La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Subasta
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La Subasta

Marina

El local de la ONG en Lavapiés estaba lleno de gente vestida con ropa sostenible y superioridad moral. Entré vestida de negro, un corte limpio en medio de tanto color tierra.

Localicé a Olivia detrás de la mesa de acuarelas. Me saludó con una mano, tensa. Sabía que la conversación del café la había dejado tocada. Bien. Ahora tocaba el golpe de gracia.

El organizador subió al escenario. —¡Atención todos! Vamos a subastar la joya de la noche. La ilustración original "Raíces", donada por nuestra querida Olivia.

Era un cuadro bonito. Un árbol creciendo sobre ruinas. Muy metafórico. Muy cursi. Muy ella.

—Empezamos en cincuenta euros. —Sesenta —dijo una señora.

Levanté la mano. —Quinientos —dije alto y claro.

El silencio cayó sobre la sala como una losa. Quinientos euros era una fortuna allí. Olivia me miró, pálida. —Marina, no hace falta que...

—Seiscientos —me corregí, clavando mis ojos en los suyos. Mi sonrisa se afiló—. Me gusta. Tiene algo... trágico. Me recuerda a lo que pasa cuando intentas construir algo bonito sobre un suelo que no te pertenece.

Nadie pujó más. Pagué con mi tarjeta platino y recogí el cuadro. Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal, dejando que mi perfume la asfixiara.

—No te preocupes, Olivia —le susurré—. Lo cuidaré bien. Lo pondré en mi despacho del CNIC. Así Daniel podrá verlo cada vez que venga a... colaborar a solas.

Me giré y salí de allí, llevándome su arte bajo el brazo. La careta de "amiga" estaba rota en mil pedazos.

***

Olivia

La vi salir y tuve que agarrarme a la mesa para no caerme. No había comprado un cuadro. Había comprado un mensaje. "Puedo entrar en tu mundo, puedo pagar más que nadie y puedo llevarme lo que es tuyo delante de tus narices."

Daniel tenía razón. Joder, tenía razón desde el principio. No era una voluntaria. Era una depredadora. Me sentí estúpida, expuesta y furiosa.

Saqué el móvil. Tenía que llamar a Daniel. Tenía que decirle que el enemigo ya no estaba en la puerta. Había entrado, había robado y me había declarado la guerra.