La Bomba de Relojería
Daniel
Volver a casa fue una tortura. El trayecto en metro se me hizo eterno. Me frotaba las manos en los pantalones, intentando quitarme el sudor frío del encuentro.
Entré en el apartamento. Olivia estaba en el salón, trabajando. Levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa limpia, abierta.
—Hola, científico. ¿Qué tal el día?
—Bien —dije. La mentira salió automática, podrida—. Largo.
Me fui directo a la ducha. Necesitaba agua caliente. Necesitaba quitarme el olor a "El Vértice".
Salí del baño con la toalla a la cintura. Me sentía un poco mejor. "Ya está", pensé. "La he visto. No ha pasado nada. Cierro el capítulo".
Entonces mi móvil vibró en la mesilla.
Una notificación del correo del trabajo.
Asunto: Colaboración Estratégica CNIC-CIB
Lo abrí sin pensar.
"Estimados jefes de departamento,
Nos complace anunciar el inicio del proyecto conjunto con el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares. La dirección del proyecto estará a cargo de la Dra. Marina Montes, que se incorporará a nuestras reuniones de coordinación a partir del viernes..."
Se me cayó el móvil de la mano. Rebotó en la alfombra.
El viernes.
Marina. En mi laboratorio. En mi sala de reuniones. En mi vida diaria.
Me senté en el borde de la cama, incapaz de respirar. El mundo se cerró sobre mí.
Ya no era un café secreto. Era una invasión.
Si Olivia se enteraba de que Marina trabajaba conmigo... y luego se enteraba de que yo ya la había visto y se lo había ocultado...
La mentira, que parecía una pequeña bola de nieve, acababa de convertirse en un alud.
—¿Daniel? —Olivia apareció en la puerta, con una taza de té—. ¿Estás bien? Estás blanco.
La miré. Vi su preocupación. Vi su amor.
Y tuve el impulso, violento, de contárselo todo. "Olivia, la he cagado. La he visto hoy. Y ahora va a ser mi jefa".
Pero el miedo me agarró la garganta. Miedo a perderla. Miedo a que su mirada de confianza se transformara en la mirada de decepción que conocía tan bien.
—Es el proyecto —mentí de nuevo, cavando mi propia tumba—. Me han asignado una carga de trabajo brutal. Voy a tener que echar muchas horas.
Olivia se acercó. Me puso la mano en la frente.
—No tienes fiebre, pero estás helado.
Se sentó a mi lado y me abrazó. Apoyé la cabeza en su hombro, sintiéndome la peor escoria del planeta.
Ella me acariciaba la espalda, intentando calmarme, sin saber que estaba abrazando a un hombre que acababa de activar una bomba de relojería en el centro de nuestro salón.
El viernes llegaba en tres días.
Y yo no tenía ni puta idea de cómo desactivarla.