El Control es Tuyo
Olivia
Entrar en su cama fue fácil. Mantener la calma fue lo difícil.
Daniel me desnudó con una lentitud que me puso nerviosa. Estaba acostumbrada a la prisa, a ser un trámite antes de dormir. Su atención al detalle —besando mis rodillas, mi cadera, mi cicatriz— me hacía sentir expuesta.
Cuando bajó a mi sexo, contuve el aliento. Prepárate para la crítica, pensé. Prepárate para que le parezca demasiado, o demasiado poco.
Pero él hundió la cara en mí como si fuera oxígeno. Me lamió con una curiosidad reverente.
Gemí, pero mi mente seguía en alerta. Ahora viene lo difícil. Ahora viene la invasión.
Se colocó sobre mí. Sentí la punta de su erección contra mi entrada. Dura. Grande.
Mi cuerpo reaccionó con memoria muscular: me tensé. Esperé el empujón. Esperé tener que fingir que no dolía, que estaba lista, que todo iba bien. El fantasma de Alejandro me susurró: Aguanta, es lo que toca.
Y entonces, el peso desapareció.
Daniel se detuvo.
Se quedó inmóvil, sosteniéndose sobre sus brazos, mirándome con el ceño fruncido.
—¿Estás bien? —preguntó. Su voz no tenía impaciencia. Tenía miedo. Miedo de haberme hecho daño.
El mundo se inclinó. ¿Había parado? ¿Solo porque me había tensado un poco?
—Sí... —mentí, por costumbre.
—No, no lo estás —dijo él—. Estás esperando un golpe.
Se apartó. Abrió el cajón y sacó un preservativo. Me lo puso en la mano. El sobre cuadrado estaba frío.
—Tú decides, Olivia —dijo—. El control es tuyo. Si quieres que paremos, paramos. Si quieres que me lo ponga, me lo pongo. Tú marcas los tiempos.
Me quedé mirando el paquetito plateado.
Nadie me había dado el mando antes. Alejandro tomaba lo que quería y me convencía de que yo se lo había ofrecido.
Daniel me estaba dando el poder de veto.
Las lágrimas me picaron en los ojos. No de tristeza, sino de una liberación repentina y brutal.
—Póntelo —dije, y mi voz tembló—. Y entra. Pero despacio. Por favor.
Él obedeció.
Su entrada fue lenta, reverente. Sentí cómo me llenaba, cómo sus dimensiones ocupaban mi espacio, pero esta vez no era una conquista. Era una visita.
Yo guiaba con mis caderas. Yo decidía la profundidad.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos, vi que no estaba mirando a través de mí. Me estaba viendo. Estaba sintiendo lo mismo que yo: el milagro de que dos personas rotas pudieran encajar sin cortarse.
Me corrí no por fricción, sino por seguridad. Fue una ola cálida que nació de saber que, si decía "basta", él pararía en el acto.
—Gracias —susurré cuando terminamos.
Gracias por no ser él. Gracias por verme. Gracias por devolverme las llaves de mi propio cuerpo.
Nos quedamos enredados, sudando la tensión. Y supe que esa noche no solo habíamos follado. Habíamos firmado un tratado de paz.