Reclamando el Territorio
Daniel
Volví a casa tarde. La reunión había sido extenuante, pero la sonrisa helada y feliz que había forzado durante horas había surtido efecto. Había colocado el libro "Caos" sobre la mesa de la sala de reuniones, tal y como Olivia me había indicado, y ella ni siquiera lo había mirado. Había fallado.
Pero el alivio era superficial. El libro sobre la mesita ya no era solo un recordatorio de mi traición; era una declaración de guerra silenciosa que había invadido nuestro espacio más sagrado.
Olivia lo miró durante un largo rato en silencio mientras cenábamos. Su mandíbula estaba apretada, sus ojos brillaban con una ira lúcida que me dio miedo y esperanza a la vez.
—Ella no va a ganar —dije, casi suplicando.
—Lo sé —respondió ella—. Porque no la vamos a dejar.
Y entonces, en medio de esa atmósfera densa, se levantó de la mesa y me besó.
No fue un beso de perdón. Fue un pacto de sangre. Tenía el sabor metálico de la rabia y el gusto salado de las lágrimas que no habíamos derramado. Mi lengua invadió su boca, buscando, reclamando.
La empujé contra la encimera. El frío del mármol contra su espalda la hizo jadear. Su cuerpo se apretó contra el mío, un acto de reafirmación brutal.
El sexo sucedió allí mismo, en el suelo frío de la cocina.
Fue un exorcismo físico. La desnudé con una urgencia que no nacía del amor romántico, sino de la furia territorial. Mis manos no acariciaban; marcaban. Dejé chupetones oscuros en su cuello, en su pecho. Banderas plantadas en tierra conquistada.
Ella no se retiró. Arqueó la espalda, ofreciéndome más.
—Hazlo —susurró—. Bórrala.
Mis labios se apoderaron de sus pechos, succionando con fuerza, sintiendo sus pezones endurecerse en mi boca. No era solo placer; era propiedad.
Olivia respondió con la misma moneda. Me arañó la espalda, y sentí el ardor de sus uñas como un mapa de nuestra nueva frontera. Me mordió el labio inferior, fuerte, hasta hacerme sangre.
La puse a cuatro patas sobre las baldosas.
Olivia
Giré la cabeza y le clavé la mirada.
—Ven, aliado —susurré, con la voz rota—. Es nuestro territorio. Reclámalo.
Me abrí para él. Mis nalgas en alto, tensas.
Él entró en mí con una sola estocada. Su pene se hundió en mi carne con una fuerza que nos hizo gruñir a los dos.
No era sexo. Era un juramento hecho carne: Este cuerpo es mío. Este hombre es mío.
Sus manos me sujetaban las caderas, empujándome contra él, marcando un ritmo duro y primitivo. Pum. Pum. Pum. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando era la única música.
—Dime que estás conmigo —gruñó en mi oído.
—Hasta el final —jadeé—. Pelea por nosotros, Daniel.
La sentí llegar. Su clítoris aplastado contra mi mano, su cuerpo convulsionando en un orgasmo que fue un grito de guerra.
Y esa rendición fue la energía que necesité. Me corrí gritando su nombre, no como una disculpa, sino como una firma. Mi semen derramándose dentro de ella, sellando el pacto.
Nos quedamos tirados en el suelo, entre la ropa y la ceniza del fregadero. Olía a sudor, a sexo y al humo de nuestro ritual.
No nos había dado la paz. Nos había dado armas.
Sentí el ardor de sus arañazos en mi espalda y supe que la lucha no había terminado. Pero ya no estaba solo en la trinchera.