La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Puesta en Escena
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La Puesta en Escena

Marina

Mi ático no era un hogar; era un laboratorio. Y esta noche, se iba a ejecutar el experimento final. Cada variable había sido controlada hasta la obsesión.

El menú: tartar de atún con mango para empezar.

Fresco, exótico. Para que bajaran la guardia.

Solomillo Wellington de plato principal.

Complejo, impresionante. Un plato que grita "me he esforzado por vosotros", generando una sutil deuda de gratitud.

Y vino. Mucho vino. Un Ribera del Duero lo suficientemente bueno para impresionar, pero no tanto como para parecer desesperada.

La iluminación al setenta por ciento. Jazz suave de fondo. Temperatura a veintidós grados exactos. El punto óptimo entre el confort y la alerta.

Y finalmente, el arma. El coulant de chocolate. Lo preparé yo misma, con cacao al setenta por ciento. Mientras batía la mezcla, ensayaba la frase: "Hay que comerlo rápido, antes de que el corazón se enfríe". Era perfecta. Una metáfora servida en un plato, un dardo envenenado cubierto de azúcar glas.

Me detuve con la espátula en la mano y me miré en el reflejo del horno. Mi rostro era una máscara de control. Mis ojos verdes no reflejaban duda, sino una concentración helada.

¿Por qué hacía esto?

La pregunta emergió con claridad brutal. No era por Daniel. La nostalgia por su cuerpo era solo un síntoma. El verdadero motor era ella. Olivia.

Con su calma, su luz, su estúpida y exasperante integridad. Recordé su imagen en el congreso: esa calidez terrenal, las curvas suaves. Una antítesis andante de mi propia arquitectura.

Daniel y yo habíamos sido una reacción de combustión. Habíamos quemado un mundo juntos. Pero el protocolo decía que después del fuego solo quedan cenizas. Y él no lo había respetado. Había encontrado a esta mujer y, sobre los escombros que habíamos creado, había empezado a construir un jardín.

Su paz era un juicio a mi caos. Si ellos podían ser felices, significaba que mi visión del mundo —que la intensidad es la única verdad— era errónea. Y eso era inaceptable.

Mi objetivo esta noche no era seducir a Daniel. Era mucho más ambicioso. Era demostrarles que su jardín estaba plantado sobre terreno radiactivo. Que la calma era una ilusión. Que debajo de la superficie, nuestra ecuación seguía activa, esperando la energía de activación para volver a explotar.

Esta cena no era social. Era la publicación de los resultados de mi investigación. Y mi hipótesis era simple: el caos siempre gana.

Me puse el vestido rojo. Color pasión, peligro, sangre. La seda fría acentuaba cada línea de mi cuerpo atlético. El escote insinuaba la firmeza de mis pechos sin revelar nada.

Me miré al espejo. Mi cuerpo, el que Daniel había despertado y que ahora me pertenecía por completo. Recorrí con un dedo la línea de mi clavícula. Cada centímetro era un arma calibrada.

Recordé fugazmente el zumbido de un conejito rosa en un hotel barato, el eco de mi propio grito de liberación. Un recuerdo muscular. Él creyó que me estaba "arreglando". Qué ingenuo. Solo me dio la llave; la puerta la abrí yo. Y esa puerta ya no se cerraba.

La mujer del espejo ya no era una científica rota. Era un sistema perfectamente calibrado para el placer y la guerra.

La anfitriona estaba lista. El laboratorio estaba preparado. Los sujetos de estudio estaban a punto de llegar.

Que empiece el experimento.