La constelación del Perro 1 #2
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Hace tiempo Bangley me dio un chaleco antibalas, uno de los de su arsenal.

Tiene de todo. Me dijo que serviría con cualquier pistola o con flechas, pero que con un fusil me haría falta suerte.

He pensado en ello. Se supone que, aparte de las familias, somos las únicas dos almas vivientes en al menos cientos de kilómetros cuadrados, los únicos supervivientes.

Sí que me haría falta suerte. Así que me pongo el chaleco porque abriga, pero en verano no lo llevo casi nunca.

Cuando me lo pongo siempre tengo la sensación de estar esperando algo.

¿Me quedaría plantado en un andén esperando un tren que llevara meses sin pasar?

Quién sabe. A veces esa es la sensación que me da todo esto.

Al principio fue el Miedo. No había tanta gripe entonces, y yo caminaba, hablaba.

No es que hablara tanto, pero tenía el cuerpo sano; en cuanto a la mente, juzgad vosotros mismos.

Dos semanas seguidas de fiebre, tres días a cuarenta y cuarenta y medio.

Se me frió el cerebro, lo sé. Encefalitis o algo así.

Me asfixiaba de calor. Los pensamientos que antes casaban, que armonizaban unos con otros, parecían confundidos, inseguros, deprimidos, como aquellos ponis noruegos que un científico ruso había llevado al Ártico siberiano.

Lo leí no sé dónde. El científico intentaba recrear la Edad de Hielo: un montón de hierba y de fauna y poca gente.

De haber sabido lo que se avecinaba se habría dedicado a otra cosa.

La mitad de aquellos ponis peludos se murió, creo que de nostalgia de sus bosques escandinavos, la otra mitad se quedó junto al centro de investigación, les daban de comer grano y se murieron igualmente.

Así están a veces mis pensamientos. Cuando estoy estresado.

Cuando algo me agobia y no me deja en paz.

Están bastante bien, funcionan, pero muchas veces parecen fuera de lugar, como tristes, a veces se preguntan si quizá deberían estar a diez mil kilómetros de aquí, en un lugar con un millón de kilómetros cuadrados de frías píceas de Noruega.

A veces no me fío de ellos, me da miedo que se echen al monte.

Es probable que en estas circunstancias sea normal.

Concentrémonos. Ya van nueve años. La gripe mató a casi todo el mundo, luego el mal de la sangre mató a más. Los que quedan son casi todos Poco Agradables. Por eso vivimos en la llanura, por eso patrullo todos los días.

Empecé a dormir en el suelo por los ataques.

Los supervivientes parecían elegir el sitio mirando un mapa.

Junto a un gran arroyo, positivo. Habrá agua, positivo.

Tiene que haber combustible, positivo. Al tratarse de un aeropuerto, positivo.

Y no había que estar demasiado informado para saber que era un modelo de energía sostenible, positivo.

En todas las casas había paneles y el FBO funcionaba con energía eólica, sobre todo.

Positivo. FBO significa Operador de Base Fija, aunque bien podrían haberlo llamado Gente que Dirige el Aeropuerto.

Si hubieran sabido lo que se les venía encima no se habrían complicado tanto la vida.

Casi todos los intrusos llegaban por la noche. Venían solos o en grupos, venían con armas, con fusiles de caza, con cuchillos, se dirigían a la luz del porche que yo dejaba encendida como polillas atraídas por una llama.

Como tengo cuatro paneles de sesenta vatios en la casa en la que no duermo, por una bombilla LED encendida toda la noche no pasa nada.

Yo no estaba dentro de casa. Dormía al raso, bajo las mantas, detrás del terraplén que queda a unos cien metros.

Es un aeropuerto antiguo, todo campo abierto.

Jasper soltó un gruñido sordo. Es un cruce de pastor ganadero australiano con un olfato excelente.

Me despierto. Le doy un toque a Bangley con el walkie.

Me parece que para él era como un juego.

Su forma de poner a punto el motor, como cuando yo subo a las montañas.

Era un terraplén alto, un gran montículo de tierra que habíamos elevado aún más, lo justo para poder andar detrás de él sin que se nos viera.

Bangley se acerca con parsimonia y se echa a mi lado en la cima del terraplén, donde ya estoy observando con las gafas, y huelo su aliento áspero.

Él también tiene gafas. Tiene como cuatro, de hecho las mías me las dio él.

Me dijo que al ritmo al que las usamos los diodos durarán diez años, o incluso veinte.

¿Y entonces qué? El año pasado cumplí cuarenta años.

A Jasper le di un hígado (de cierva), yo me comí una lata de melocotones.

Invité a Melissa y ella vino como siempre, en forma de susurro y escalofrío.

Dentro de diez años el aditivo ya no bastará para conservar el combustible en buenas condiciones. Dentro de diez años todo esto se habrá acabado. Quizá.

