El Filtro de la Amiga
Olivia
Cerré la puerta de mi portal y me apoyé en ella, escuchando los pasos de Daniel alejarse por la calle. Corría. Literalmente estaba huyendo.
El aire de la noche era fresco, pero yo sentía un calor de vergüenza subiéndome por las mejillas. ¿Un abrazo rígido? ¿Después de tres horas de desnudar el alma sobre una mesa de formica, me despide con un abrazo de funeral?
Subí las escaleras sintiéndome idiota. Te lo dije, susurró la voz de Alejandro. Las mujeres con equipaje asustan.
Entré en mi apartamento vacío. Fui a la cocina a por agua y mi mirada se clavó en el calendario de la nevera. Un círculo rojo marcaba la fecha de hoy. El recordatorio automático que había olvidado borrar: "Aniversario A. y O. - 10 años".
El contraste me golpeó.
Hace tres años, en esta fecha, Alejandro me llevó a cenar a un sitio de tres estrellas Michelin. Todo fue perfecto. El vino, las velas, su sonrisa.
Y, sin embargo, yo pasé la noche con un nudo en la garganta porque, esa misma mañana, él me había jurado que nunca habíamos hablado de ir a París, que yo me lo había inventado, que estaba "estresada y confundía sueños con realidad".
Me hizo dudar de mi memoria. Me hizo sentir loca mientras brindaba por nuestro amor eterno.
Sacudí la cabeza, borrando al fantasma. Me senté en el sofá y marqué el número de Mónica. Ella era la única que conocía la versión sin censura de mi vida.
—¿Y bien? —preguntó al segundo tono—. ¿Era un psicópata o el amor de tu vida?
—Peor —suspiré—. Era real. Y luego ha salido corriendo como si yo tuviera la peste.
Le conté la cita. El cronómetro roto. La confesión de su fracaso. Y la huida final.
Mónica se quedó en silencio un momento. Escuché el chasquido de su mechero al otro lado de la línea.
—Vale, escúchame —dijo, soltando el humo—. Tienes dos opciones. Opción A: es un cobarde y lo bloqueas. Opción B: es un hombre que está tan aterrorizado como tú.
—Estoy cansada de hombres aterrorizados, Mónica. Quiero uno que sepa lo que quiere.
—Alejandro sabía lo que quería —replicó ella, implacable—. Quería un accesorio. Y nunca dudaba. Daniel... Daniel te ha puesto su mierda encima de la mesa en la primera cita. Te ha enseñado que está roto.
Hizo una pausa.
—No sé tú, Oli, pero yo prefiero a un tío que te enseña las grietas antes de que te mudes, a uno que pinta sobre la humedad y te dice que es arte moderno.
Tenía razón. Jodida Mónica.
Colgué el teléfono. El silencio volvió al salón, pero ya no era opresivo.
Miré el móvil. Podía esperar a que él me escribiera (probablemente en tres días, con una excusa mala) o podía tomar el control.
La vieja Olivia habría esperado, analizando cada silencio. La nueva Olivia estaba harta de la pasividad.
Escribí el mensaje. Lo borré. Lo volví a escribir. No quería sonar desesperada. Quería sonar como alguien que no tiene tiempo para tonterías.
Yo: Oye, científico. Tuve una cita interesante con mis propios fantasmas anoche después de que te fueras. Me recordaron por qué tu huida honesta fue lo más excitante que me ha pasado en años. Porque era real. Y yo estoy harta de las réplicas.
Respiré hondo. Me temblaban los dedos, pero no iba a parar ahora. Añadí la estocada final.
Yo: Si decides que tus "secuelas" son compatibles con las mías, te ofrezco una segunda vuelta. Sin expectativas. Y para que lo sepas: si no hubieras salido corriendo, me habría gustado que me besaras.
Pulsé enviar antes de que el miedo pudiera frenarme.
Dejé el móvil sobre la mesa, boca abajo. Clac.
No era una petición. Era un desafío. Si quería entrar en mi vida, tenía que saber que la puerta estaba abierta de par en par, pero que yo no iba a salir a la calle a buscarle.