1 #3
A veces, en aquel tiempo, cuando iba a pescar con Jasper y remontábamos el Sulphur, llegaba al límite.
Sentía como si me fuera a estallar el corazón.
Estallar no es lo mismo que romperse. Era como si no hubiese modo humano de contener tanta belleza.
No era eso exactamente, no era solo la belleza.
Más bien la sensación de encajar. Un pequeño recodo de piedras lisas, los riscos inclinados.
El olor a pícea. Los anillos tenues que la pequeña trucha degollada deja en las aguas negras de un remanso.
Y ni siquiera había que dar las gracias.
Solo estar. Solo pescar. Solo remontar el arroyo mientras oscurece y refresca y todo forma parte de una misma cosa. De mí, en cierto modo.
Melissa pertenecía a ese círculo. Pero era distinto, porque se nos ha confiado el cuidado de ciertas almas.
Como si pudiera sostenerla con mucho cuidado en el hueco de las manos, sujetarla con cuidadito.
Con el paisaje no puedo, pero con ella sí, aunque a lo mejor resulta que era ella la que me sostenía a mí.
El hospital de Saint Vincent estaba justo al otro lado del lago.
Allí aterrizaban los helicópteros naranja.
Hacia el final pensamos en volar hacia el oeste, pero ya era demasiado tarde y allí estaba el hospital, y al hospital fuimos.
A uno de los edificios que se ocuparon. Al que iba llenándose de muertos.
Bangley aparece sin más. Estoy cambiando el aceite. Podría llamar con los nudillos en los paneles de acero de la nave pero le gusta provocarme ataques al corazón. Aparece a mi lado como un fantasma.
¿Con qué andas jugando ahora?
¡Joder! ¿Quién va a hacer los reconocimientos aéreos si me da un infarto?
Ya encontraríamos a alguien, ¿no? Pondríamos un anuncio en el periódico.
La sonrisa de oreja a oreja; nunca en los ojos.
Además estoy seguro de que podría pilotar ese bicho.
Me lo suelta de vez en cuando. Como una advertencia. ¿De qué? Si quisiera este nido de vientos para él solo ya lo tendría. Desde hace mucho.
Ahora Jasper se ha despertado y gruñe en su manta polvorienta.
Jasper no soporta a Bangley salvo en situaciones de emergencia por visitantes, en cuyo caso no abre la boca, le gusta trabajar en equipo.
Una vez, nada más llegar Bangley , Jasper quiso morderle el brazo y Bangley desenfundó un pistolón grande como una sartén y apuntó y yo pegué un grito.
Fue la única vez. Como le dispares al perro morimos todos, le dije.
Bangley pestañeó con esa sonrisa suya. ¿Qué quieres decir con que morimos todos?
Me refiero a que yo me encargo de los reconocimientos aéreos, el único modo que tenemos de asegurar el perímetro.
Fue esa palabra. La única que le dio de lleno. Casi vi cómo le entraba por el oído y le atravesaba los conductos del cerebro. Perímetro. El único modo de asegurar. Parpadeó. Movió la mandíbula de un lado a otro. Apestaba. Como la sangre cuando despiezas un ciervo.
Él es el único motivo por el que sigo vivo. ¿Cómo crees que soy capaz de vivir aquí solo?
Y así sellamos nuestro pacto, sin negociaciones de ninguna clase.
Sin más palabras que aquellas. Yo volaba. Él mataba. Jasper gruñía. Nos dejábamos en paz los unos a los otros.
Como iba diciendo: estoy cambiándole el aceite a la Bestia y aparece a mi lado como un fantasma.
¿Por qué vas a ver a los druidas?, me dice.
No son druidas, son menonitas.
Refunfuña.
Dejo la llave del filtro. La apoyo en una caja de herramientas. Cojo los alicates.
Bangley está ahí plantado. Lo huelo antes de verlo.
Paso el cable por el agujero de la pestaña de la base del filtro, lo retuerzo con los alicates.
Es un cable de seguridad. Para que el filtro no se salga de su bastidor.
Todo según el reglamento de la FAA , la administración de aviación.
No sea que el filtro del aceite se suelte con las vibraciones, se caiga, se derrame todo el aceite en pleno vuelo y el motor se haga pedazos.
No sería la primera vez. Decían que detrás de cada norma de la FAA había un accidente real.
Así que ese cable de 3,2 milímetros podría ser un tributo a algún piloto. Quizá también a su familia.
Bangley se hurga los dientes con una astilla y me observa.
Sobre la caja de herramientas hay un trapo, un retal de una camiseta vieja.
El dibujo está descolorido pero aún se ven filas de mujeres de color rosa: de pechos grandes de pechos pequeños de todas las formas y debajo MELONES MELOCOTONES PERAS CIRUELAS PASAS y encima CABO escrito con letras grandes.
Leo todas las frutas antes de cogerlo y volver a limpiarlo todo otra vez.
Una punzada de dolor. Un simple dibujo. Lo doblo.
Un dibujo. Que nos pueda el instinto de esa manera.
Que los dos pequeños arcos o círculos de una teta dibujada puedan provocar un recuerdo, un cambio de temperatura, algo que se tensa en las tripas, que repta por la entrepierna.
Me parece curioso. Trago un poco de saliva, me quedo quieto un momento y respiro.
