La constelación del Perro 1 #4
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Todo lo que hacemos tiene un riesgo. De vez en cuando necesitan que les ayude.

¿A qué? ¿A qué, coño? ¿Cuánto les queda? ¿Dos, tres, cinco años máximo? ¡Con mucha suerte! Cada pocos meses se muere uno. Lo noto porque andas todo alicaído. ¿Para qué? ¿Para vivir soportando forúnculos y erupciones y toses sanguinolentas y ardor?

Son personas. Intentan seguir vivos día a día. Quizá algunos logren sobrevivir. Se rumoreaba que hubo supervivientes.

Sigue inclinado hacia delante, con la vena aún palpitando y un reguero de Coca-Cola fresca entre la barba incipiente del mentón.

No suponen ninguna amenaza para nosotros, Bruce.

Al oír su nombre de pila abre mucho los ojos. No me lo ha dicho nunca, siempre ha sido Bangley y punto, y, como ya he dicho, tampoco lo llamo mucho así.

Las familias saben que tienen que quedarse a cinco metros.

Las tengo bien enseñadas. Ni una sola vez me han mostrado agresividad, solo gratitud, una gratitud que me llega a incomodar, cuando les arreglo una bomba o les enseño a fabricar trampas para peces de arroyo.

La verdad es que lo hago tanto por mí como por ellos: se me afloja un no sé qué por dentro. Algo que estaba casi congelado.

Bangley le da a la mandíbula y me mira fijamente.

Eso último le ha hecho el mismo efecto que si hubiera hablado en japonés, un párrafo entero terminado con una pequeña reverencia.

Como si a) no pudiera creerse que lo hubiera dicho, y b) no entendiera ni una puta sílaba.

El lenguaje psicoespiritual lo deja..., bueno, menos que frío.

Una vez le pregunté si creía que había algo más.

Una de esas raras veces en que compartíamos unas Coca-Colas en el porche delantero de esa casa mía en la que nunca entro, bajo la bombilla que dejo encendida toda la noche y que es como un atrapamoscas para intrusos.

Era por la tarde y el sol de octubre se acercaba a las montañas.

Parecíamos una pareja de ancianos descansando.

Dos sillas de mimbre con la pintura desconchada que crujían cuando desplazábamos nuestro peso.

Por el ritmo de su silla parecía que no hubiera olvidado lo que era sentarse en una mecedora.

No recuerdo ninguna otra ocasión en la que me contase algo de su vida anterior.

Creció en Oklahoma. Eso es lo que me dijo.

No es lo que te imaginas, añadió. Es una historia muy larga.

Y ya está. Un poco críptico. En realidad yo no había imaginado nada. Nunca entraba en detalles. Aun así, parecía que estábamos dando grandes pasos hacia una cierta intimidad.

Yo le conté que construía casas.

¿Qué tipo de casas?

De madera. De adobe. Casas raras, personalizadas. También escribí un libro.

Sobre construcción de casas.

No. Un librito de poesía. No lo leyó nadie.

¿Estás de coña? Le dio un trago muy medido a la Coca-Cola y me observó mientras inclinaba la botella. Siguió observándome mientras volvía a apoyarla en el muslo, como evaluándome desde una nueva perspectiva sin dejar traslucir si era buena o mala. Ajustando el contexto.

De vez en cuando escribía para revistas. Sobre pesca y actividades al aire libre, principalmente.

El alivio le despejó la cara como si barriera la sombra de una nube. Estuve a punto de echarme a reír. Casi se podían ver los engranajes: ¡uf, menos mal, no es marica!

De pequeño quería ser escritor. Un gran escritor. En verano trabajaba en la construcción de casas de madera. Cosas por el estilo. Es difícil ganarse la vida escribiendo. Aunque lo más seguro es que no fuera muy bueno. Me casé, compré una casa, y una cosa llevó a la otra.

Es una historia muy larga, le dije.

Bangley sostenía la Coca-Cola con las dos manos sobre el regazo. Parecía encorvado sobre sí mismo, quizá para recordar. De repente lejano, como si su espíritu se hubiera retirado a una distancia más segura. Para observar desde lejos. Meciéndose aún en aquella silla que no se mecía.

Pasamos mucho rato sin hablar. El sol tocó uno de los picos más altos, se rompió despacio como una yema ensangrentada. En ese preciso instante se levantó un viento que hizo repiquetear la cola de conejo seca. Hacía frío.

Le pregunté si alguna vez se paraba a pensar si habría algo más que aquello, algo más que ir viviendo al día. Salir en mis vuelos de reconocimiento, arreglar el avión, cultivar cinco clases de hortalizas, cazar un conejo. O sea, ¿estamos esperando algo?

Su silla, cric cric , se detuvo. Se quedó muy quieto, como un cazador que hubiera olido un animal en el viento. Cerca. Como si se hubiera despertado.

¿Cómo dices?

Algo más que esto. Que vivir al día.

Movió la mandíbula, sus ojos minerales parecían cada vez más grises en la creciente penumbra. Quizá me había pasado de la raya.

