1 #9
Se refería a que había estado dispuesto. A que moví el dedo sobre el gatillo.
Antes de que él entrara en acción.
¡Joder, Bangley! ¿De qué cojones estás hablando?
Silencio. Sabía que yo sabía a qué se refería.
Pero si nunca lo he tenido, joder. Pero lo hago. ¿En qué cojones estabas pensando? ¿Y si te hubiera visto y te hubiera confundido con uno de ellos?
¿Tú verme a mí? Vamos, hombre. Eso no ocurrirá nunca.
Abrí la boca, la cerré. Dije: Increíble, joder. ¿Y si se hubieran disgregado? ¿Y si hubieran atacado antes?
Silencio. Sabía que yo sabía que los había tenido a tiro desde el principio.
¿Cómo coño sabías que iba a apretar el gatillo y por qué te me adelantaste?
Silencio. Sabía que yo ya sabía que me había estado observando con más atención que a ellos.
Con un ojo observaba mi maldito dedo y con el otro no perdía de vista a los hombres que podrían habernos matado.
Los había tenido en la mira todo el rato.
Quizá solo disparó cuando me vio respirar hondo.
Me lo imagino apretando el gatillo para disparar al primero sin siquiera mirarlo, observándome con el visor nocturno montado sobre las patas, mirando cómo doy un respingo, alarmado, sorprendido, y luego acercando la cabeza a su arma con gesto de indiferente eficiencia y barriendo al resto del grupo.
No, barriéndolo no. Bangley no es partidario del fuego automático.
Debió de pegar dos tiros a cada una de las sombras que saltaron asustadas.
Pu-pum . Dos tiros a cada una, así de rápido.
Quizá se estuvo riendo de mi confusión mientras segaba esa gavilla de almas.
Ven, Hig. Quiero enseñarte una cosa.
Bangley sube al terraplén y vuelve a bajar.
Jasper sigue abajo, a este lado, temblando.
Aunque no de miedo. Lo veo a la luz de las estrellas, sentado sobre las patas traseras y siguiendo mis movimientos con preocupación, conteniéndose, mientras otros hacen su trabajo, nada más que su trabajo, lo que deben hacer.
Venga, vamos. Le silbo bajito. Jasper sube al terraplén y vuelve a bajar pegando saltos, no como en los viejos tiempos, pero aún bastante rápido. Bangley ya está entre las figuras negras abatidas. Jasper va de una a otra sin parar, husmeando, gruñendo.
Míralos, Hig. No deberían haberlo hecho.
No parece muy triste.
Bangley ha encendido la linterna LED que tiene atada a la gorra.
Lleva la visera de la gorra hacia atrás.
Alumbra al hombre bajo, el del sombrero de vaquero, el sombrero ha ido a parar a un surco cercano.
Es un niño. De unos nueve años. Justo la edad, más o menos.
Melissa estaba de siete meses entonces. De eso hace nueve años.
Es delgado, tiene el cabello enmarañado y enredado, y una pluma de halcón prendida en él.
El rostro hundido, una sombra sucia, tiznada y castigada por la intemperie. Debió de nacer en medio de todo esto. Nueve años así. Juntando en su cabeza el puzle de este mundo en una imagen inquietante, para acabar de extra en una broma de Bangley.
Refunfuña. Criaturas con armas. Deberían haberlo dejado en algún sitio.
¿Dónde?
Bangley se encoge de hombros y levanta la cabeza, dándome con la luz en los ojos, cegándome.
La cegadora luz blanca me hace entornar los ojos, pero no me vuelvo.
Y cuando mañana saliera de la orilla del río muerto de hambre le habrías disparado como a los otros, pero a plena luz del día y a trescientos metros de distancia en lugar de treinta.
No veo nada más que la luz, pero imagino la sonrisa satisfecha y repelente de Bangley.
En todo este tiempo no has aprendido nada, Hig. Vives en el pasado. No sé si aprecias esto, joder.
Se aleja. Lo que quiere decir es si lo merezco. Si merezco vivir.
Yo también me voy, dejo a Jasper a lo suyo. Los enterraremos mañana.
Esto es lo que hago, lo que ya he hecho otras veces: arranco piernas brazos pecho nalgas pantorrillas.
Corto la carne en trozos finos, los pongo en salmuera y los dejo secar para que Jasper tenga una reserva de comida.
Recordaréis lo del equipo de rugby en los Andes.
Los cadáveres eran de personas ya muertas.
Se los comieron para sobrevivir. Yo hago lo mismo.
Lo hago por él. Yo como venado, peces de fondo, conejo, pececillos plateados.
Su cecina la conservo en cubos herméticos.
Es su comida favorita, seguro que por la sal.
Mañana volveré a hacerlo, pero con el niño no, al niño lo enterraré, sin ternura ni arrepentimiento, pero lo enterraré intacto, con su pluma de halcón.
A esto hemos llegado: a rehacer nuestros tabúes olvidando las razones que los originaron pero aún llenos de prevención.
Vuelvo a la parte de atrás del terraplén.
Se supone que tengo que tumbarme, taparme con las mantas y dormir con la cabeza pegada al terraplén como si fuera una gran piedra sepulcral.
Descansar para volar mañana. No dormiré en toda la noche.
Dejo el arma en el suelo, solo el arma, la meto debajo de la almohada y sigo andando.