El Nuevo Tratado de Paz
Olivia
Al cuarto día, me desperté con una certeza: el silencio me estaba costando dinero y salud.
Llevaba setenta y dos horas sin dormir bien. El hueco de Daniel en la cama era un agujero negro que se tragaba mi descanso.
Me levanté con la luz gris del amanecer. Fui al salón.
Ahí estaba. Un bulto encogido bajo una manta vieja. Los pies le colgaban por fuera del sofá. Tenía la boca abierta y el ceño fruncido incluso en sueños. Olía a aire viciado, a ropa usada y a culpa.
No sentí pena. Sentí impaciencia.
Verlo así, reducido a un mueble más del salón, me confirmó que no era un villano maestro. Era un desastre con patas que no sabía cómo pedir perdón sin romper algo más.
Le di una patada suave al sofá.
—Despierta.
Daniel pegó un brinco. Se incorporó, con los ojos hinchados y la marca de la costura del cojín en la mejilla. Me miró con pánico, como si esperara que tuviera un cuchillo en la mano.
—Olivia...
—Café —ordené—. Ahora. En la cocina.
Diez minutos después, estábamos sentados frente a frente. El café humeaba. Él agarraba la taza con las dos manos para que no le temblaran.
—Se acabó el sofá —dije. Mi voz sonó rasposa, sin anestesia—. No voy a vivir en una casa donde tengo que saltar por encima de mi novio para ir al baño.
Él levantó la vista, esperanzado.
—No te emociones. Que vuelvas a la cama no significa que estemos bien. Significa que estoy harta de este teatro.
Me incliné sobre la mesa.
—Me has mentido. Has roto la única regla que importaba. Y la única razón por la que no te he echado a la calle es porque sé que lo hiciste por miedo, no por maldad. Pero el miedo, Daniel, es tan peligroso como la maldad si no se controla.
—Lo sé —susurró—. Lo siento tanto...
—Cállate. No quiero disculpas. Quiero hechos.
Puse la palma de la mano sobre la mesa.
—A partir de ahora, hay una nueva norma. Se llama Transparencia Radical.
Lo miré a los ojos, clavándole la mirada.
—Si Marina te escribe, me lo dices. Si te cruzas con ella en el pasillo y te dice "hola", me lo dices. Si sueñas con ella y te despiertas empalmado, me lo dices.
Vi cómo tragaba saliva.
—No quiero ser tu policía, Daniel. Me niego a revisarte el móvil. Pero si vuelvo a sentir, aunque sea por un segundo, esa vibración en el aire de que me estás ocultando algo... si vuelvo a tener que adivinar... se acabó. Hago la maleta y no me vuelves a ver el pelo. ¿Entendido?
Él asintió. No fue un asentimiento rápido. Fue lento, grave.
—Entendido. Nada de filtros. Nada de protección.
—Exacto. Si hay mierda, la ponemos sobre la mesa y la limpiamos juntos. Pero no la escondes debajo de la alfombra.
Extendí la mano sobre la mesa.
—¿Trato?
Él tomó mi mano. Su piel estaba fría, pero su agarre fue firme. Desesperado.
—Trato. Te elijo a ti, Olivia. Con todo el desastre.
No le besé. No hubo música de violines.
Me levanté y dejé mi taza en el fregadero.
—Dúchate. Apestas a sofá. Y luego vete a trabajar. Tienes una guerra que ganar, y no me sirves de nada si hueles a víctima.
Él se levantó, y por primera vez en cuatro días, vi que sus hombros se enderezaban. Ya no era el exiliado. Era un soldado que acababa de recibir órdenes claras.
Y yo, mientras volvía al dormitorio para hacer la cama (nuestra cama), me sentí extrañamente poderosa.
No habíamos arreglado el pasado. Pero habíamos blindado el futuro.