Variables Convergentes
Daniel
Llevaba un mes con Olivia. La estructura aguantaba. Pero faltaba la prueba de carga.
Necesitaba que Javi la viera. No para que me diera la enhorabuena, sino para que me dijera si me estaba volviendo loco otra vez. Javi me había visto arrastrarme. Si alguien podía detectar una grieta en mi nueva felicidad, era él.
Escribí los mensajes con las manos sudadas. Cité a Javi primero. Media hora de ventaja. Necesitaba preparar el terreno.
Llegué al bar de Antonio con la garganta seca. Javi ya estaba allí, con esa cara de perro guardián que se le había quedado desde que me sacó de casa de mis padres.
—¿Entonces? —preguntó, sin rodeos, en cuanto me senté—. ¿Es real o es otro parche?
—Es real, Javi. Es... sólida.
—Ya veremos. Los parches también parecen sólidos hasta que se despegan.
Bebimos en silencio. Yo miraba la puerta cada tres segundos.
Y entonces, entró.
Olivia no entró caminando; entró ocupando espacio. Llevaba una chaqueta de punto enorme y el pelo revuelto por el viento. Buscó con la mirada hasta que nos encontró. Sonrió.
No fue una sonrisa tímida de "espero caerle bien a tu amigo". Fue una sonrisa de "aquí estoy, esto es lo que hay".
Me levanté. Sentí la rigidez en mis hombros.
—Javi, ella es Olivia. Olivia, el hombre que me sacó del lodo.
Javi se levantó despacio. La escaneó. No le miró las tetas ni el culo; le miró los ojos. Buscaba la locura. Buscaba el drama.
Olivia le sostuvo la mirada. Le tendió la mano.
—Me han dicho que eres el responsable de que este hombre no siga en pijama —dijo ella—. Gracias.
Javi parpadeó, sorprendido. Soltó una risa corta. Le estrechó la mano.
—Alguien tenía que hacerlo. El pijama era horrible.
Se sentaron. Yo me quedé en medio, como un árbitro en un partido donde no conozco las reglas.
Empezaron a hablar. Javi la puso a prueba. Le soltó un par de comentarios cínicos sobre las relaciones, sus clásicos "todo se acaba". Olivia no se achicó. Le contestó con una ironía tranquila, devolviéndole la pelota sin agresividad, pero sin sumisión.
—El cinismo es muy cómodo, Javi —le dijo en un momento dado, mojando una patata en salsa brava—. Te ahorra tener que intentarlo.
Javi me miró por encima de su vaso. Alzó una ceja. Touché.
Yo dejé de intervenir. Me dediqué a observar. Vi cómo los hombros de Javi se relajaban. Vi cómo Olivia se reía con la cabeza echada hacia atrás, mostrando el cuello, confiada.
No eran dos extraños siendo educados. Eran dos veteranos de guerra reconociéndose las medallas.
Cuando Olivia fue al baño, Javi se giró hacia mí.
—No se parece en nada a Marina —dijo.
—No.
—Gracias a Dios —sentenció, apurando su cerveza—. Esta tiene los pies en la tierra, Daniel. Y parece que te tiene bien agarrado para que no salgas volando.
Solté el aire que llevaba una hora conteniendo.
—¿Aprobada?
—Aprobada. Pero como la cagues, te mato yo mismo.
Sonreí. La prueba de carga había sido un éxito. El puente no se había caído.