Variable Fantasma
Daniel
La vida con Olivia continuaba en su flujo de calma. Intentaba convencerme a mí mismo de que todo estaba bajo control, de que el email de Marina era un archivo cerrado.
Pero el subconsciente no entiende de carpetas borradas.
La pesadilla llegó la noche del martes.
Empezó bien. Estaba en la cama con Olivia. La luz dorada, su piel suave, el olor a sándalo. Hacíamos el amor, lento y tierno. Sentía su peso reconfortante. Era real. Era perfecto.
En mitad del acto, cerré los ojos, sumergiéndome en la sensación de estar en casa.
Y al abrirlos, ya no era Olivia quien estaba debajo de mí.
Era Marina.
Sus ojos verdes me miraban con burla. Su pelo castaño estaba esparcido por mi almohada. Su cuerpo, pálido y fibroso, se movía contra el mío con una fricción diferente. Seca. Muscular.
Sus caderas estrechas se clavaban en las mías. Su pecho firme me presionaba. El olor a vainilla había desaparecido, reemplazado por el aroma cítrico y peligroso de ella.
—¿No te aburres nunca en este jardín de infancia, científico? —susurró en mi oído. Su lengua lamió el lóbulo, caliente, sabor a nicotina—. ¿No te pica la piel por un poco de fuego de verdad?
Intenté apartarme, pero ella enroscó sus piernas de atleta en mi cintura, atrapándome.
—Te gusta esto. Admítelo. Echas de menos el vértigo.
Me desperté de golpe, empapado en sudor frío, con el corazón golpeándome las costillas como un martillo.
La habitación estaba en penumbra. A mi lado, Olivia dormía, ajena a la invasión.
Me levanté sin hacer ruido. Fui al baño. Me temblaban las manos.
Mi polla estaba dura. Una erección dolorosa, nacida del sueño, nacida de ella.
Me miré al espejo. Odié lo que vi. Un hombre excitado por el recuerdo de su propia destrucción.
Límpiate, pensé. Sácatela de la cabeza.
Me bajé el pantalón del pijama. Empecé a masturbarme, rápido, sin ganas.
Cerré los ojos e intenté invocar a Olivia. Su sonrisa, su cuerpo suave, su amor. Olivia, Olivia, Olivia. Repetí su nombre como un conjuro.
Pero la imagen se disolvía. Solo veía el destello verde de los ojos de Marina. Solo sentía la fricción fantasma de su cuerpo atlético.
Mi erección empezó a bajar.
La culpa era un veneno que mataba el deseo. No podía correrme pensando en Olivia porque sabía que no la merecía. Y no quería correrme pensando en Marina porque eso sería la traición final.
Me quedé allí, arrodillado en las baldosas frías del baño, con la polla flácida en la mano y las ganas de llorar atascadas en la garganta.
El fantasma no se había ido. Lo había invitado a entrar. Y ahora estaba sentado al borde de mi cama, esperando a que volviera a dormirme.
La simetría estaba rota. Y yo era el único responsable.