La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Ecos en la Oscuridad
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Ecos en la Oscuridad

Daniel

La cagué.

El experimento en el CIB se alargó. Mi móvil murió a las seis de la tarde. Salí a las diez, eufórico por los resultados, corriendo hacia el metro.

Llegué a casa con una botella de vino y una sonrisa, pensando en celebrar.

Abrí la puerta. El apartamento estaba a oscuras. Solo la luz de la farola de la calle entraba por el ventanal.

Olivia estaba sentada en el sofá. Rígida. Con las rodillas pegadas al pecho.

—¡Hola! Perdona, se me ha hecho tardísimo y el móvil... —empecé, encendiendo la luz.

Ella levantó la cara. Estaba pálida. Tenía los ojos secos, muy abiertos.

—¿Dónde estabas? —Su voz era un hilo de acero.

—En el laboratorio. Te lo juro. Se me apagó el teléfono y...

—El teléfono —repitió ella. Soltó una risa corta, sin gracia—. La excusa número uno. "No tenía batería". "No había cobertura".

Se puso de pie. Temblaba.

—Alejandro estuvo dos años "sin batería", Daniel. Mientras estaba con otras. Mientras se reía de mí.

Entendí lo que pasaba. No estaba hablando conmigo. Estaba hablando con su fantasma. Mi retraso había activado una mina antipersona que yo no había puesto, pero que acababa de pisar.

Dejé el vino en la mesa. Me acerqué despacio, con las manos abiertas.

—Olivia. Mírame.

Ella retrocedió un paso.

—No me mientas. Si estás con otra, dímelo ya. No me hagas la luz de gas. No me digas que estoy loca.

Se le rompió la voz. Empezó a llorar, un llanto de pánico puro.

La agarré por los hombros. Ella se resistió un segundo y luego se derrumbó contra mí.

—Mírame —le dije, obligándola a levantar la cabeza—. No soy él. He llegado tarde porque soy un desastre y me emociono con las pipetas. Soy un imbécil, pero soy un imbécil fiel.

Saqué el móvil muerto del bolsillo y se lo di.

—Enchúfalo. Mira la hora de salida del torno del CIB si quieres. Llama a Javi. Haz lo que necesites. Pero no dudes de esto.

Ella negó con la cabeza, enterrando la cara en mi camisa.

—Lo siento... —sollozó—. Es que... mi cabeza se va a ese lugar. Al lugar donde soy la idiota que se cree las mentiras.

La abracé fuerte, sintiendo sus temblores.

—Está bien —le susurré—. Ese lugar es una mierda, pero ya no vives allí. Vives aquí. Conmigo. Y yo no tengo batería, pero tengo la verdad.

Nos quedamos así mucho tiempo, de pie en el salón, hasta que dejó de temblar.

Esa noche no hubo vino ni celebración. Hubo silencio y manos entrelazadas. Entendí que la confianza no es algo que se gana una vez; es algo que hay que regar todos los días, y que un simple descuido puede secarla.