que se corroe una viga de acero cuando queda expuesta al agua y al aire, lo rápido que las raíces se lo cargan todo.
Todo se viene abajo. ¡Ah, las pistas de aterrizaje!
Nueve años no parecen mucho tiempo, pero lo son para un asfalto sin mantenimiento y también para un humano con el cerebro frito que intente vivirlos.
Podría hacer una lista. Nueve años es la hostia de tiempo:
Para vivir con las estupideces de Bangley.
Para recordar el hospital improvisado para la gripe y...
después echar de menos a mi mujer.
Para pensar en pescar y no ir.
Para otras cosas.
Pero. Una tarde perdí un cilindro al sur de Bennet.
Sobrevolaba la ciudad como hago de vez en cuando, no demasiado bajo, lo justo para ver y tap tap tap se puso a vibrar como una hija de.
Mejor descender y ver qué pasaba, podía ser solo una bujía.
No hacía falta que el Garmin me dijese que la base aérea de Buckley estaba a unos diecinueve kilómetros en dirección oeste.
Me ladeé para virar y aterricé con el sol dorado directamente en los ojos, el ruido era ahora más fuerte, tirando a preocupante, qué putada si se soltaba una pieza y, casi cegado por el sol, guiándome por el borde izquierdo del asfalto, treinta metros después de tocar tierra seguía a toda leche, iría a ciento diez, ¡ PUMBA !
, y de haber sido el tren del morro en lugar del izquierdo la Bestia se habría ido al garete, y yo con ella.
Y Jasper. Salí a echar un vistazo. El agujero me llegaba casi a la cintura, era perfectamente rectangular, parecía que lo hubieran excavado perritos de las praderas con pequeñas retroexcavadoras.
Joder. Mi espalda. Menudo golpe. Me senté con las piernas colgando en el hoyo, Jasper también se sentó y se apoyó contra mí como hace siempre, y levantó la mirada hacia mí muy deprisa, amable, muy preocupado.
Estando sentado así me vino a la memoria un restaurante japonés al que me llevó Melissa una vez y que en lugar de sillas, en lugar de alfombras y cojines, tenía una especie de hueco para los pies, como para que esos occidentales tan tiesos se sentaran en el suelo haciendo trampa.
El sol proyectaba nuestras sombras ochocientos metros por la pista de aterrizaje.
El impacto había agrietado el montante, fue entonces cuando aprendí a soldar y también que se puede soldar con energía solar.
Me senté con los pies en el agujero y me zarandeé y dije: ¿Qué te pasa? ¿Crees que esto es un juego?
La respuesta llevó un tiempo.
¿Quieres vivir hoy?
Sí.
¿Estás seguro de que querrás vivir mañana? ¿Y quizá al día siguiente?
Sí.
Pues sé metódico. No tienes más que tiempo.
Así que hice una exploración. Cogí una carta de navegación, la que llamamos local, y sobrevolé todas las pistas de aterrizaje en ciento sesenta kilómetros a la redonda.
Sobrevolé Centennial, sobrevolé Colorado Springs, la Academia del Aire, sobrevolé Kirby, en la antigua Nebraska, sobrevolé Cheyenne.
Las sobrevolé todas a unos treinta pies con buena luz e hice anotaciones.
La de pistas que podrían haberme matado.
Es sorprendente. Poco faltó en Cranton. Entraba a poquísima altura en paralelo a la pista cuando un xenófobo me abrió un boquete de consideración en el fuselaje.
Me di cuenta porque el proyectil salió por mi ventanilla siguiendo una trayectoria diagonal.
Así fue como me enteré de que teníamos vecinos en Cranton.
Así que el botón MÁS CERCANO todavía funciona, pero la mitad de las pistas ya no me sirven. Mejor aterrizar en un antiguo sembrado. Antes significaba REFUGIO MÁS CERCANO , ahora POSIBLE TRAMPA MORTAL MÁS CERCANA . Buena información en ambos casos.
Sigo atento a la radio. Cuesta dejar las viejas costumbres.
Cada aeropuerto tiene una frecuencia para que los aviones puedan hablar entre ellos si no hay torre de control.
Es importante saber dónde están los demás al despegar o al encarar la pista.
Al menos antes lo era. Y aun así todos los años se producían colisiones.
No hay ningún canal destinado a la comunicación entre los aeropuertos, pero sí una frecuencia de emergencia: 121,5.
Al acercarme a un aeropuerto conecto el antiguo canal.
Cuando estoy a menos de ocho kilómetros hago una llamada. Llamo varias veces.
Loveland tráfico aquí Cessna seis tres tres tres alfa siete kilómetros al sur a seis mil pies hacia Greeley .
Repito. ¿Hay alguien? Soy el único maldito avión que hay por aquí y seguramente lo seguiré siendo hasta el fin de los tiempos.
Quizá en otro planeta, en otro universo, vuelvan a inventar el Cessna. ¡Ja!
Me río. Me río a carcajadas. Es bastante chungo. Jasper aparta la mirada con vergüenza canina.
Tengo un libro de poemas de William Stafford .
Es la única razón por la que volví: por mis libros de poesía.
Aterricé una noche en el viejo aparcamiento del King Sooper’s .
Sin electricidad, sin luces. Las filas eran al menos de trescientos metros, las alas pasaban por encima de los coches, no había ni una farola.
Mi casa quedaba a menos de dos kilómetros.
Vi fuegos al oeste y al sur, oí algunos disparos.
Me puse el AR -15 entre las piernas y esperé por si veía a alguien que pudiera incordiar a la Bestia en la media hora que tardase en volver.