La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) El Informe de Batalla
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El Informe de Batalla

Daniel

La puerta de la sala de juntas se cerró. El eco de su perfume, algo cítrico y químico, parecía persistir en el aire reciclado del laboratorio.

Me quedé solo, apoyado en una de las mesas de acero inoxidable. El metal frío bajo mis manos me ayudó a anclarme.

Había sobrevivido. No había habido catástrofe. El libro había estado sobre la mesa y el edificio no se había derrumbado. Había mantenido la compostura.

Pero la victoria se sentía extraña.

Revisé mentalmente el encuentro. La "vieja Marina", la del caos, seguía allí, escondida bajo el traje de ejecutiva.

Y la parte más honesta de mí, esa parte oscura que intentaba matar de hambre, admitió que había sentido la vibración.

No era amor, no era deseo romántico. Era la memoria muscular de la adrenalina.

Era la familiaridad de alguien que habla tu mismo idioma retorcido.

Cuando dijo "pasión", mi pulso se aceleró. Era un hecho fisiológico.

Pero entonces, invoqué mi contramedida.

Recordé la noche anterior. La cocina. Olivia sobre la encimera, sus uñas en mi espalda, su voz ordenándome "Bórrala".

Recordé la solidez de su cuerpo, la realidad de su piel, tan diferente a la geometría fría de Marina.

Recordé la mañana, su estrategia, su inteligencia para convertir el miedo en un plan de acción.

Esa imagen era mi ancla.

Marina era una droga que ya conocía: subidón rápido, bajada destructiva. Olivia era el suelo firme. Y yo estaba harto de caer.

Cogí el móvil. No había mensajes de Marina. Había uno de Olivia: "¿Sigues vivo?".

Sonreí. Una sonrisa real, que me destensó la mandíbula.

"Vivito y coleando. El libro ha presidido la reunión. Cero bajas. Voy a casa."

Salí del laboratorio, no sintiéndome como un héroe, sino como un soldado cansado que ha sobrevivido a la primera escaramuza y solo quiere volver al campamento base para que le curen las heridas.

***

Olivia

El viernes transcurrió en una especie de tiempo suspendido. Intenté trabajar en una nueva ilustración, pero mi mano no obedecía. Mi mente estaba a kilómetros de distancia, en un edificio que no conocía, imaginando conversaciones, silencios y miradas.

La vieja Olivia se habría consumido en la ansiedad. Habría llamado a Daniel cada media hora. Pero la nueva Olivia, la que había decidido quedarse y pelear, sabía que el pánico era un lujo que no podía permitirse.

Me obligué a ordenar mi estudio. Limpié los pinceles, organicé los botes de tinta. Eran actos pequeños de control. Si no podía controlar lo que pasaba en el CIB, controlaría mi mesa.

No tenía miedo de que Daniel se acostara con ella hoy.

Sabía que estaba asustado y en guardia. Mi miedo era más sutil: tenía miedo de la erosión.

Miedo de que la presencia constante de Marina, con su brillo intelectual y su historia compartida, fuera desgastando poco a poco la resistencia de Daniel.

Miedo de que él empezara a comparar nuestra paz doméstica con esa electricidad y decidiera, sin decírmelo, que nosotras éramos... aburridas.

El mensaje de Daniel llegó a media tarde. "Cero bajas".

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja sobre los tejados de Madrid. Me senté en el taburete, mirando por la ventana.

La batalla del día ya se había librado. Ahora solo quedaba esperar al soldado.

Escuché la llave en la cerradura a las ocho. Mi corazón dio un vuelco.

Me quedé quieta un segundo, respirando hondo. Luz de quirófano, Olivia. Nada de dramas. Transparencia.

Me levanté y fui al recibidor. Daniel estaba dejando el maletín. Parecía agotado. Tenía la corbata aflojada y esa sombra de barba que le salía al final del día.

Me miró. No había culpa en sus ojos. Había cansancio y alivio.

—Hola, científica —le dije.

—Hola, estratega —respondió él.

Se acercó y me abrazó. No fue un abrazo apasionado. Fue un abrazo de peso muerto, de dejar caer toda la armadura. Hundió la cara en mi cuello y respiró hondo.

—Huele a casa —murmuró.

Y en ese momento supe que habíamos ganado el primer asalto. Marina había invadido su espacio de trabajo, sí. Pero él había vuelto al mío.