La constelación del Perro 1
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La constelación del Perro

La constelación del Perro

Por Peter Heller

© inepub.com

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Me llamo Hig, un solo nombre. Big Hig, si necesitas otro más.

Si alguna vez me desperté llorando de un sueño, y no digo que me pasara, fue porque ya no quedaba ni una trucha. Ni las de arroyo, ni las arcoíris, ni las marrones, ni las degolladas, ni las cutbow, ninguna.

Ya no quedan tigres, ni elefantes, ni simios, ni babuinos, ni guepardos. Ni paros, ni aves fregatas, ni pelícanos (grises), ni ballenas (grises), ni tórtolas turcas. Triste, pero... no lloré hasta que la última trucha se fue nadando río arriba en busca de aguas tal vez más frías.

Melissa, mi mujer, era una vieja hippy. Bueno, no tan vieja. Estaba de buen ver. En esta historia podría haber sido Eva, pero yo no soy Adán. Me parezco más a Caín. No tenían un hermano como yo.

¿Habéis leído la Biblia? Me refiero a si os habéis sentado a leerla como si fuese un libro. Mirad en Lamentaciones. Así estamos, más que nada. Lamentándonos. Desahogándonos, más que nada.

Decían que, al final, después del calor llegaría el frío. Mucho frío. Sigo esperando. Es una sorpresa esta vieja Tierra, una gran sorpresa tras otra desde antes de que se separase de la Luna que da vueltas y vueltas como la pareja de un ganso abatido.

Ya no quedan gansos. O solo unos pocos. El octubre pasado oí esos graznidos suyos al atardecer y los vi, cinco recortándose en el frío azul sangriento sobre la loma. Cinco en todo el otoño, creo, este año ya no quedará ninguno.

Bombeo a mano la gasolina de aviación de poco plomo del viejo depósito del aeropuerto cuando no hace sol, y también tengo el antiguo camión de reparto de combustible.

Más combustible del que la Bestia puede consumir en toda mi vida si no me alejo demasiado, como tengo previsto, pues no me queda otra.

Es un avión pequeño, un Cessna 182 de 1956, una auténtica joya.

Color crema y azul. Supongo que habré muerto cuando la Bestia pase a mejor vida.

En el otro barrio quiero una granja. Treinta hectáreas de heno y maíz junto a un riachuelo frío que todavía brote de las montañas púrpura lleno de truchas de arroyo y truchas degolladas.

Antes de eso haré mis recorridos. Ida y vuelta.

Tengo un vecino. Uno. Estamos los dos solos en un pequeño aeropuerto regional a unos pocos kilómetros de las montañas.

Un campo de prácticas donde construyeron unas cuantas casas para gente incapaz de dormir sin sus avioncitos, como los jugadores de golf que viven en campos de golf.

El nombre que figura en los papeles de su viejo camión, que ya no anda, es Bangley.

Bruce Bangley . Los encontré mientras buscaba en la guantera un manómetro de neumáticos para la Bestia. Una dirección de Wheat Ridge .

Pero no lo llamo por ese nombre, para qué, estamos los dos solos.

No hay nadie más en un radio de al menos doce kiló metros, que es la distancia de campo abierto hasta los primeros bosques de enebros en la falda de la montaña.

Eh, le digo, y ya está. Por encima de los enebros hay roble gambel y luego árboles negros.

Bueno, marrones. Secos y masacrados por los escarabajos.

Muchos se yerguen muertos, se mecen como mil esqueletos, gimen como mil fantasmas, pero no todos.

Hay manchas de bosque verde, y yo soy su mayor forofo. Las animo desde la llanura.

¡Vamos vamos vamos arriba arriba arriba!

Es el himno de nuestro equipo. Lo canto a gritos por la ventana cuando paso volando a poca altura.

Las manchas verdes van extendiéndose año tras año.

La vida es tenaz, solo hay que animarla un poco.

Juraría que me oyen. Me saludan, mueven de un lado a otro los ligeros brazos que les cuelgan a los costados, me recuerdan a mujeres con kimono.

Con pasitos diminutos o sin pasitos siquiera, moved, moved las manos a los costados.

Subo andando cuando puedo. A los bosques más verdes.

Dicho así tiene gracia: ni que tuviera que encontrar un hueco en mi agenda.

Subo para respirar. Un aire distinto. Es peligroso, una descarga de adrenalina de la que podría prescindir.

He visto rastros de alce, y no son tan antiguos.

Si es que todavía quedan alces. Bangley dice que imposible.

Sí es posible, pero... Nunca he visto ninguno.

He visto muchos ciervos. Llevo el rifle del .

308 y mato una cierva y vuelvo arrastrándola sobre el casco de un kayak al que le serré la cubierta para convertirlo en un trineo.

Mi trineo verde. Los ciervos resistieron, con los conejos y las ratas.

La espiguilla resistió, supongo que eso basta.

Antes de subir sobrevuelo la zona dos veces.

Una de día y una de noche con gafas de visión nocturna.

Con las gafas se ve bastante bien a través de los árboles si no son demasiado frondosos.

