Paseo sin Rumbo
Daniel
Madrid era un organismo vivo, y yo me movía por sus arterias como un glóbulo blanco perdido, sin función.
Era sábado por la tarde y la Gran Vía bullía, una cacofonía de sirenas, de música que se escapaba de las tiendas y del murmullo de miles de conversaciones anónimas.
Normalmente, me habría sentido abrumado por el caos.
Hoy, lo anhelaba. Quería que el ruido exterior fuera tan ensordecedor que silenciara el de mi cabeza.
No funcionó.
Caminaba sin rumbo, las manos en los bolsillos, mis hombros encorvados de nuevo bajo un peso invisible, la mirada perdida.
Los comentarios de Marina en el congreso —"las vistas desde el laboratorio", "el teleférico"— habían sido detonaciones nucleares de bajo rendimiento.
Nadie más lo había notado, pero Olivia y yo seguíamos respirando la radiación.
El silencio en el hotel anoche, y en el viaje de vuelta hoy, se había vuelto pesado, casi sólido. Podías tocarlo.
Me detuve frente a un escaparate de Zara. No miraba la ropa. Miraba mi propio reflejo, superpuesto a los maniquíes de plástico con sus sonrisas vacías.
El hombre del reflejo me era vagamente familiar, pero no me reconocí. Mi rostro había recuperado la palidez cetrina, mis facciones angulares endurecidas por la falta de sueño. Tenía mis rasgos, mi pelo, pero sus ojos contenían una tensión, un pánico que delataba al impostor.
¿En qué te has convertido?, me pregunté.
Había buscado el vértigo, la intensidad. Y la había encontrado. Pero no había previsto la resaca. El coste. El caos no era una droga recreativa; era un disolvente que estaba corroyendo cada estructura de mi vida.
Observé a la multitud. Vi a una pareja joven, probablemente turistas, discutiendo sobre un mapa, riendo.
Vi a un padre con su hijo a hombros, el niño señalando las luces de los teatros.
Fragmentos. Instantáneas de una normalidad que se sentía como un universo paralelo, uno al que yo ya no tenía acceso.
Mi "guerra fría" con Marina ya no se sentía como una batalla estratégica.
Se sentía como una condena. Cada encuentro en el laboratorio, cada palabra con doble sentido, cada silencio de Olivia, era un ladrillo más en la pared de mi propia prisión.
El caos que había creído anhelar para escapar de mi supuesta jaula de calma, se había convertido en otra jaula.
Una más sofisticada, más ruidosa, con luces de neón en lugar de barrotes. Pero una jaula al fin y al cabo.
Estaba parado en el epicentro de mi vida, en el corazón palpitante de la ciudad, rodeado de millones de personas, y me sentía la persona más jodidamente sola del planeta.
Y me di cuenta de que no quería el caos, ni la calma muerta. Quería volver.
Quería la risa fácil de Olivia en una terraza, la paz de cocinar juntos manchados de harina, la sensación de sus caderas curvilíneas encajando contra mi costado en el sofá, el calor de sus manos en las mías. Quería la normalidad que Marina despreciaba y que yo, estúpidamente, había puesto en riesgo.
Pero no sabía si el camino de vuelta todavía existía.
La simetría se había roto en ese congreso. Marina había demostrado que tenía armas que Olivia no podía contrarrestar. Y yo había permitido que sucediera.
Miré hacia el final de la calle, donde el sol empezaba a caer.
Si me quedaba quieto, esperando a que la tormenta pasara, lo perdería todo. Olivia no se merecía un hombre que se esconde. Se merecía un hombre que cierra las puertas.
Tenía que dejar de jugar a la defensiva. Tenía que dejar de ser el "observador" pasivo de mi propia destrucción.
Me di la vuelta y caminé hacia el metro. Ya no caminaba sin rumbo. Tenía un destino. Y una decisión tomada.
O arreglaba esto de raíz, o me quemaba en el intento. Pero no iba a dejar que Marina siguiera dictando las reglas del juego.