La Energía de Activación
Daniel
La distancia entre Olivia y yo ya no era un silencio; era un abismo. Hablábamos de logística, del tiempo, de la compra. Pero la intimidad se había evaporado.
Cuando intentaba tocarla, encontraba una excusa. "Estoy cansada". "Mañana". Eran las mismas frases que yo usaba con Sofía antes del final. La ironía me quemaba la garganta.
La defensa pasiva no funcionaba. Nos estábamos desangrando. Necesitaba atacar.
Esa misma tarde fui al despacho de Marina. Pasé de largo a su secretaria, entré y cerré la puerta con el pestillo. El clic sonó como un disparo.
Marina levantó la vista, irritada. —Daniel, no tenemos reu...
—Cállate y escucha —dije. Me planté ante su mesa, invadiendo su espacio de seguridad.
Ella se recostó, cruzando los brazos. —Vaya. Parece que el perro ha recuperado los dientes.
—Se acabó el juego, Marina. Las reuniones a deshoras, los emails con doble sentido, las pullitas sobre el pasado. Sé lo que haces. Estás intentando dinamitar mi casa porque la tuya está vacía.
Soltó una risa seca, incrédula. —¿Tu casa? Por favor. Estás jugando a las casitas con una mujer que te aburre, Daniel. Echas de menos el fuego y me culpas a mí por recordártelo.
—No echo de menos el fuego. Echo de menos la paz que tú estás boicoteando.
Me incliné sobre la mesa. Bajé la voz.
—Así que esto es lo que va a pasar. A partir de hoy, nuestra relación es estrictamente profesional. Cero reuniones a solas. Cero llamadas personales. Copia a Garrido en cada puto email.
Abrió la boca para replicar, pero la corté.
—Y si vuelves a insinuar algo a Olivia, o a mí, iré a Dirección. Y no pondré una queja por acoso laboral. Les contaré, con todo lujo de detalles, cómo "colaborábamos" en la universidad. Tengo correos, tengo fechas y tengo muy poco que perder, porque a Olivia ya se lo he contado todo.
Su sonrisa se borró. La sangre se le fue de la cara. Había tocado su punto débil: su reputación.
—¿Tú? ¿La flamante directora envuelta en un escándalo sexual? No creo que al CNIC le haga gracia.
—Eres un hijo de puta —siseó.
—No. Soy un hombre que protege lo que es suyo. Se acabó, Marina. Búscate otra droga.
Salí sin esperar respuesta. Me temblaban las manos, no de miedo, sino de adrenalina. Por primera vez en meses, no me sentía una víctima.
Llegué a casa y se lo solté todo a Olivia. Sin adornos. La amenaza, la cara de Marina, el ultimátum.
Ella me escuchó inmóvil en el sofá. Cuando terminé, vi cómo sus hombros bajaban tres centímetros. La tensión que llevaba semanas cargando se disolvió.
Me miró. Ya no había decepción en sus ojos. Había hambre.
Se levantó y me besó. No fue un beso dulce. Fue una reclamación. Me mordió el labio inferior, tirando de mí hacia el dormitorio.
—Cállate —dijo cuando intenté hablar—. No quiero hablar más de ella. Quiero que me demuestres que estás aquí.
Me empujó a la cama.
Esa noche no hubo preliminares suaves ni aceites de masaje. Hubo urgencia.
La desnudé arrancándole prácticamente la ropa. Necesitaba verla, tocar la realidad de su piel, borrar el recuerdo frío del despacho de Marina con el calor de Olivia.
Recorrí su cuerpo con las manos y la boca, no pidiendo permiso, sino tomando posesión. Mía. Cada beso era una bandera clavada en el suelo. Mía.
Cuando la penetré, lo hice a fondo, de una sola vez. Ella jadeó, arqueándose, sus uñas clavándose en mis hombros.
—Más —ordenó al oído—. Fóllame como si quisieras quedarte.
Y eso hice.
Me moví con una cadencia brutal, buscando la fricción, el impacto. Quería que sintiera mi peso, mi presencia, que no quedara ni un milímetro de duda entre nosotros.
Ella respondía con la misma ferocidad, sus piernas enroscadas en mi cintura, atrapándome, sus ojos clavados en los míos. No había fantasmas en la habitación. No había espacio para nadie más.
El orgasmo nos golpeó a los dos casi al mismo tiempo, una descarga violenta que nos dejó sin aire.
Me derrumbé sobre ella, el corazón latiéndome en la garganta. Estábamos sudados, despeinados, respirando fuerte en el silencio de la habitación.
Pero era un silencio limpio.
La abracé fuerte, enterrando la cara en su cuello. Olía a sudor y a nosotros.
La guerra no había terminado del todo, pero esa noche, habíamos recuperado el territorio. Y yo sabía que no volvería a ceder ni un centímetro.