Fricción en el Laboratorio
Daniel
Olivia llegó a casa la noche de la subasta temblando de rabia. Me contó lo que Marina había hecho, lo que le había susurrado. La humillación de Olivia se convirtió en mi propia furia.
El martes tenía reunión de coordinación en el CNIC. Fue en la sala de juntas de la tercera planta. Aire acondicionado gélido, moqueta gris, silencio corporativo.
Marina estaba en la cabecera de la mesa.
Llevaba una bata blanca impoluta sobre un vestido azul oscuro. Pelo recogido en una coleta tensa. Parecía más alta, más afilada.
Cuando entré, no parpadeó.
—Doctor Jiménez —dijo. Su tono era neutro, el de una colega que apenas te conoce—. Gracias por venir.
—Doctora Montes.
La reunión fue una tortura de dos horas. Hablamos de protocolos, de muestras, de financiación. Ella era brillante. Avasalladora. Corregía a mis técnicos con una precisión que rozaba la humillación, pero siempre con una sonrisa educada.
Yo apenas abrí la boca. Me limitaba a asentir, manteniendo la compostura, tragando la rabia contenida.
Al terminar, cuando todos recogían sus portátiles, ella se dirigió a mí.
—Daniel, ¿tienes un minuto? Necesito que revisemos los cronogramas en mi despacho. Tengo los borradores allí.
Los demás salieron. Me quedé solo con ella.
—Claro —dije. Mi voz sonó como si tuviera arena en la garganta.
Caminamos por el pasillo.
Abrió la puerta de su despacho.
Era un espacio amplio, minimalista. Mesa de cristal, sillas de diseño. Frío.
Y entonces, lo vi.
Justo detrás de su silla. Colgado en la pared principal, dominando la estancia.
"Raíces".
La acuarela de Olivia. El árbol verde y vibrante creciendo sobre ruinas grises.
Verlo allí, secuestrado en ese despacho frío de cristal y acero, fue la confirmación física de la invasión.
—Bonito, ¿verdad? —dijo Marina, girándose para admirarlo—. Lo compré en la subasta. Olivia tiene mucho talento.
—Quítalo —dije. Mi voz era hielo.
—Es mío, Daniel. Lo pagué. Y me gusta. Me gusta la idea de que algo tan frágil intente crecer en un lugar hostil.
Se levantó y se acercó a mí. —Además, quería que te sintieras como en casa cuando estemos aquí trabajando.
El mensaje era brutal: Tengo tu vida profesional y ahora tengo un trozo de tu mujer colgado en mi pared.
Apreté los puños hasta que me dolieron. Quise arrancarlo. Pero sabía que eso era lo que ella quería: verme perder el control.
—El cronograma, Marina —dije, forzando cada músculo de mi cuerpo a quedarse quieto—. Vamos a hablar de trabajo. Y nada más.
Ella me sostuvo la mirada un segundo más, decepcionada por mi contención, pero excitada por la tensión.
—Por supuesto. Al trabajo.
Nos sentamos. Pero durante la hora siguiente, cada vez que levantaba la vista, veía el cuadro. Y supe que la fricción no acababa de empezar. Acababa de convertirse en una guerra de desgaste total.