Tengo que irme, dijo. Se levantó. Metió un dedo en el bolsillo de la camisa de franela, pescó el tapón de la botella, lo enroscó. Se fue del porche llevándose consigo su Coca-Cola y haciendo crujir el escalón roto bajo las botas.

Eso debió de ser el segundo año. Así que ahora estoy en el hangar y sé que esa especie de deshielo interior no me va a granjear su simpatía precisamente. Con Bangley me paso la mitad del tiempo pensando qué cosas no le puedo decir.

Abro una botella de aceite, la vacío en el embudo hecho con una botella recortada y la encajo en su gemela. La dejo que escurra. Miro a Bangley de frente.

Quién sabe, a lo mejor un día seremos nosotros los que los necesitemos a ellos. Nunca se sabe.

Ja. Una tos de desdén. Eso no va a pasar nunca, Hig. Como no sea para organizar un funeral.

Él ya los ha despachado, ya lo está deseando. Que se mueran todos.

¿Quieres ser el último que quede? Te daría totalmente igual. El último puto ser humano de la Tierra.

Si tiene que ser así... Mejor esto que la alternativa. Pero te tengo a ti. Inclina la Coca-Cola y me mira a través de la botella.

La alternativa a la que se refiere es que muramos todos. Creo. No lo dije: Un día voy a subirme a la Bestia y voy a volar hacia el oeste sin parar.

¡Qué va!, dice.

¿Qué va qué?

Lo que estabas pensando. No hay ningún otro lugar seguro.

Quizá en todo el planeta. Tenemos el perímetro, agua, electricidad, comida, potencia de fuego.

Tenemos las montañas cerca si escasea la caza.

No tenemos conflictos internos ni políticos, porque solo estamos tú y yo.

No hay nada que nos pueda destruir desde dentro como a los mormones, como a todos los demás que ya han muerto.

Si no complicamos las cosas sobreviviremos.

Sonríe sardónico.

Los chicos de campo sobrevivirán.

Su frase favorita.

Me quedo mirando al único amigo que tengo en el mundo. Somos amigos, supongo.

Que no nos maten por tu culpa, me dice antes de irse.

Aun así, sigo yendo cuando me lo piden. En mis reconocimientos vuelo en dirección oeste hasta la sierra y luego viro hacia el sur.

Sigo la línea de árboles que marca el río.

Al llegar a las chimeneas de la central eléctrica y la presa vuelvo a girar hacia el noroeste.

Los menonitas están junto a un arroyo. En una antigua granja de pavos.

Ocho cobertizos metálicos en dos filas de cuatro, dispuestos en diagonal como coches aparcados en oblicuo.

Altos árboles centenarios alineados a lo largo de un cortavientos y agrupados en un bosquecillo en cuyo centro destaca la pendiente del tejado asfáltico de un caserío de ladrillo.

Dos estanques alimentados por el arroyo.

En uno se ven flotadores y una canoa vacía.

Paneles solares variados al sur de los cobertizos y dos molinos de viento, uno mecánico para extraer agua. Por eso vinieron a este lugar.

En el patio, en el claro, un mástil de diez metros que hace mucho tiempo perdió la bandera, quizá la arrancaron para hacerle una manta a un bebé.

Cuando necesitan ayuda izan una pieza de ropa interior de cuerpo entero roja.

Señal y manga de viento a la vez. Si sopla fuerte las piernas y los brazos quedan tiesos como un hombre decapitado.

Aterrizo en el caminito que corta perpendicularmente hacia el oeste la vieja carretera secundaria.

Veo la señal girando con el viento. A la entrada del camino sujetaron con alambre a dos postes un cartel con una calavera roja y dos huesos cruzados.

Dice PELIGRO TENEMOS EL MAL . El camino se inunda y queda atravesado de surcos.

Ellos salen con las palas y rellenan los agujeros.

No es lo suyo, están casi siempre demasiado débiles, pero la pista de aterrizaje la mantienen despejada.

Casi siempre hay viento fuerte cruzado de unos trescientos treinta grados.

Deslizo la Bestia, así volamos casi de lado, con el ala izquierda hacia abajo y el timón todo a la derecha para que el morro tire hacia el sur, y la enderezo en el último momento, los críos dan saltos en el patio, los veo reír desde doscientos pies de altura, es el único momento en que los veo reír.

Antes Jasper podía entrar en la cabina de un salto pero ya no.

El cuarto año tuvimos una discusión. Quité el asiento del copiloto por reducir peso para la carga y puse una colcha de franela con un dibujo de un hombre disparándole a un faisán que se repetía por todas partes, detrás de su perro que señalaba con una pata.

No sé muy bien por qué no lo hice antes.

El perro no se parece a Jasper, pero da igual.

Lo tomé en brazos. Lo dejé sobre el dibujo del hombre y el perro.

Tú y yo en otra vida, le dije.

Le gusta volar. Y aunque no le gustase, no lo dejaría solo con Bangley.