La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Equilibrio Inestable
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Equilibrio Inestable

Daniel

El domingo se estiró como un gato al sol. Café, periódicos, pereza.

A media tarde, estábamos en el sofá viendo una película terrible. Olivia se rio de una escena cursi, y yo, por instinto, le hice cosquillas en el costado.

Ella chilló, intentando zafarse. Rodamos por la alfombra, enredados en la manta, oliendo a café y a tarde lenta.

—¡Ríndete! —le dije, inmovilizándola bajo mi peso.

Ella paró de reír. Me miró. Tenía el pelo revuelto y las mejillas encendidas.

El juego se transformó.

La besé. Sabía a sal y a risa.

Le quité los vaqueros allí mismo, en el suelo. Sus bragas eran de algodón, con flores pequeñas. Nada de lencería de encaje negro para "impresionar". Eran reales. Eran ella.

Las rasgué con los dientes. El sonido del algodón cediendo fue nuestra señal de salida.

—Súbeme —dijo, señalando el reposabrazos del sofá.

La levanté y la senté a horcajadas sobre el borde. Era una postura imposible, inestable.

Entré en ella. Mi polla se hundió en su humedad con un sonido de bienvenida.

Teníamos que agarrarnos el uno al otro para no caer. El sofá crujía. La tele seguía puesta.

—¡Cuidado, nos caemos! —dijo ella, riéndose contra mi cuello.

—Pues nos caemos —respondí, embistiendo.

Era caótico. Era torpe. Era maravilloso.

Sentí sus contracciones alrededor de mí, sus risas convertidas en jadeos.

Y entonces, el desastre.

Mi pie resbaló en una revista del suelo. Perdí el equilibrio. Salí de ella con un plop sonoro y caí de espaldas en la alfombra.

Me corrí en el aire. Un arco de semen blanco que aterrizó, con precisión matemática, sobre la tapicería gris del sofá.

Silencio.

Olivia me miró desde el reposabrazos. Miró la mancha. Me miró a mí, tirado en el suelo con los pantalones bajados.

Y estalló en carcajadas.

Yo me uní. Nos reímos hasta que nos dolió el estómago.

—Te debo un sofá —dije, secándome las lágrimas.

—Ni se te ocurra —dijo ella, bajando y tumbándose a mi lado—. Me gusta. Ahora tiene historia.

La besé. Y supe que esa mancha era más importante que cualquier orgasmo perfecto. Era la firma de nuestra imperfección.

Ecos en un Vaso de Cerveza

Daniel

Quedé con Javi en el bar de siempre. Necesitaba contarle que su terapia de choque había funcionado.

—Es diferente, Javi —le dije—. No es vértigo. Es... cimientos.

Javi sonrió.

—Te veo la cara, tío. Has vuelto.

Bebimos en silencio un momento.

—Por cierto —dijo, como quien comenta el tiempo—, vi a Sofía el otro día.

El nombre me dio un pequeño calambre.

—¿Ah, sí?

—Está bien, Daniel. Muy bien. Ha vuelto a pintar. Tiene un estudio en Lavapiés. Y... iba con un tipo. Parecían contentos.

Esperé el dolor. Los celos.

Nada.

Solo sentí un peso inmenso levantarse de mis hombros.

—Me dijo que si te veía, te diera recuerdos. Sin rencor.

Cerré los ojos un segundo.

No la había destruido. Ella se había reconstruido sola. Mi arrogancia de creer que yo era el arquitecto de su desgracia se desmoronó.

—Me alegro —dije. Y era verdad.

Terminé mi cerveza. El vaso estaba vacío. Como mi culpa.

Salí del bar caminando ligero.

Sofía estaba bien. Marina estaba en su guerra. Y yo... yo tenía una mancha en el sofá y una mujer que me esperaba para cenar.

La ecuación, por fin, estaba equilibrada.