La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Una Fusión de Opuestos
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Una Fusión de Opuestos

Daniel

La invité a un japonés de fusión. Quería impresionarla con mi conocimiento sobre la precisión del corte del pescado. Un clásico error de novato: intentar intelectualizar la cena.

Olivia miró la carta como si fuera un jeroglífico.

—¿Tataki? ¿Usuzukuri? —preguntó, arrugando la nariz—. Daniel, mi paladar es de sándwich mixto. Me vas a matar.

—Confía en la ciencia —dije, pidiendo por los dos.

Cuando llegó la bandeja, ella cogió los palillos como si fueran baquetas de batería.

—Esto es física básica —le expliqué, poniéndome en modo profesor—. Palanca de primer grado. El punto de apoyo está aquí...

Intenté hacer una demostración magistral. El maki de aguacate salió disparado de mis palillos, rebotó en la mesa y aterrizó en su copa de vino. Plof.

El vino salpicó su vestido blanco.

Me quedé helado. Esperé el drama. La queja. "Mira lo que has hecho".

Olivia se miró la mancha roja en el pecho. Luego miró el maki flotando en la copa como un náufrago.

Y se rio.

No una risita educada. Una carcajada sonora que hizo que la gente de las mesas de al lado se girara.

—Brillante, científico —dijo, pescando el maki con los dedos y metiéndoselo en la boca—. Has inventado el sushi al vino tinto. Está bueno.

En ese momento, me enamoré un poco más. No de su belleza, sino de su capacidad para convertir un desastre en una anécdota.

La cena terminó con nosotros manchados de soja, borrachos de sake y riéndonos de mi torpeza.

Llegamos a su piso. No hubo transición. La besé en el pasillo, con sabor a jengibre y vino.

—Cállate y bésame —dijo ella, tirándome de la corbata.

Caímos en la cama, que estaba llena de bocetos y libros de arte. No los apartamos. Follamos encima del desorden, arrugando papeles, tirando cojines.

Le quité el vestido manchado. Su piel morena brillaba bajo la luz naranja de la farola que entraba por la ventana sin cortinas.

Me subí encima de ella. No hubo solemnidad. Hubo mordiscos, empujones y risas cuando mi codo resbaló con una revista de arquitectura.

—Eres un patoso —jadeó ella, abriendo las piernas para recibirme, guiándome con la mano.

—Soy empírico —repliqué, hundiéndome en ella de una estocada.

Su coño estaba caliente, vivo. Me apretaba con una fuerza que no esperaba, una succión rítmica que me hizo perder el control del "experimento".

Follamos con un ritmo alegre, desordenado. Sin buscar la perfección técnica, buscando el contacto. Mis manos en sus caderas, sus uñas en mi espalda.

Cuando nos corrimos, no fue un grito de película. Fue un choque de cuerpos sudados y felices, un jadeo compartido que terminó en un suspiro largo.

Me quedé encima de ella, aplastándola, respirando su olor a sándalo y sexo.

—Me gusta tu fusión —murmuró ella, trazando una línea en mi espalda con la uña.

—A mí me gusta tu mancha —dije, besando el rastro de vino seco en su pecho.

Era sucio. Era divertido. Y era lo mejor que me había pasado en años.