La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Gracias
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Daniel

La tercera cita terminó en mi piso. La atmósfera no era de tensión sexual eléctrica, sino de una gravedad inevitable.

La desnudé despacio. No había prisa, no había riesgo de que nos pillaran. La luz de la calle entraba por la ventana, pintando su piel morena de naranja.

Su cuerpo no era la arquitectura afilada de Marina. Era suave, sólido. Tenía una cicatriz pequeña en la rodilla y otra, casi invisible, en la cadera. Cuando la toqué ahí, tembló. No de placer, sino de memoria.

La besé bajando por su vientre. Olía a sándalo y a piel limpia. Un olor honesto.

Me arrodillé entre sus piernas.

La abrí. No había depilación láser integral, ni diseño minimalista. Había vello oscuro, rizado. Había labios carnosos, asimétricos, de un color vino profundo. Era real. Era humana.

Empecé a lamerla. Su sabor era salado, almizclado. Terrenal.

Ella gemía, pero había algo en su tensión que no me cuadraba. Sus manos apretaban las sábanas con demasiada fuerza. Sus muslos estaban rígidos.

Me levanté y me coloqué sobre ella. Su cuerpo reaccionó al instante: se tensé. Un espasmo de defensa. Sus ojos se abrieron, buscando una amenaza invisible en el techo.

El fantasma de Alejandro estaba en la habitación.

Me detuve en seco. Me quedé inmóvil, sosteniendo mi peso en los codos, sin dejar que mi pecho la aplastara.

—¿Estás bien? —susurré.

Ella parpadeó, volviendo al presente. Una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo.

—Sí... es solo que... no estoy acostumbrada a que paren. A que pregunten.

Abrí el cajón de la mesilla. Saqué un condón. No me lo puse. Se lo enseñé.

—Tú mandas, Olivia —dije, dejándolo en su mano—. Tú decides el ritmo. Tú decides si entramos o si nos quedamos aquí abrazados toda la noche. Yo no tengo prisa.

Ella miró el envoltorio plateado en su mano. Luego me miró a mí. Vi cómo sus hombros bajaban dos centímetros. Vi cómo el aire volvía a sus pulmones.

—Úsalo —dijo. Y luego, sonrió. Una sonrisa pequeña, acuosa—. Por favor.

Me lo puse. Entré en ella despacio, milímetro a milímetro, dejando que su cuerpo se acostumbrara a mi tamaño, a mi presencia.

Se sentía cálida, acogedora. Sus paredes me abrazaron sin luchar.

No fue un sexo de acrobacias. Fue un vaivén lento, profundo. La miraba a los ojos todo el tiempo, anclándola a la realidad, recordándole que era yo, Daniel, y no otro.

Cuando se corrió, no gritó. Se arqueó, cerró los ojos fuerte y soltó un suspiro largo, tembloroso, que pareció vaciarla de todo el aire viciado que llevaba años guardando.

—Gracias —susurró contra mi cuello.

No "me ha gustado". No "eres increíble". Gracias.

Me corrí dentro de ella, sintiendo una gratitud inmensa, no por el placer, sino por la confianza.

Nos quedamos abrazados en la oscuridad.

Cuando ella se durmió, me levanté con cuidado. Fui a mi chaqueta y saqué el cronómetro, el mismo que un relojero de Malasaña había rescatado semanas atrás de entre los restos de mi antigua vida, ahora recién reparado. El relojero lo había limpiado, engrasado.

Miré a Olivia durmiendo.

Pulsé el botón.

Clic.

La aguja roja empezó a moverse. Tic, tic, tic. Un latido constante, sano.

Lo dejé en la mesilla. No para medir nada. Solo para recordarme que el tiempo, por fin, había vuelto a correr a mi favor.