La Cartografía del Cansancio
Olivia
Llegué a casa arrastrando los pies. Literalmente.
Llevaba doce horas dibujando, encorvada sobre la mesa, y luego una reunión con un cliente que pensaba que "pagar en visibilidad" era una oferta válida.
Entré en el apartamento y tiré el bolso al suelo. Me dolía la espalda, el cuello y el alma.
Daniel estaba en el sofá, leyendo. Me miró. Cerró el libro.
—Tienes cara de querer matar a alguien —dijo.
—A tres directores de arte, concretamente.
Me dejé caer en el sillón. Cerré los ojos. Esperé que me preguntara qué había de cena, o que me contara su día. Lo normal.
Sentí sus manos en mis tobillos.
—No te muevas —ordenó. Su voz era grave, tranquila.
Me quitó los zapatos. Luego los calcetines. El aire fresco en mis pies hinchados fue un alivio inmediato.
—Súbelos —dijo, palmeando su regazo.
Obedecí.
Sus manos, esas manos grandes y huesudas de científico, rodearon mis pies. No fue una caricia suave. Fue un agarre firme. Sus pulgares se clavaron en el arco de mi planta, justo en el punto donde se acumulaba toda la tensión del día.
Gemí. Fue un sonido feo, de dolor y placer mezclados.
—Ahí... —susurré.
—Fascitis plantar por tensión postural —diagnosticó él, sin dejar de apretar—. Tienes los tendones como cuerdas de piano.
Empezó a trabajar. No era un masaje de spa con música de flautas. Era fisioterapia doméstica. Deshacía los nudos con paciencia, siguiendo la línea del músculo, separando los dedos, haciendo crujir las articulaciones.
Me quedé mirándolo. Tenía el ceño fruncido, concentrado en mis pies como si fueran un problema matemático complejo que tenía que resolver.
No me estaba tocando para excitarme. Me estaba tocando para arreglarme.
Y eso, paradójicamente, me excitó más que cualquier mano en el muslo.
Sentí cómo el calor subía por mis piernas. Cómo mi respiración se acompasaba a sus movimientos.
—Eres un brujo —murmuré, con los ojos pesados.
—Soy un técnico de mantenimiento —respondió él, sonriendo sin levantar la vista.
El dolor se disolvió en una neblina cálida. Me sentía segura. Cuidada.
No recuerdo cuándo me dormí. Solo recuerdo la sensación de sus manos calientes en mis pies y la certeza absoluta de que, por primera vez en mi vida, podía bajar la guardia y dejar que otro llevara el peso.
Me desperté horas después, tapada con una manta, sola en el sofá. Había una nota en la mesa: "Te he dejado dormir. El técnico ha terminado su turno. Te quiero."