Las de Melissa eran como melones cantalupo.
Cabo está en el extremo de una península de mil quinientos kilómetros.
Mucha pesca, seguramente. ¿Habrá algún superviviente como yo en el antiguo aeropuerto municipal que le cambie el aceite a un Maule antiguo, que haga vuelos de reconocimiento a diario, que utilice una camiseta de ESQUÍA EN COLORADO a modo de trapo en su taller?
¿Pasará la tarde pescando en algún muelle ruinoso que aún apeste a creosota? ¿Imaginándose cómo será lo de esquiar?
¿Por qué no salen nunca tetas en las camisetas de Colorado?, le pregunto a Bangley.
No tiene mucho sentido del humor el amigo.
Me dirijo a la pared norte del hangar y saco de la pila una caja de Arrowshell monogrado SAE 50.
La dejo sobre un taburete de madera. El sol emprende la retirada por el suelo de hormigón hasta el portón abierto.
Bangley lleva ese pistolón a la cintura.
Noche y día. Una vez fue al estanque de la orilla del arroyo a pescar un siluro y de detrás de un árbol del paraíso apareció un barbudo desconocido y grande como un oso y lo atacó.
Eso dice. Bangley le pegó un tiro que le atravesó la cabeza greñuda.
Se trajo una pierna entera que todavía llevaba puestos tres pares de pantalones hechos jirones y una bota remendada.
La izquierda. La tiró a la puerta del hangar.
Para el perro, dijo. Estaba enfadado porque no había hecho mi trabajo para él. No había asegurado el perímetro.
¿Por qué vas a ver a los mormones?, me repite. Me está buscando las cosquillas. Cuando se enfada se pone tieso como un palo y se inclina muy sutilmente hacia delante.
Tiro de una de las solapas de la caja de cartón de aceite de motor.
Está muy bien pegada. La abro rasgándola, rasgo el otro lado: cuatro filas de tres envases negros de litro.
Las líneas pálidas y cerosas que recorren el lateral de esas botellas altas y rectangulares son traslúcidas para que se pueda comprobar el nivel, me recuerdan a pantalones de esmoquin.
Una línea de ribete. Doce minúsculos padrinos de boda.
¿Cómo sabes que voy a verlos?
Cuando Bangley se enfada, le aumenta progresivamente la presión interna, como un volcán.
Se le amoratan las venas de la nariz. Cuando se enfada más de lo normal, quiero decir.
Es como un volcán de Ecuador de esos que siempre parece que vayan a estallar incluso cuando la cima está coronada de nubes como cualquier otra montaña.
Teníamos un acuerdo, me dice. Los sismólogos del Servicio Geológico o de donde sea observan temblores inquietantes en el gráfico. Empieza a palpitar cierta vena de la frente, justo debajo de la visera de su gorra de camuflaje de Ducks Unlimited .
No, el acuerdo lo tenías tú. Contigo mismo.
No está permitido. Punto.
¿Te crees que eres el comandante de la base?
No debería hablarle así a Bangley jamás. Me doy cuenta en cuanto lo digo. Pero es que esa actitud suya me cansa, me agota. Mueve la mandíbula de un lado a otro.
Vuelvo a dejar el embudo, que no es más que una botella de aceite vieja cortada por la mitad, encima de los demás envases. Lo miro.
Relájate, hombre. ¿Quieres una Coca-Cola?
Una vez cada dos meses aterrizo en un bulevar despejado de Commerce City y me aprovisiono de diez cajas de aceite.
Un día, de camino hacia allí, encontré el camión de la Coca-Cola.
Siempre traigo cuatro cajas, dos para él y dos para mí.
Y una caja de Sprite para las familias, eso a Bangley no se lo digo.
La mayoría de las latas se han congelado demasiadas veces y han reventado, pero las botellas de plástico sobreviven.
A Bangley siempre se le acaba la Coca-Cola mucho antes que a mí.
Nos vas a matar a los dos. Teníamos un acuerdo.
Le doy una Coca-Cola. Toma, relájate. Piensa en tu corazón.
Tuvo arteriosclerosis. Mejor dicho, tiene. Una vez me soltó: Soy una bomba de relojería. No hacía falta que me lo dijera.
La abro para que no le quede más remedio que aceptarla. Al oír el crac del tapón y el burbujeo hace un gesto de desagrado, en plan ahí va otra Coca-Cola, una menos en el mundo.
Toma.
Nos vas a matar a los dos, Hig. No puede resistirse y bebe. Veo cómo la Coca-Cola le baja por la garganta hasta su ancho tórax.
Se obliga a parar antes de vaciar la botella entera. Ya sabes que basta con que tosan una sola vez, dice. Eso es lo que decían al final. No se contagia solo por la sangre.
Tiene que haber intercambio de fluidos, y no me estoy tirando a una menonita.
La tos es un fluido. Te puede salpicar en un ojo. Entrarte en la boca al hablar.
Creo que eso nunca llegó a demostrarse.
¿Qué coño importa que no se demostrara? ¿Quieres morir del mal después de haber llegado tan lejos?
Tan lejos. Lo pienso, no lo digo. Tan lejos. Bangley y Jasper y una dieta baja en grasas. En fin.
No puedes decidir por mí, Hig.
Tomo aire.