La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Perspectiva de un Extraño
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La Perspectiva de un Extraño

Antonio

Llevo treinta años detrás de esta barra. He visto de todo, y la mayoría me importa una mierda.

La gente cree que los camareros somos psicólogos. Mentira. Somos archivadores de miserias. Veo entrar a un tío y sé si viene a celebrar o a olvidar. Y los que vienen a olvidar son los peores: no dan propina, ocupan mesa tres horas y me deprimen a la clientela.

A ese chico, el amigo de Javi, lo tenía fichado en la lista negra.

Hace un año era un cadáver. Literal. Entraba arrastrando los pies, con la ropa arrugada y oliendo a encierro. Se sentaba en el rincón y pedía whisky barato. No miraba el móvil, no leía. Miraba la pared. Tenía esa cara de "he jodido mi vida y no sé cómo arreglarlo" que veo diez veces al día.

Javi, que es buen chaval, intentaba animarle, pero era como hablarle a una maceta.

Yo pensaba: "Este no dura hasta Navidad". O se tira al tren o se mete en algo peor.

Luego dejó de venir. "Mejor", pensé. "Uno menos".

Pero hace un mes volvió.

Casi no le reconozco. Entró andando recto. Afeitado. La camisa limpia.

Se sentó en la misma mesa, pero no pidió whisky. Pidió una caña y sacó un libro. No miraba la pared; miraba la puerta, esperando.

Y cuando entró ella, lo entendí.

La chica no era un pibón de revista. De esas entran muchas y son un dolor de cabeza. Esta era... normal. Pelo revuelto, sonrisa fácil. De las que piden "lo que sea" y no te montan un lío con la leche de soja.

Se sentó con él.

Y vi la diferencia.

El chico, el cadáver, se encendió. No como una bombilla de discoteca, sino como una estufa. La miraba como si llevara tres días sin comer y ella fuera un plato de lentejas. Hambre, sí, pero hambre de la buena. Hambre de nutrirse.

Ella le tocó la mano. Él no se apartó. Se inclinó hacia ella.

Javi llegó luego, y se rieron los tres.

Cuando vinieron a pagar a la barra, el chico me miró a los ojos. Hacía un año que no me miraba.

—La cuenta, Antonio. Y ponme otra ronda, que celebramos cosas.

Dejó una propina generosa.

Javi se quedó un segundo atrás mientras ellos salían.

—¿Qué? —le dije, limpiando un vaso—. ¿Ha tocado la lotería o qué?

—Algo así, Antonio —dijo Javi—. Ha encontrado el norte.

—Pues que no pierda la brújula —gruñí—, que luego me toca a mí barrer los cristales.

Javi se rio y se fue.

Miré hacia la calle. Iban de la mano. El chico caminaba ligero, sin arrastrar los pies.

No sé cuánto les durará. En esta ciudad nada dura. Pero por primera vez en mucho tiempo, no aposté en su contra.

Apagué la cafetera.

A veces, muy de vez en cuando, me gusta equivocarme con los clientes.