Nuestra Única Jodida Regla
Daniel
La bomba tenía temporizador: viernes a las nueve de la mañana.
Pasé el miércoles y el jueves en un estado de catatonia funcional. En el trabajo era un robot; en casa, un actor pésimo. Olivia me miraba con esa curiosidad analítica que empezaba a transformarse en sospecha.
El jueves por la noche, no aguanté más.
Estábamos en el salón. Ella leía. Yo miraba la pared, sintiendo cómo el secreto me corroía el esófago. Si no se lo decía yo, se enteraría por los pasillos. O peor, vería a Marina y ataría cabos.
El miedo a ser descubierto superó al miedo a la verdad.
—Tengo que decirte algo —solté. Mi voz sonó estrangulada.
Olivia bajó el libro. No dijo "¿qué pasa?". Se quedó quieta, esperando el golpe. Su instinto ya lo sabía.
—El email del otro día... no era spam. Era Marina.
Vi cómo sus pupilas se contraían. Un microgesto de dolor que controló al instante.
—Sigue —dijo.
—Le contesté. Quedamos a tomar un café el martes. Me dijo que había vuelto a Madrid.
—El martes —repitió ella. Su voz era plana, sin temperatura—. El día que llegaste "largo" del trabajo.
—Sí.
Me levanté. No podía estar sentado.
—Y hay más. Hoy he sabido que el CNIC va a colaborar con nosotros. Ella es la directora del proyecto. Va a venir a mi laboratorio mañana.
Silencio.
El zumbido de la nevera pareció subir de volumen hasta volverse ensordecedor.
Olivia dejó el libro sobre la mesa con un cuidado excesivo. Se levantó despacio. Se alisó el pantalón.
No gritó. No lloró. Me miró como si fuera un extraño que acabara de entrar en su casa a robar.
—¿Te acostaste con ella? —preguntó.
—No. Dios, no. Fue solo un café.
—No me importa el café, Daniel. Me importa que me miraste a la cara el martes por la mañana y me mentiste. Me importa que me abrazaste en este sofá mientras pensabas en cómo ocultármelo.
Se acercó a mí. Su rabia no era caliente; era hielo seco. Quemaba.
—Teníamos una regla. Una. Transparencia radical. Porque los dos venimos de la mierda y sabíamos que era la única forma de sobrevivir.
Me señaló con el dedo, clavándomelo en el pecho.
—No me has protegido. Te has protegido a ti. Has vuelto a ser el hombre que esconde cosas debajo de la alfombra porque le da miedo afrontarlas. Y ese hombre... ese hombre me da pánico.
—Tenía miedo de perderte —balbuceé, la excusa más vieja y patética del mundo.
—Pues acabas de comprar todas las papeletas —dijo ella.
Se dio la vuelta y se fue al dormitorio. La puerta se cerró con un clic suave. Ese sonido dolió más que cualquier portazo.
Me quedé solo en el salón, con la certeza absoluta de que acababa de dinamitar los cimientos de mi propia casa.