Las personas parecen sombras verdes palpitantes, incluso cuando duermen.

Más vale asegurarse. Luego viro hacia el sur y el este, vuelvo a la base desde el norte.

Cincuenta kilómetros, al menos un día entero para un viajero.

Todo es campo abierto, todo llanuras, hierba, arbustos de artemisa y cola de conejo, y las viejas granjas.

Los círculos marrones de los sembrados como la huella de una muleta difuminándose en la pradera.

Setos y cortavientos, la mitad de los árboles quebrados, caídos, y unos pocos todavía verdes junto a una charca o bordeando un arroyo. Después se lo cuento a Bangley.

En dos horas recorro los doce kilómetros con el trineo vacío a rastras y ya estoy a cubierto.

Aún me puedo mover. Pero con un ciervo el camino de regreso se hace largo.

Por campo abierto. Bangley me cubre la mitad del trayecto.

Aún tenemos los walkie-talkies y los recargamos con los paneles solares.

Son buenos, de fabricación japonesa. Bangley tiene un fusil de francotirador CheyTac del calibre .

408 montado en una plataforma que él mismo se construyó.

Un telemétrico. Qué suerte la mía. Un chiflado de las armas.

Un auténtico chiflado de las armas. Dice que es capaz de cargarse a un hombre desde un kilómetro y medio de distancia.

Lo ha hecho. Lo he visto más de una vez.

El verano pasado le pegó un tiro a una niña que me perseguía por la llanura.

Una pequeñaja toda piel y huesos. Oí el disparo, me detuve, dejé el trineo y fui hacia ella.

Estaba tirada de espaldas sobre una roca, con un agujero en la cintura que casi la partía por la mitad.

Los jadeos le agitaban el pecho, tenía la cabeza ladeada y me miraba con un ojo negro y brillante, no con miedo, sino más bien con una duda candente, como si, con la de cosas que había presenciado, esta no pudiera creerla.

Como preguntando por qué. ¿Por qué? ¡Joder!

Eso es lo que le pregunté a Bangley: por qué, joder.

Te habría alcanzado.

¿Y qué? Yo tenía un arma, ella un cuchillito. Para protegerse de mí, más bien. A lo mejor quería comida.

A lo mejor. Y a lo mejor te cortaba la garganta en mitad de la noche.

Me quedé mirándolo. Que fuera capaz de imaginar algo así: la niña y yo, en mitad de la noche.

Joder. Mi único vecino. ¿Qué le voy a decir a Bangley?

Ya me ha salvado el pellejo otras veces.

De eso se encarga él. Yo tengo el avión, soy los ojos; él tiene las armas, es el músculo.

Él sabe que yo sé que lo sabe: él no sabe volar, yo no tengo agallas para matar.

De otro modo solo quedaría uno de los dos. O ninguno.

También tengo a Jasper, hijo de Daisy, la mejor última línea de alarma.

Así que cuando nos hartamos de conejos y de percas sol del estanque, cazo un ciervo.

Más que nada por subir allá arriba. Es como estar en una iglesia, un lugar fresco y sagrado.

El bosque muerto se mece y murmura, el bosque verde está lleno de suspiros.

El olor almizclado de las camas de los ciervos.

Los arroyos donde no me canso de rezar para ver una trucha.

Un alevín. Una superviviente grande y vieja, una sombra verde vagando sobre las verdes sombras de las piedras.

Doce kilómetros de campo abierto hasta la sierra, los primeros árboles. Ese es nuestro perímetro. Nuestra zona de seguridad. De eso me encargo yo.

Así puede concentrar su potencia de fuego en el oeste.

Bangley habla así. Porque hay casi cincuenta kilómetros de altiplanicie en todas las demás direcciones, más de un día de camino, pero solo un par de horas hasta los primeros árboles que quedan al oeste.

Las familias están al sur, a quince kilómetros, pero no nos molestan.

Así los llamo yo. Son unos treinta menonitas con el mal de la sangre que llegó después de la gripe.

Es como la peste, pero de evolución más lenta.

Algo parecido al sida, creo, quizá más contagioso.

Los críos ya nacieron con ese mal, que los vuelve débiles y enfermizos, y todos los años mueren unos cuantos.

Tenemos el perímetro. Pero ¿y si alguien se escondiese?

En las antiguas granjas. En el monte bajo.

En los sauces al borde de un arroyo. O en los riachuelos con márgenes escarpadas.

Me lo preguntó una vez: ¿cómo lo sabes? ¿Cómo puedes saber que no hay nadie dentro de nuestro perímetro, en todo ese campo abierto, escondido, esperando para atacarnos?

Pero el caso es que veo muy bien el terreno.

No como si fuera la palma de mi mano, no es tan sencillo, más bien como un libro que hubiera leído y releído un sinfín de veces, como algunos antes se sabían la Biblia.

Me daría cuenta. Una frase cambiada de sitio.

Una laguna. Dos puntos donde debería haber uno. Me doy cuenta.

Me doy cuenta, creo. Si muero —sobra el si — será en uno de esos viajes a las montañas. Cruzando el campo abierto con el trineo lleno. Una flecha por la espalda.