La Ecuación Abierta
Daniel
Sábado noche. Pizza, vino barato y jazz de fondo.
Olivia dibujaba en su tablet, con los pies sobre mis rodillas. Yo leía.
Hice un escáner rápido de la situación. Calor corporal. Olor a comida. Silencio cómodo.
Hace un año, esto me habría parecido una muerte lenta. Hoy, me parecía el único lugar donde quería estar.
Le acaricié el tobillo. Ella me miró y sonrió.
—¿Sabes? —dije—. Hoy he visto a un padre en el parque enseñando a su hija a montar en bici. Él le explicaba la física del equilibrio y ella solo quería pedalear.
Olivia soltó una risita.
—Me suena esa dinámica. Tú serías el de la física.
—Totalmente. Y tú serías la que le grita: "¡Dale caña!".
Se hizo un silencio. Un silencio cargado.
La miré. Imaginé esa escena. Un híbrido nuestro. Una niña con sus ojos y mi nariz, corriendo por este pasillo, pintando las paredes de verde selva.
Me dio vértigo. Pero no del malo.
—Me aterra —confesé—. La idea.
—A mí también —dijo ella, dejando la tablet—. Pero me aterra más no hacerlo.
Se acercó. Se sentó a horcajadas sobre mí en el sofá.
—¿Qué hacemos, científico?
—Dejar de calcular —dije, rodeándole la cintura—. Y ver qué pasa.
La besé. Fue un beso lento, profundo. Un beso que sellaba un pacto no escrito.
La llevé a la cama.
Esa noche, no usamos protección.
No hubo palabras solemnes. Solo una mirada antes de que yo entrara en ella. Una mirada que decía: Sí. Estoy listo.
Follamos despacio, con una consciencia nueva. Cada movimiento tenía un peso diferente. Ya no era solo placer; era posibilidad.
Sentí mi semen dentro de ella, caliente, vivo. Y por primera vez, no pensé en consecuencias. Pensé en futuro.
Nos quedamos dormidos abrazados. La ecuación estaba abierta. Y el resultado, fuera cual fuera, lo afrontaríamos juntos.