La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) El Sofá de los Exiliados
52%

El Sofá de los Exiliados

Daniel

El sofá de nuestro salón era de diseño. Gris, elegante, moderno. Y para dormir, era un potro de tortura.

Me tumbé con una manta vieja que olía a perro (aunque no teníamos perro). Mis pies colgaban por fuera. El reposabrazos se me clavaba en las cervicales.

La casa estaba en un silencio absoluto.

Miraba la puerta del dormitorio. Cerrada. Una línea de oscuridad que me separaba de mi vida.

No me atreví a acercarme. Sabía que si intentaba entrar, si intentaba "arreglarlo" ahora, lo rompería del todo.

Me giré, buscando una postura. El cuero crujió.

Pensé en Marina. En su regreso. En cómo, con un solo movimiento, había conseguido desestabilizar todo mi sistema.

Pero la culpa no era suya. Era mía. Yo había comprado el billete para este viaje en el momento en que decidí ocultar el primer mensaje.

Escuché un ruido en el dormitorio. Unos pasos. El baño.

Me tensé. ¿Estaba haciendo la maleta? ¿Se iba?

El sonido de la cisterna. Agua corriendo. Pasos de vuelta a la cama.

Solté el aire. Seguía allí.

Pasé la noche en vela, vigilando la puerta como un perro que ha mordido al dueño y espera saber si lo van a echar a la calle o solo lo van a dejar sin cenar.

El amanecer llegó gris y sucio. Me dolía la espalda. Me dolía el alma.

Cuando Olivia salió de la habitación, ya vestida para trabajar, ni me miró. Fue a la cocina, se hizo un café y se lo bebió de pie.

Yo me incorporé en el sofá, con el pelo revuelto y la ropa arrugada.

—Buenos días —intenté.

Ella dejó la taza en el fregadero. Cogió las llaves.

—El viernes —dijo, sin girarse—. Cuando vuelvas de verla. Hablamos.

Y salió.

El portazo no fue fuerte. Fue seco. Definitivo.

Me quedé en el sofá, sabiendo que el verdadero juicio no sería mi incomodidad física, sino lo que pasara en las próximas 48 horas.

Marina llegaba mañana. Y yo estaba solo, cansado y en el punto de mira de las dos mujeres de mi vida.