La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) El Kilómetro Cero
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El Kilómetro Cero

Daniel

Dos semanas después, el CIB confirmó mi puesto. Con la primera nómina, alquilé un apartamento cerca del Parque del Oeste.

Era un bajo interior de cuarenta metros cuadrados. Paredes blancas, olor a pintura barata y un silencio sepulcral. No era un hogar; era una unidad de contención.

Javi me ayudó con las cajas pesadas. No hubo discursos motivacionales. Solo sudor y el ruido de los muebles arrastrándose por el parqué.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó al dejar la última caja.

—Es esto o seguir durmiendo bajo el póster de los planetas —respondí.

Mis padres vinieron el domingo. Mi madre trajo tuppers y criticó la falta de cortinas. Mi padre revisó la caldera y los grifos.

—Está bien, hijo —dijo al salir, dándome una palmada en el hombro que sentí más pesada que un abrazo. Era la bendición del macho alfa: "Ya no eres mi problema".

Cerré la puerta. El silencio me cayó encima como una manta de plomo.

Me senté en el suelo del salón vacío, con la espalda contra la pared fría. Abrí una lata de cerveza. Clic. El sonido resonó en la habitación sin muebles.

Bebí. Y en ese vacío aséptico, sentí la primera señal de vida de mi propio cuerpo en meses.

No fue deseo. Fue presión hidráulica. Un hormigueo en la ingle que no tenía nada que ver con el amor ni con el caos, sino con la simple acumulación de fluidos y testosterona.

Dejé la lata en el suelo. Me desabroché los vaqueros.

Mis manos, acostumbradas a pipetas y teclados, se sintieron extrañas sobre mi propia piel. Saqué mi polla. En la penumbra azulada de la habitación, parecía un órgano ajeno. Un espécimen.

Estaba semierecta. Una respuesta fisiológica básica.

Empecé a tocarme. No cerré los ojos. No invoqué a nadie.

Bloqueé activamente cualquier imagen de Marina. Bloqueé el recuerdo de Sofía. No quería fantasmas en mi laboratorio nuevo. Quería datos puros.

Miré mi mano subiendo y bajando. El movimiento era mecánico, un pistón. Arriba, abajo.

Observé la vena dorsal hincharse, llenándose de sangre por pura fricción. El sonido era un chapoteo suave, solitario, patético en el silencio del piso.

No buscaba placer. Buscaba calibración. Quería saber si el hardware seguía funcionando después del colapso del software.

Aceleré el ritmo. Mi respiración se agitó, pero mi mente seguía fría, cronometrando la respuesta.

El orgasmo llegó sin previo aviso.

No hubo fuegos artificiales. Hubo una contracción muscular, un espasmo seco en la base de la columna.

Me corrí. El semen salió disparado, caliente y espeso, y aterrizó con un sonido húmedo sobre el parqué recién barnizado. Ploc.

Me quedé allí, jadeando, mirando la mancha blanca en el suelo de madera.

No sentí vergüenza. Sentí la satisfacción fría de un técnico que completa un test de diagnóstico.

El mecanismo funcionaba. Los conductos estaban despejados. El sistema hidráulico respondía.

Me levanté, fui a la cocina a por papel de cocina y limpié el suelo.

Tiré el papel a la basura.

La máquina era viable. Estaba vacía, sin alma y sin propósito, pero funcionaba. Y por ahora, en este kilómetro cero de mi nueva vida, eso tenía que ser suficiente.