Escondites de Cartón
Olivia
Entré en el dormitorio y saqué la maleta del altillo.
El movimiento fue automático. Memoria muscular. Peligro = Huida.
La abrí sobre la cama. Empecé a tirar ropa dentro sin doblarla. Camisetas, bragas, el cargador.
Mi corazón iba a mil. Lo sabía, me decía mi voz interna, la que sonaba como Alejandro. Todos mienten. Solo era cuestión de tiempo.
Me senté en el borde de la cama, temblando.
Repasé la escena en el salón. Daniel, pálido, sudando, confesando como un niño al que han pillado con las manos en la masa.
He mentido porque tenía miedo.
Alejandro nunca tenía miedo. Alejandro mentía mirándome a los ojos, sonriendo, convenciéndome de que la loca era yo. Sus mentiras eran fortalezas de hormigón armado, diseños perfectos donde yo me perdía.
Las mentiras de Daniel... eran escondites de cartón.
Se había metido dentro de una caja de zapatos esperando que nadie le viera, y ahora que llovía, la caja se deshacía y él estaba allí, empapado y patético.
No era un manipulador. Era un cobarde.
Miré la maleta medio llena.
¿Iba a irme por esto? ¿Iba a dejar que el miedo a mi pasado dictara mi futuro?
Marina había vuelto. Daniel había entrado en pánico. Había fallado.
Pero me lo había contado. Tarde, mal y arrastras, pero me lo había contado antes de que ella apareciera por la puerta.
Saqué una camiseta de la maleta. La olí. Olía a nuestro suavizante.
Si me iba ahora, le estaba dando la razón a mis fantasmas. Estaba admitiendo que no se puede confiar en nadie.
Pero si me quedaba... si me quedaba, tenía que ser bajo mis condiciones.
Vacié la maleta. Volví a guardar la ropa en el cajón.
No me iba a ir. Pero él iba a tener que sudar sangre para que yo volviera a bajar la guardia.
Me metí en la cama, apagando la luz. Mi lado estaba frío. El suyo, vacío.
Que se joda, pensé. Que pase frío.