La Vibración Fantasma
Daniel
La felicidad tiene un efecto secundario inesperado: el insomnio.
Me desperté a las tres de la mañana. Olivia dormía a mi lado, respirando con esa cadencia tranquila que yo envidiaba. La casa estaba en silencio. Todo estaba bien.
Y sin embargo, mi cuerpo vibraba.
Era un zumbido bajo la piel. Una ansiedad sin objeto. Mi cerebro, adicto durante meses a la adrenalina de la mentira y el riesgo, no sabía qué hacer con tanta paz. Buscaba su dosis.
Cerré los ojos y, traicioneramente, apareció.
No Olivia.
Marina.
No la Marina real, la colega de trabajo. La Marina del recuerdo. La del baño. La del coche.
Recordé la presión de su mano en mi nuca. El sabor metálico de su boca. La sensación de peligro inminente, de estar a punto de ser descubierto.
Mi polla reaccionó al instante. Una erección dura, dolorosa, que no pedía amor, pedía fricción.
Me sentí sucio. Miré a Olivia, la mujer que me había salvado, y me sentí un apóstata en mi propia iglesia.
Me levanté con cuidado y me fui al baño. Cerré la puerta.
Me bajé el pijama.
Empecé a tocarme. Rápido. Sin lubricante.
Invoqué la imagen del laboratorio. La mesa fría. El ruido de los pasos en el pasillo.
Quería correrme para sacar el veneno. Para purgar la necesidad de caos.
Pero cuando estaba a punto de llegar, la imagen cambió.
Vi la cara de Olivia la primera vez que le hice el café. Vi su sonrisa manchada de harina. Sentí su mano en mi pecho.
El contraste fue brutal. La calidez de Olivia chocó contra la frialdad de mi fantasía y la destrozó.
Mi erección bajó de golpe. Me quedé allí, con la mano en una polla a medio gas, sintiéndome el ser más patético del planeta.
Me lavé las manos con agua caliente, frotando fuerte, como si pudiera quitarme la culpa.
Volví a la cama. Me pegué a la espalda de Olivia. Ella se movió en sueños y buscó mi mano.
Me aferré a ella.