La Constante Rota
Marina
Barcelona no fue un retiro espiritual. Fue una jaula con vistas al mar.
Aguanté seis meses. Seis meses de yoga, de hombres educados que pedían permiso para tocarme y de un silencio en mi apartamento que me estaba volviendo loca.
Volví a Madrid no porque echara de menos la ciudad, sino porque necesitaba ruido. Necesitaba fricción.
Mi nuevo ático era perfecto: frío, caro y vacío. Como yo.
Después del café con Daniel, sentí el subidón. Verle temblar, ver cómo se le dilataban las pupilas cuando me acerqué... eso fue mejor que cualquier orgasmo que hubiera tenido en Cataluña. Seguía siendo un yonqui, y yo seguía siendo su droga favorita.
Pero entonces mencionó el nombre. Olivia.
Lo dijo como si fuera un amuleto. Un escudo.
Esa noche, abrí el portátil. No me costó nada encontrarla. Instagram es el escaparate de los mediocres.
@Olivia_Ilustra.
Empecé a hacer scroll.
Fotos de acuarelas. Fotos de plantas. Fotos de desayunos con luz natural y pies descalzos.
Era repugnante.
Era la personificación de todo lo que yo despreciaba: la "vida sencilla", la "autenticidad", la paz doméstica. Olivia era una taza de té de manzanilla; yo era un chupito de aguardiente.
Pero lo que más me jodió no fueron sus fotos. Fue una foto de él.
Daniel. En la cocina de ella. De espaldas, cocinando, con una camisa arrugada.
No parecía el científico atormentado que yo conocía. Parecía... tranquilo. Parecía un hombre que ha dejado de correr.
Cerré el portátil de un golpe.
Esa calma era un insulto personal.
Si Daniel podía ser feliz con una mujer que pintaba flores y horneaba pan, entonces nuestra historia, nuestro "incendio incontrolable", no había sido destino. Había sido un síntoma. Significaba que yo no era su gran amor trágico; solo había sido su fase autodestructiva.
Y eso no lo iba a permitir.
Volví a abrir el perfil. Dejé de mirar las fotos bonitas y empecé a buscar grietas.
Y la encontré.
Un enlace en su biografía: "Voluntaria en Proyecto Raíces. Ayudando a construir escuelas en Paraguay".
Hice clic. Era una ONG pequeña. Organizaban una subasta benéfica la semana siguiente en un local de Lavapiés.
Entrada libre.
Sonreí.
Olivia se creía segura en su mundo de bondad y acuarelas. Creía que su "constante" era intocable.
Pero no sabía que la física tiene una ley cruel: cualquier sistema estable se puede desestabilizar si aplicas la fuerza correcta en el punto de fractura.
No iba a atacar a Daniel. Daniel estaba blindado.
Iba a atacar a la fuente de su paz.
Me serví una copa de vino y compré una entrada para la subasta.
Iba a ir. Iba a verla. Y, si se presentaba la oportunidad, iba a demostrarle que las raíces, por muy profundas que sean, se pudren si les echas suficiente veneno.