La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Duelo en el Café
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Duelo en el Café

Marina

El café se llamaba "La Esquina del Mundo". Un nombre absurdamente poético para un local funcional. Perfecto para una operación de reconocimiento.

Observé a Olivia llegar. Vestía unos vaqueros sencillos y un jersey de lana ocre. Su belleza era orgánica, terrenal. Arma principal: autenticidad, anoté mentalmente. Vulnerabilidad: la confianza.

—¡Marina! Perdona, ¿llevas mucho esperando? —dijo, con esa calidez que me resultaba irritante.

—Nada, acabo de llegar —mentí, sonriendo con mi mejor máscara de aliada—. Qué bien que hayamos podido sacar este rato. Con el lío de la gala, cuatro ojos ven más que dos.

Pedimos café. Durante veinte minutos, fui la voluntaria perfecta. Hablé de mi madre, de África, de la importancia del arte en la cooperación. La vi relajarse. Vi cómo sus hombros bajaban. Está bajando la guardia. Era el momento de plantar la semilla.

—Bueno, supongo que todos buscamos un equilibrio —dije, mirando mi taza con una estudiada melancolía—. El trabajo, la ciencia... es muy exigente. A veces te consume.

Hice una pausa dramática.

—Daniel lo sabe bien. Siempre ha sido el más dedicado de todos, capaz de obsesionarse con un problema hasta resolverlo, sin importar el coste ni quién caiga por el camino. Es una cualidad admirable en un científico. En un hombre... a veces puede ser complicado convivir con esa intensidad.

Solté la frase y la dejé flotando. "Complicado". "Obsesionarse".

Vi una microexpresión en el rostro de Olivia. Un destello de duda. El virus había entrado.

***

Olivia

El café sabía amargo. Marina me sonreía, pero sus palabras se habían clavado en mí como anzuelos.

"...En un hombre... a veces puede ser complicado."

Mi radar de trauma, ese que Alejandro había afinado a base de golpes emocionales, empezó a parpadear. La forma en que lo dijo no fue un comentario casual; fue una advertencia. O peor, una insinuación de que ella conocía esa "complejidad" mejor que yo.

Le devolví la sonrisa, un acto que requirió todo mi autocontrol.

—Supongo que todos tenemos nuestras complicaciones —respondí, mi voz sonando mucho más calmada de lo que me sentía—. Pero Daniel y yo hemos aprendido a gestionarlas.

—Me alegro —dijo ella, y sus ojos verdes brillaron con algo que no era alegría—. De verdad.

Nos despedimos con dos besos. Al salir a la calle, el aire frío me golpeó la cara. Daniel me había dicho que era una trampa.

Yo le había dicho que confiara en mí. Pero mientras caminaba hacia el metro, no podía quitarme de la cabeza la sensación de que acababa de sentarme a tomar café con un tiburón que estaba decidiendo cuándo morder.