La Tierra Quemada
Olivia
El silencio de mi apartamento no era pacífico; era ensordecedor.
Llevaba una semana en este piso de Chamberí y solo había deshecho la caja de la cafetera. El resto de mi vida seguía empaquetada en cartón, formando una cordillera de fracasos en mitad del salón.
Me serví una copa de vino y me senté en el suelo, la espalda contra la pared fría.
La huida de Daniel me había dejado un sabor metálico en la boca. No por él, sino por lo que había despertado en mí: el viejo miedo. El reflejo de Pavlov que me gritaba que cualquier hombre que mostrara una grieta era un peligro.
Mi mente, traicionera, viajó tres años atrás. A la cocina de diseño de Alejandro.
La luz dorada de la tarde entraba por el ventanal. Yo estaba ilusionada, con ese brillo estúpido de quien cree que está segura.
—He tenido una idea —le dije, mientras él leía el periódico—. Un álbum ilustrado. Una luciérnaga que tiene miedo a la oscuridad.
Él bajó el periódico. Me regaló esa sonrisa paciente, la que se usa con los niños lentos o con las mascotas.
—Olivia, mi amor... eres tan soñadora —dijo. Su tono era suave, cariñoso. Letal—. Es una idea bonita. Para un hobby. Pero un proyecto editorial requiere una disciplina que... bueno, que tú no tienes. Te conozco. Empezarás y lo dejarás a medias.
Sentí el frío. Guardé la idea en el cajón de "cosas para las que no sirvo".
Una semana después. Cena en casa con sus socios.
El vino corría. Alejandro, encantador, el centro de atención. Y entonces, con una naturalidad que me heló la sangre, lo soltó.
—De hecho, estoy trabajando en un concepto nuevo. Algo fuera de mi zona de confort. Una fábula infantil sobre una luciérnaga y el miedo. Creo que tiene un potencial transmedia brutal si se enfoca bien.
Mis amigos asentían, fascinados. Yo me quedé paralizada, con la copa en la mano, sintiendo cómo el suelo desaparecía.
Esperé a que se fueran.
—¿Por qué has hecho eso? —le pregunté, temblando—. Es mi idea. Te la conté yo.
Él me miró con una perplejidad perfecta. Se acercó y me puso las manos en los hombros. Sus manos pesaban.
—Cariño, por supuesto que es tu idea. Y es brillante. Por eso la he contado yo.
—No lo entiendo.
—Escúchame —susurró, acariciándome el pelo—. Si la cuentas tú, suena a capricho artístico. Nadie te toma en serio. Si la presento yo, la gente escucha. Le doy valor. Lo hago para proteger tu idea, Olivia. Lo hago por tu bien.
En ese momento, lo vi.
No era amor. Era canibalismo. Me estaba comiendo viva, trozo a trozo, y me convencía de que era para alimentarme.
Me robaba la voz y me decía que era para que se me oyera mejor.
El recuerdo se disolvió en el salón vacío de mi nuevo piso. Bebí un trago largo de vino.
Alejandro no me había pegado nunca. Pero había intentado algo peor: convencerme de que yo no existía sin él. De que mi realidad era defectuosa y necesitaba su traducción.
Miré el espejo apoyado contra la pared, todavía envuelto en plástico de burbujas.
Vi mi reflejo distorsionado.
Daniel, con su cronómetro roto y su huida torpe, no me había intentado traducir. Me había mostrado sus ruinas sin intentar venderlas como un palacio.
Había sido honesto en su cobardía.
Me levanté. Rasgué el plástico del espejo con rabia.
Me miré a los ojos. Vi el miedo, sí. Pero también vi la rabia. Y la rabia es un combustible mucho mejor que la tristeza.
Le hice una promesa a mi reflejo: Nunca más.
Nunca más dejaría que nadie me dijera quién soy. Y si ese científico asustado tenía grietas, bien. Yo tenía cráteres.
La soledad era un precio pequeño a pagar por ser dueña de mi propia mente. Pero tal vez, solo tal vez, la valentía no era quedarse sola en una torre.
Tal vez la valentía era atreverse a bajar el puente levadizo una vez más.