La mitad de las veces, cuando hay luna o brillan las estrellas y hay nieve, a Bangley no le hacen falta las gafas, él tiene el punto rojo, le basta con centrarlo en las figuras en movimiento, en las que se quedan quietas de pie, o acuclilladas, susurrando, lo centra en una sombra que se encuentra al lado del contenedor, fija el punto rojo en un torso.

Pum . Se lo toma con calma, planifica la secuencia, pum pum pum .

Un momento antes la respiración se le vuelve más profunda, más áspera.

Como si estuviera a punto de cepillarse a alguien, y en cierto modo es así, supongo.

El grupo más grande hasta ahora era de siete. Oí a Bangley contando en voz baja. Me cago en..., murmuró riéndose entre dientes como hace cuando está de malas. Mucho más de malas de lo normal, mejor dicho.

Hig, me susurró, vas a tener que participar.

Tengo el AR -15 semiautomático, sé manejarlo bien, Bangley me equipó con una mira de visión nocturna. Pero el caso es que...

Al final lo hice.

Tres de ellos sobrevivieron a la primera descarga y después estalló nuestro primer tiroteo de verdad. Pero ellos no tenían gafas de visión nocturna ni conocían el terreno, así que no duró mucho.

Así empezó lo de dormir al raso. No voy a dejar que me atrapen dentro de la casa como al dragón que duerme sobre su montaña de tesoros. A mí no me ocurrirá. Yo me mantengo a distancia.

Después del segundo verano los ataques se fueron espaciando, como las últimas gotas que caen al cerrar un grifo, plic plic .

Quizá un visitante por temporada, luego ninguno.

La calma duró casi un año, pero después llegó una banda de cuatro forajidos que casi nos machacan.

Fue entonces cuando empecé a volar con regularidad, como si fuera un trabajo.

Ahora no tengo que dormir en el suelo. Tenemos nuestro sistema, estamos tranquilos.

El Miedo es como el recuerdo de la náusea: no te acuerdas de lo mal que lo pasaste ni de que casi preferías morir para que terminara.

Pero yo sí me acuerdo. Duermo en el suelo.

En invierno, debajo de una pila de mantas que debe de pesar diez kilos.

Me gusta. No estoy encerrado. Sigo durmiendo detrás del terraplén, continúo dejando la luz del porche encendida, Jasper sigue ovillándose contra mis piernas, sigue soñando y gimoteando, sigue temblando bajo su manta, pero creo que ahora está casi sordo y como alarma ya no sirve de gran cosa, aunque eso no se lo diremos a Bangley .

Con Bangley nunca se sabe. Él se lo guarda todo.

Es posible que le moleste que comparta la carne, vete a saber. Para él todo tiene una utilidad.

Tenía un libro sobre las estrellas, pero ya no lo tengo.

Mi memoria me vale, aunque no es estelar, ja.

Así que me invento las constelaciones. Hice la del Oso y la de la Cabra, pero igual no las situé donde tendrían que estar, hice algunas para los animales que existían entonces, los que yo conocía.

Hice una para Melissa, como si en las noches de invierno estuviera ahí arriba, entera, alta y sonriente, mirándome.

Mirándome desde el cielo mientras la escarcha me forma arrugas en las pestañas y me empluma la barba. Hice una para el Angelito.

Melissa y yo vivíamos junto a un lago en Denver.

A solo siete minutos del centro, de la librería grande, de los restaurantes, de los cines.

Nos gustaba aquella vida. Desde el gran ventanal de nuestra casita veíamos hierba, agua, montañas.

Los gansos. Había una bandada de gansos residentes y otra de gansos canadienses que llegaban en otoño y primavera en uves inmensas, se mezclaban con los del lugar, quizá incluso se apareasen, y luego continuaban su camino.

Volvían a levantar el vuelo en oleadas estridentes.

Yo era capaz de diferenciar los gansos que migraban de los residentes. Al menos eso creía.

En octubre, noviembre, cuando paseábamos alrededor del lago antes de cenar, nos los señalábamos para distinguirlos.

A mí siempre me parecía que ella los confundía y ella medio se enfadaba.

Era muy inteligente, pero no conocía los gansos como yo.

Nunca me he tenido por muy muy inteligente pero siempre he sabido las cosas de manera instintiva.

Cuando llegó Jasper, siendo un cachorro, se acabaron las dudas: perseguía a los salvajes, que eran asustadizos, pero no a los residentes, más agresivos. Bueno, esa era mi teoría.

No tuvimos hijos. Ella no podía. Fuimos a un médico.

Quiso vendernos unos tratamientos, pero los rechazamos.

Estábamos contentos con tenernos el uno al otro.

Y de pronto, como por milagro, se quedó embarazada.

Nos habíamos acostumbrado el uno al otro y yo no estaba seguro de poder querer a otra persona más.

La miraba dormir y pensaba: Te quiero más que a nada.