La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Estrategia de Guerra
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La Estrategia de Guerra

Marina

La azotea del Círculo de Bellas Artes era mi torre de vigilancia. Madrid se extendía a mis pies, un tablero iluminado donde movía mis piezas a placer.

—No lo entiendo, tía —dijo Marta, removiendo el hielo de su negroni.

Me miraba con una mezcla de admiración y lástima que empezaba a irritarme—.

La guerra ya está declarada. Él está cagado.

Ella está a la defensiva. ¿Por qué sigues?

¿Qué buscas realmente? ¿Reventarlo todo por el simple placer de ver los fuegos artificiales?

La miré. Marta era mi mejor amiga, mi cómplice en el caos. Pero esta noche, su pregunta sonaba a juicio.

—No es placer, Marta. Son principios —respondí.

Mi voz sonó más fría de lo que pretendía—.

Daniel eligió la mentira de la calma. Se refugió en la paz predecible de esa mujer para no tener que enfrentarse a su propio vacío.

Y yo no puedo permitirlo. Lo nuestro no fue solo un polvo; fue una declaración filosófica. Que la intensidad es la única verdad.

Marta negó con la cabeza.

—Eso suena muy bien en un manifiesto, Marina.

Pero esto es la vida real. He visto a la chica, Olivia.

Tiene... algo. La observé en el congreso.

No tiene tu geometría afilada, esa estructura de poder.

Es todo lo contrario: curvas suaves, una sensualidad terrenal, casi fértil.

No intimida, acoge. Una calma que no es pasividad.

Es fuerza. Y Daniel... joder, puede que sea un cobarde, pero parece que la quiere.

¿Y si su "mentira de la calma" es, en realidad, su verdad?

Sus palabras fueron un bofetón. La idea era un insulto, una invalidación de mi propia existencia. Sentí la seda fría de mi vestido sobre la piel, mi armadura. La imaginé a ella con un jersey de lana, algo cálido, algo que respira.

—La calma es una anestesia —espeté—. Y yo soy la cirujana que viene a extirpar la parte enferma.

—¿O eres la adicta que intenta arrastrar a todo el mundo a su fumadero particular? —replicó Marta. Ya no sonreía.

Se hizo un silencio denso. Sentí un nudo en el estómago, mis abdominales contrayéndose involuntariamente. La música lounge de fondo parecía burlarse de nosotras.

—Solo te digo una cosa —continuó Marta, clavando sus ojos en los míos—. Ten cuidado. Estás jugando a ser la generala en una guerra que quizás solo existe en tu cabeza. Y puede que la única baja seas tú. Yo te quiero, tía. Pero no voy a ser tu enfermera de combate si decides inmolarte.

Apuró su copa y se levantó.

—Tengo que irme. Piénsalo. A veces, la retirada no es una derrota. Es el movimiento más inteligente del tablero.

La vi alejarse, una silueta elegante recortada contra el skyline de Madrid. La vi caminar con esa confianza felina que era mi firma, pero por primera vez, me sentí una impostora dentro de mi propio cuerpo.

Mi aliada más leal acababa de desertar. O, peor aún, acababa de sugerirme que quizás la verdadera enemiga, la única que importaba, era yo.