Café y Tensión Superficial
Daniel
La respuesta de Marina llegó al día siguiente.
De: Marina Montes
Asunto: Re: Una vieja colega en la ciudad
Perfecto. ¿Qué tal el martes que viene? Sobre las 4. Hay una cafetería nueva cerca del CNIC, "El Vértice". Podría venirte bien para desconectar a media tarde.
Un saludo.
Su tono seguía siendo profesional, pero la elección del nombre de la cafetería, "El Vértice", no podía ser una coincidencia.
Era una pequeña pulla, un guiño a nuestro pasado vertiginoso, una forma de decir "yo también me acuerdo de todo".
Y esa pequeña provocación, en lugar de disuadirme, avivó mi curiosidad.
Acepté.
El martes llegó con la ansiedad de una bajada de tensión, una sensación de irrealidad.
Pasé la mañana como un autómata. Le mentí a mi equipo sobre una cita con el dentista.
Le mentí a Olivia sobre una reunión imprevista.
Las mentiras se habían vuelto fáciles, casi reflejas.
Un síntoma alarmante de una vieja enfermedad.
La cafetería "El Vértice" era un cubo de cristal y hormigón cerca del CNIC. Ruidosa, impersonal, llena de científicos con prisa y cafeína en vena. El lugar perfecto para un crimen a plena luz del día.
Llegué cinco minutos antes. Me senté en una mesa del fondo, de espaldas a la puerta, con la nuca erizada. Me sentía un espía incompetente.
La vi entrar a través del reflejo del ventanal.
No era la Marina de los vaqueros rotos y el pelo revuelto.
Era una ejecutiva de la ciencia. Traje de chaqueta negro, corte afilado, tacones que sonaban como martillazos contra el suelo.
Caminaba con esa seguridad arrogante que yo conocía tan bien, la de quien sabe que es la persona más lista de la habitación.
Se sentó frente a mí. Sin besos. Sin abrazos.
—Daniel —dijo. Su voz seguía teniendo ese rasguño grave.
—Marina.
Me miró. Sus ojos verdes no buscaban calidez; buscaban grietas. Me escaneó: la camisa planchada, el reloj (el cronómetro arreglado en mi muñeca), la alianza invisible de mi estabilidad.
—Te veo... ordenado —dijo. La palabra sonó a insulto.
—Estoy bien, Marina.
—Eso veo. He oído que estás en el CIB. Epigenética. Un campo... seguro.
Pidió un café solo. Yo pedí agua. Tenía la boca seca como el cartón.
La conversación fue un combate de esgrima. Ella hablaba de sus proyectos, de Ginebra, del CNIC. Pero cada frase tenía doble fondo.
—Aquí la gente es muy lenta —dijo, removiendo el café—. Les falta hambre. Les falta... fricción. ¿Tú no echas de menos la fricción, Daniel?
La miré. Sabía a qué se refería. A las marcas en la espalda. Al sexo sucio en el baño.
—No —mentí. Mi pulso se aceleró—. Prefiero la estabilidad.
Ella soltó una risa corta, seca.
—La estabilidad es lo que dicen los muertos cuando se cansan de estar vivos.
Se inclinó sobre la mesa. Su perfume, ese olor cítrico y químico, me golpeó.
—Dime la verdad, científico. Mírame a los ojos y dime que no te aburres. Que no echas de menos el momento en que no sabías si ibas a acabar la noche en la cárcel o en la cama.
Tragué saliva. Mi cuerpo reaccionó. Una sacudida eléctrica, sucia. La adicción levantando la cabeza.
—Soy feliz, Marina —dije, y la frase sonó a defensa, no a hecho—. Estoy con alguien. Se llama Olivia. Y no es aburrida. Es real.
Al pronunciar el nombre de Olivia allí, frente a ella, sentí que la estaba protegiendo y, a la vez, exponiéndola a la radiación.
Marina se recostó en la silla. Sonrió. Una sonrisa de tiburón.
—Olivia. Suena dulce. Suena a... tarta de manzana.
Miró el reloj.
—Tengo una reunión. Pero me alegro de verte, Daniel. Me alegro de ver que has conseguido... domesticarte.
Se levantó. Me dejó allí sentado con mi vaso de agua y la sensación de que acababa de pasarme un camión por encima.
No me había tocado. No habíamos follado. Pero al salir de la cafetería, me sentí tan sucio como si lo hubiéramos hecho.