Parte III Cimientos
La Gramática del Silencio
Daniel
Nuestro primer fin de semana "oficial" juntos no tuvo nada de espectacular. Y por eso, fue perfecto.
El sábado por la mañana, fuimos al Rastro. Mientras paseábamos entre los puestos, me di cuenta de que no hablábamos para llenar el silencio. El silencio entre nosotros era un espacio cómodo.
Ella se detuvo ante un puesto de herramientas antiguas. Cogió una garlopa de madera.
—Mira qué maravilla —susurró—. Imagina las manos que han usado esto.
Me habló de su abuelo carpintero. Yo la llevé frente a un puesto de brújulas antiguas.
—Eso es la belleza del caos —le dije—. Cientos de piezas para intentar dar un sentido a las estrellas.
Ella sonrió. —Y a veces, el mapa más complicado es uno mismo.
Esa noche, decidimos no salir.
—¿Te apetece cocinar algo? —propuse.
—Solo si prometes no analizar la composición química de la salsa.
La cocina de su apartamento se transformó en una anarquía organizada. Pusimos música, abrimos vino. Nos movíamos el uno alrededor del otro, picando cebolla, rozándonos.
Ella estaba de espaldas, cortando albahaca. La luz de la cocina se enredaba en su pelo. Vi la curva de su nuca, vulnerable.
Me acerqué en silencio. Mis manos se posaron en su cintura. Se relajó contra mí.
Apoyé mi mejilla en su hombro. Olía a albahaca, a vino y a ella. A sándalo y a pan.
Sentí una erección lenta, pesada, contra su espalda baja. No de urgencia, sino de gratitud.
Ella soltó el cuchillo y recostó la cabeza hacia atrás.
—Te estoy manchando toda la cocina de salsa —susurró.
—Que se joda la cocina —respondí.
Nos quedamos así, abrazados, con el sonido del sofrito burbujeando.
—Sabes —dijo ella—, siempre pensé que la paz era aburrida.
—Yo también. Creía que para sentirse vivo había que vivir en el precipicio.
—Resulta —concluyó, girándose para besarme— que la verdadera adrenalina es encontrar a alguien con quien te atrevas a estar en calma.
Y en ese beso, con olor a comida casera, supe que la normalidad podía ser la aventura más radical de todas.