El Armisticio de los Cuerpos
Daniel
La calma no llegó. Llegó el agotamiento.
Nos quedamos tirados en las baldosas frías, rodeados de ropa revuelta y olor a quemado. La cocina apestaba a una mezcla densa: nuestro sudor, el humo del papel en el fregadero y el aroma metálico y punzante del sexo.
No nos habíamos dado la paz. Nos habíamos vaciado los cargadores.
Me incorporé. Me dolían las rodillas. Ayudé a Olivia a levantarse. Tenía la piel de la espalda enrojecida por el roce con el suelo y el mármol. Un mapa de fricción.
—Vamos —dije. Mi voz sonaba rasposa.
La envolví en la manta del sofá, que ahora parecía ridículamente doméstica, y la llevé al baño.
Entramos en la ducha. El agua caliente golpeó nuestros cuerpos, llevándose la tensión muscular.
No fue un "bautismo". Fue higiene. Fue ver cómo el agua se volvía gris en el desagüe, arrastrando la ceniza de la dedicatoria de Marina y los fluidos de nuestra guerra.
Enjaboné a Olivia. Mis manos, que minutos antes la apretaban con furia, ahora eran metódicas. Ella se giró y me pasó la esponja por la espalda. Siseé cuando tocó los arañazos.
—Te he hecho daño —dijo, mirando las marcas rojas en mi piel.
—No —corregí—. Me has marcado. Es diferente.
Nos secamos en silencio. No había nada que decir. La adrenalina había bajado y ahora solo quedaba la realidad: era martes, estábamos cansados y el viernes llegaba el enemigo.
En la cama, nos pegamos el uno al otro. No fue la "cucharita" romántica de las películas. Fue el abrazo apretado de dos supervivientes en un búnker.
Su cabeza pesaba sobre mi pecho. Su pelo mojado humedecía la almohada, oliendo a champú limpio, borrando el olor a humo.
—El viernes —susurró ella. No era una pregunta. Era el temporizador.
Sentí cómo se tensaba contra mí.
—El viernes —confirmé.
—No sé si estoy lista para que vuelva a entrar en tu cabeza, Daniel.
La abracé más fuerte, inmovilizándola.
—Escúchame —dije, y me aseguré de que mi voz fuera firme, sin temblores—. Ella no va a entrar en mi cabeza. Va a entrar en mi despacho. Y son dos lugares muy diferentes.
Le levanté la barbilla para que me mirara en la oscuridad.
—Tú no tienes que hacer nada. Tú te quedas aquí, en nuestro territorio, donde ya has ganado. La batalla del viernes es mía. Yo abrí la puerta, yo la cierro.
—¿Y si intenta...?
—Que intente lo que quiera. —Le besé la frente, un beso seco, de sellar un contrato—. El hombre que va a entrar en esa reunión no es el mismo imbécil que se tomó el café con ella. Ese hombre dudaba. Yo no.
Ella asintió, aunque vi la sombra de la duda en sus ojos. Era normal. La confianza no se recupera con un polvo, por muy bueno que sea. Se recupera con hechos.
Se durmió poco después, agotada por la catarsis.
Yo me quedé despierto un rato más, sintiendo el ardor de los arañazos en mi espalda. Me dolían. Y me alegraba de que me dolieran.
Eran el recordatorio físico de lo que tenía que perder.
Ya no se trataba de elegir entre el caos y la calma. Se trataba de defender la fortaleza.
Y el viernes, cuando Marina entrara con sus tacones y su sonrisa de tiburón, se iba a encontrar con que el puente levadizo estaba subido y yo estaba en la muralla, armado hasta los dientes.