La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Cláusula del Diablo
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La Cláusula del Diablo

Olivia

Llegué al restaurante con ganas de matar a alguien. O de beberme una botella de vino entera.

Daniel ya estaba allí. Me vio la cara y pidió la botella antes de que yo me sentara.

—¿Día duro? —preguntó.

—Día de trinchera —corregí—. Ricardo Morales, nuestro autor estrella, ha tenido un ataque de divo. Quería romper el contrato y largarse a la competencia.

Bebí un trago largo. El vino tinto me calentó el estómago.

—¿Y qué ha pasado? —Daniel me miraba con esa atención absoluta que me encantaba.

—Que mis jefes estaban cagados y querían darle más dinero. Yo no.

Sonreí. Una sonrisa afilada.

—Le pedí cinco minutos a solas. Le recordé la cláusula de moralidad de su contrato. Le dije: "Ricardo, si te vas así, no te demandaremos. Sacaremos una nota de prensa diciendo que rescindimos por 'diferencias éticas'. Tu reputación se irá a la mierda. Nadie querrá tocarte".

Daniel abrió los ojos.

—Joder. ¿Y qué hizo?

—Se quedó blanco. Firmó la renovación y se fue a casa con el rabo entre las piernas.

Me recosté en la silla, sintiendo el alivio de la adrenalina bajando.

Daniel me miraba. No había miedo en sus ojos. Había... hambre.

—Eres peligrosa, Olivia —dijo en voz baja.

—Soy eficiente.

—Me pones muchísimo cuando eres eficiente.

La cena cambió de tono. Ya no hablábamos de trabajo. Nos mirábamos. La tensión sexual subió como la marea. Verle admirar mi fuerza, en lugar de sentirse amenazado por ella (como hacía Alejandro), fue el afrodisíaco definitivo.

En el taxi de vuelta, no hablamos. Su mano estaba en mi rodilla, subiendo despacio.

Llegamos a casa. Cerró la puerta y me empotró contra ella.

—¿Así que te gusta negociar? —susurró, mordiéndome el cuello.

—Me gusta ganar —respondí, desabrochándole la camisa.

Esa noche, el sexo fue un combate de iguales.

Me subí encima de él. Tomé el control.

—Dime qué quieres —le exigí.

—Te quiero a ti. A la jefa.

Le di lo que pedía. Follamos con fuerza, con mordiscos, con risas.

No hubo ternura. Hubo poder. Y descubrí que me encantaba tener un aliado que disfrutaba viéndome ganar, tanto en la sala de juntas como en la cama.