La Estratega
Olivia
Me desperté antes que la alarma. No había lágrimas, ni nudos en el estómago. Solo había un silencio blanco y frío en mi cabeza.
Me sentía ligera. Como si durante la noche me hubieran extirpado el órgano que segrega el miedo.
Fui a la cocina. Daniel ya estaba allí. Intentaba hacer café sin hacer ruido, moviéndose con la torpeza exagerada de un elefante que intenta no romper la cristalería. Tenía los hombros encorvados y esa cara de "por favor, no me grites" que empezaba a irritarme.
Ayer, verle así me habría roto el corazón. Hoy, me parecía patético.
No necesitaba un amante arrepentido. Necesitaba un socio competente.
Me apoyé en el marco de la puerta, cruzada de brazos.
—Deja de caminar de puntillas, Daniel —dije. Mi voz sonó más fuerte de lo habitual en la cocina silenciosa—. Me pones nerviosa.
Él se giró, sobresaltado. Casi tira la cuchara.
—Lo siento. No quería despertarte.
—Estoy despierta. Y estoy lúcida.
Me acerqué a la mesa. El libro, "Caos", seguía allí donde lo habíamos dejado la noche anterior. Un ladrillo negro en medio de nuestro desayuno.
Lo cogí. Pesaba.
Daniel me miró con pánico, esperando que lo lanzara por la ventana o que me pusiera a llorar.
En lugar de eso, lo abrí. Busqué la dedicatoria de Marina. Esa letra afilada, pretenciosa.
—Ella cree que esto es una bomba —dije, pasando el dedo por la tinta—. Cree que voy a leer esto, voy a sentirme pequeña e insegura, y voy a montarte un drama que te empuje de vuelta a sus brazos "incomprendidos".
Cerré el libro de golpe. Clac.
—Es un plan de primero de villana de telenovela. Y me ofende que crea que soy tan básica.
Miré a Daniel.
—Escúchame bien. Marina no quiere tu cuerpo. Quiere tu inestabilidad. Se alimenta de verte dudar, de verte mentir. Si te escondes, le das de comer.
Daniel asintió, mudo. Estaba escuchando como si le estuviera revelando los secretos del universo.
—Así que vamos a cambiar la dieta.
Le puse el libro en el pecho, obligándole a cogerlo.
—Llévatelo al laboratorio.
—¿Qué? —parpadeó, confuso—. ¿Quieres que me lo lleve?
—Sí. Y ponlo en tu mesa. A la vista. Donde ella pueda verlo.
—Pero...
—Si lo escondes, es un secreto. Si lo exhibes, es solo un libro. Quiero que ella vea que su "regalo envenenado" no ha causado ninguna explosión. Quiero que vea que no tenemos miedo.
Me serví café. El líquido negro cayó en la taza con un sonido reconfortante.
—A partir de ahora, Daniel, la honestidad no es una penitencia que haces para que yo te perdone.
Es tu chaleco antibalas. Si ella te manda un mensaje, me lo enseñas.
No para pedir permiso, sino para desactivarlo.
Si te intenta provocar, me lo cuentas y nos reímos juntos de su desesperación.
Me giré hacia él y le di un sorbo a mi taza.
—Ella juega al misterio. Nosotros vamos a jugar a la luz de quirófano. Luz blanca, potente y sin sombras. Llevarás ese libro contigo hoy.
Daniel me miraba con una mezcla de asombro y adoración. Sus hombros se relajaron. Por primera vez en días, vi al hombre del que me había enamorado, no al niño asustado.
—Entendido —dijo. Apretó el libro contra su pecho—. Luz de quirófano.
—Bien. Ahora bébete el café y vete a trabajar. Tienes una reunión de coordinación con ella, ¿no?
—Sí.
—Pues ve. Y cuando intente buscarte las cosquillas con alguna referencia críptica al pasado, sonríe y háblale del tiempo. Abúrrela, Daniel. Sé tan jodidamente estable y feliz que se le quiten las ganas de jugar.
Me dio un beso rápido en la mejilla antes de salir. Iba recto. Iba armado.
Me quedé sola en la cocina. Miré por la ventana. Madrid despertaba.
No me sentía una víctima. Me sentía la dueña del tablero. Marina había querido iniciar una guerra psicológica, pero se había olvidado de un detalle: yo había sobrevivido a Alejandro. Yo tenía un máster en manipulación. Y acababa de convertir a su peón favorito en mi mejor defensa.