Epicentro
Daniel
El viernes llegó con la densidad de una tormenta eléctrica.
La atmósfera en casa por la mañana era de una eficiencia militar.
Olivia se movía a mi alrededor preparando su café, con los hombros rectos y la mandíbula apretada; la mujer suave había sido reemplazada por una generala que envía a su soldado al frente.
Antes de salir, cogí el libro Caos de la mesita de la entrada. Pesaba en mi mano.
—A la vista —me recordó ella, dándome un beso rápido y seco en la mejilla—. Que vea que no es un secreto. Que vea que es solo un objeto.
Salí a la calle armado con un libro y una alianza en el dedo.
Mi laboratorio en el CIB había sido mi santuario. Aquí era el Dr. Jiménez, un hombre respetado, sin pasado turbio. Pero hoy, ese pasado iba a cruzar la puerta de seguridad con una tarjeta de visitante.
A las once en punto, la puerta se abrió. Y allí estaba ella.
Entró acompañada de mi jefe, el Dr. Garrido.
Si en la cafetería me pareció que irradiaba confianza, aquí, entrando en mi terreno, era un sol negro.
Llevaba un traje de pantalón oscuro, corte afilado, geometría de poder.
Su sonrisa era profesional, pero sus ojos verdes barrieron la sala, escaneando el equipo, las pipetas, y finalmente, a mí.
Hubo un microsegundo de reconocimiento. Un destello. Te tengo.
Garrido hizo las presentaciones. —...y por último, nuestro jefe de epigenética, el Dr. Daniel Jiménez —dijo, ajeno a la tensión que acababa de subir la temperatura de la sala cinco grados—. Creo que no necesitáis presentación. Según tengo entendido, fuisteis colegas en la universidad.
La frase quedó colgando. Miré a Marina. Tenía el poder de detonar mi vida con una sola broma, con un solo comentario sobre "los viejos tiempos".
—Efectivamente —dijo ella, extendiendo una mano con una profesionalidad inmaculada—. Fuimos colegas. Ha pasado mucho tiempo, Daniel. Me alegro de ver que te va tan bien.
Le estreché la mano. Su piel estaba cálida y seca. Su apretón fue firme, breve. No hubo caricias secretas con el dedo, ni guiños. Fue decepcionantemente normal. Y eso me puso aún más nervioso.
Entramos en la sala de juntas. Yo fui el último. Saqué el libro Caos de mi maletín y lo dejé sobre la mesa, junto a mi cuaderno de notas. La portada negra y brillante bajo los fluorescentes.
Marina se sentó enfrente. Sus ojos cayeron sobre el libro al instante.
Se detuvieron allí un segundo. Luego subieron a mis ojos.
Sonrió. Una sonrisa minúscula, casi invisible.
Había recibido el mensaje, pero yo no estaba seguro de si había entendido lo que Olivia quería decir ("no te tengo miedo") o lo que ella quería entender ("todavía pienso en ti").
La reunión comenzó. Marina expuso su visión con una brillantez que silenció la sala. Era apasionada, articulada, dueña absoluta del escenario. Yo la observaba desde mi trinchera, intentando no admirar la forma en que su mente funcionaba, tan rápida y afilada como siempre.
Durante la pausa para el café, mientras los demás discutían sobre presupuestos, se acercó a la mesa donde yo recogía mis cosas.
—Buen equipo —dijo en voz baja—. Han hecho un buen trabajo con la secuenciación.
—Gracias. Son buenos.
—Garrido me ha dicho que eres la clave de todo el proyecto por vuestra parte —continuó, bajando el tono un octava, creando una burbuja de privacidad en medio de la sala llena—. Eso significa que tú y yo vamos a tener que coordinarnos mucho.
Se apoyó ligeramente en la mesa, rozando el libro con la cadera.
—Espero que no sea... incómodo. Trabajar tan cerca de nuevo.
—Soy un profesional, Marina —respondí, y me alegré de que mi voz no temblara—. Mi vida personal y mi trabajo son compartimentos estancos. No habrá ningún problema.
Ella me sostuvo la mirada. Había diversión en sus ojos.
—Me alegro. Porque la ciencia requiere pasión, Daniel. Y recuerdo que tú tenías mucha... cuando estabas motivado.
Se dio la vuelta y volvió con Garrido, dejándome con la palabra "pasión" resonando en el aire como una amenaza velada. No había hecho nada denunciable. No había cruzado ninguna línea. Pero acababa de dejar claro que la línea estaba ahí, y que ella pensaba caminar justo por el borde.