La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Un Beso entre Fantasmas
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Un Beso entre Fantasmas

Daniel

Llegué a mi apartamento sin aliento, como si me persiguieran. Cerré la puerta y me apoyé en ella, cerrando los ojos.

La imagen de Olivia en la cafetería, con su mancha de tinta y su comprensión absoluta, me quemaba en la memoria. Y mi huida... patética. Un hombre de treinta y un años corriendo calle abajo porque una mujer le había entendido.

Me quité la chaqueta y la tiré al sofá. Me sentía un impostor. ¿Qué hacía yo, el hombre que había dinamitado su vida, intentando entrar en la de una mujer que ya venía herida de guerra?

Me fui a la cocina a por agua. Estaba llenando el vaso cuando ocurrió.

El móvil vibró en el bolsillo de mi pantalón.

Se me heló la sangre. Miré la hora. Apenas había pasado una hora desde que la dejé en su portal.

Lo saqué con lentitud. La pantalla se iluminó.

Olivia: Oye, científico...

Leí el mensaje. Una vez. Dos veces.

...me habría gustado que me besaras.

El vaso de agua se me quedó olvidado en la mano. Me tuve que sentar en el taburete porque me fallaron las piernas.

No había juegos. No había "esperar tres días para no parecer ansiosa". Era directo. Valiente. Todo lo que yo no era.

Ella había visto mi desastre y, en lugar de huir, me estaba invitando a volver.

Mi primer instinto fue el pánico. No estás listo, me dijo mi cerebro. La vas a romper.

Pero luego releí la frase: "Si decides que tus secuelas son compatibles con las mías".

Ella no pedía un hombre perfecto. Pedía un hombre que se atreviera a intentarlo.

Escribí y borré cinco respuestas. Al final, opté por la verdad desnuda. Si ella había sido valiente, yo le debía lo mismo.

Yo: No me asustaste. Me dejaste sin palabras por tu valentía. Soy yo el que tiene secuelas, y muchas. Pero si tú te atreves, yo también. ¿Me dejas intentarlo de nuevo? Cine y paseo el viernes.

Le di a enviar con el pulso acelerado.

La respuesta llegó diez segundos después.

Olivia: Trato hecho. Pero esta vez, sin fantasmas en la sala.

Sonreí a la pantalla vacía de mi cocina. Y por primera vez en dos años, no fue una sonrisa cínica. Fue la sonrisa de alguien que acaba de recibir una segunda oportunidad que sabe que no merece, pero que piensa aprovechar hasta la última gota.

***

El viernes, la Gran Vía era un río de gente y ruido. Salimos del cine. No recuerdo la película; solo recuerdo el olor de su perfume (sándalo y algo cítrico, pero dulce) mezclado con las palomitas.

Caminábamos sin tocarnos, con esa distancia incómoda de quien quiere acercarse y no se atreve.

Fue ella quien se paró en seco bajo el cartel de un teatro.

—Bueno, científico —dijo, con una media sonrisa que no ocultaba el desafío en sus ojos—. ¿Ahora o nunca?

No lo pensé. Si lo pensaba, huiría.

Acorté la distancia. Me incliné.

El beso no fue perfecto. Chocamos un poco las narices. Fue torpe, tímido.

Pero sus labios eran suaves, cálidos. Sabían a cereza y a sal.

Ella no se apartó. Puso una mano en mi pecho, sobre el corazón que me martilleaba las costillas. No me agarró; me sostuvo.

Nos separamos, jadeando un poco.

—Mejor —dijo ella.

Nos sentamos en un banco de piedra, apartados del flujo de turistas. La luz de una farola nos iluminaba lo justo.

Era el momento.

—Hay algo que necesitas saber, Olivia —empecé. Mi voz sonaba rasposa—. Mi vida no "implosionó" sola. Yo apreté el detonador. Te lo cuento para que sepas dónde te metes y puedas huir ahora.

Y se lo conté.

No la versión editada. La versión sucia.

Le hablé de Marina. De la obsesión. No le dije "me enamoré"; le dije "me enganché".

—Ella tenía un problema —confesé, mirando mis manos—. Un bloqueo físico. Y mi estúpida arrogancia de científico me hizo creer que yo podía arreglarla. La traté como un experimento, Olivia. Me convertí en el guardián de su trauma porque me hacía sentir importante.

Tragué saliva.

—Y en el proceso de intentar "sanarla", destrocé a mi mujer, Sofía. La ignoré, la humillé y la dejé sola mientras yo jugaba a ser Dios en un laboratorio con otra. No fui un salvador. Fui un egoísta que usó a dos mujeres para sentirse vivo.

Callé. Esperé el sonido de sus pasos alejándose. Esperé el asco.

Olivia no se movió. Se quedó mirando el tráfico un rato largo.

Luego, me tomó la mano. Su piel estaba caliente.

—Todos tenemos un pasado, Daniel —dijo. Su voz no tenía juicio, solo una lucidez aplastante—. Y lo que me cuentas no es.