La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Geografía del Hogar
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La Geografía del Hogar

Daniel

El plan era aséptico: cena en un italiano, conversación educada, despedida en el portal. Protocolo estándar de seguridad.

Pero entonces ella dijo: "¿Subes?", y el protocolo se fue a la mierda.

Cuando abrió la puerta de su apartamento, me golpeó una ola de calor y olor. No olía a ambientador de pino ni a lejía, como mi piso. Olía a hierba seca, a papel viejo y a madera. Olía a vida acumulada.

Entré. Me sentí como un astronauta que se quita el casco en un planeta desconocido y descubre que el aire es denso, rico y pesa en los pulmones.

No había minimalismo aquí. Era una anarquía de texturas. Una manta de lana naranja tirada sobre un sofá de cuero gastado. Libros apilados en el suelo formando torres inestables. Plantas que parecían querer conquistar las estanterías.

Era el caos. Pero no era un caos destructivo como el de Marina. Era un caos fértil.

—Bienvenido a mi laboratorio —dijo Olivia, quitándose los zapatos y dejándolos en medio del pasillo.

Se movía por ese espacio abigarrado con una fluidez que me dio envidia. Yo me quedé parado en la entrada, con las manos en los bolsillos, sintiéndome demasiado rígido, demasiado gris para ese lugar.

—Siéntate donde no haya un gato o un libro —bromeó desde la cocina.

Me acerqué a una pared cubierta de corcho. Era su cerebro exteriorizado. Bocetos, facturas, fotos antiguas, una hoja seca pinchada con una chincheta.

Vi una foto en blanco y negro. Una mujer con trenzas y mirada de acero.

—Mi abuela —dijo Olivia, poniéndome un vaso de vino en la mano—. Ella me enseñó que a la tierra no se le tiene miedo. Se le tienen las manos sucias.

Miré a Olivia. Llevaba un vestido de lino que dejaba ver sus brazos, su piel color miel, sus pies descalzos sobre la madera. En ese entorno, ella cobraba sentido. No era "desordenada"; era orgánica. Tenía raíces.

Yo, que llevaba meses flotando en el vacío de mi apartamento blanco, sentí una envidia dolorosa. Ella tenía un ancla.

—Tienes un hogar —dije. La frase me salió con un tono de asombro estúpido.

—Tengo un refugio —corrigió ella—. Me costó mucho construirlo después del huracán Alejandro. Cada cosa que ves aquí la elegí yo. Nadie me dijo dónde ponerla.

Se sentó en el sofá y palmeó el sitio a su lado. El cuero crujió.

Me senté. El sofá me tragó un poco. Era blando, viejo, acogedor.

Saqué el cronómetro de mi bolsillo. Un acto reflejo. Necesitaba tocar metal frío para no disolverme en tanta calidez.

—¿Sigues llevando eso? —preguntó, mirando el reloj reparado.

—Es mi ancla —admití—. Me recuerda que los mecanismos se pueden limpiar.

Olivia dejó su copa en el suelo y se giró hacia mí.

—En esta casa los mecanismos no importan tanto, Daniel. Aquí nos guiamos más por el tacto.

Apoyó su mano en mi rodilla. Su palma estaba caliente.

Miré alrededor. La luz ámbar de las lámparas, los colores, el olor a yerba mate. Me di cuenta de que mi apartamento de Argüelles no era un hogar; era una sala de espera. Y yo estaba harto de esperar.

—No quiero irme —solté. No fue una seducción; fue una confesión de pánico. La idea de volver a mi cubo blanco me aterraba.

Ella sonrió. Una sonrisa lenta, de gata al sol.

—Pues no te vayas. Tenemos vino, tenemos una pizza congelada y tengo una colección de vinilos que te va a horrorizar.

Esa noche no follamos. No hacía falta.

Cenamos en la alfombra. Escuchamos música brasileña. Y yo me quedé dormido en su sofá, rodeado de sus cosas, respirando su aire denso, sintiendo por primera vez en años que la gravedad, por fin, funcionaba a mi favor.