El Protocolo del Espejo
Daniel
La resaca de la conversación con Javi dolía más que la del whisky. Sus palabras —"empieza a ser un hombre"— no eran un consejo; eran una orden.
Me levanté antes que mis padres. Fui al baño y cerré el pestillo. Encendí la luz fluorescente, esa luz blanca y cruel que no perdona nada, y me enfrenté al espejo.
No busqué piedad. Busqué datos.
Sujeto: Varón, 31 años.
Estado: Deterioro agudo.
Síntomas: Edema periorbital severo (ojeras negras), palidez cutánea, pérdida de masa muscular visible. Mi camisa del pijama colgaba de unos hombros que antes llenaban la tela. Podía contarme las costillas.
No era una víctima de una tragedia romántica. Era un sistema biológico en fallo multiorgánico por negligencia del operador.
Me eché agua helada en la cara. El shock térmico me hizo jadear.
—Suficiente —le dije a mi reflejo.
Me afeité. La cuchilla rasuró la barba de náufrago de tres meses, revelando una mandíbula más afilada, más dura. Me vestí con ropa limpia. Vaqueros, camisa planchada. Me sentí disfrazado de persona normal, pero era un comienzo.
Saqué el portátil. Abrí una hoja de cálculo en blanco. El cursor parpadeaba en la nada blanca.
Escribí el título: Análisis del Sistema Fallido.
No escribí un diario. Listé las variables que habían colapsado el sistema:
- Apatía crónica. (Estado de equilibrio térmico nulo).
- Fallo de comunicación. (Variable "Sofía" eliminada por saturación).
- Búsqueda de estímulos de alta intensidad. (Adicción al caos/Marina).
- Conclusión: El entorno actual está contaminado. Se requiere aislamiento y reubicación.
No podía sanar en el mismo laboratorio donde me había infectado. Tenía que volver a la zona cero.
Esa misma mañana pedí cita con Villares.
Entrar en mi antiguo departamento fue como visitar un cementerio. El puesto vacío de Marina era un hueco negro que absorbía la luz. Mis compañeros me miraban y apartaban la vista, incómodos. Yo era el elefante en la habitación.
Villares me recibió en su despacho. No me ofreció café. Se ajustó las gafas y me miró con esa frialdad analítica que yo tanto admiraba.
—Tienes mala cara, Daniel —dijo.
—No la tengo, Luis. Vengo a renunciar.
No hubo sorpresa en su rostro. Solo un asentimiento lento.
—Ya era hora.
Me dolió, pero tenía razón.
—He perdido el foco —admití—. Este lugar está lleno de fantasmas. No puedo trabajar aquí. No soy útil aquí.
—Un científico sin curiosidad es solo un técnico caro —dijo Villares, cerrando una carpeta sobre su mesa—. Y tú llevas meses siendo un burócrata de tu propia tristeza. Eres brillante, Daniel, pero la brillantez necesita oxígeno. Y aquí te estás asfixiando.
—Necesito un cambio. Radical. Sé que el nuevo Centro de Investigaciones Biológicas (CIB) está montando equipos.
Villares suspiró. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
—Haré la llamada. No por ti, sino por la ciencia. Sería un desperdicio dejar que un cerebro como el tuyo se pudra por un lío de faldas mal gestionado.
—Gracias, Luis.
—Vete. Y no vuelvas hasta que recuerdes por qué entraste en este oficio.
Salí del edificio con una caja de cartón bajo el brazo. Mis libros, mi taza, un par de fotos. Pesaba poco. Diez años de carrera reducidos a un archivo portátil.
Esa noche, en mi habitación limpia y ordenada, di el siguiente paso lógico.
Si el aislamiento era la primera fase, la reintroducción controlada de variables era la segunda. Necesitaba datos nuevos. Necesitaba interactuar con el entorno para calibrar mis sensores.
Me descargué una aplicación de citas.
No buscaba amor. El amor era una variable demasiado compleja e inestable. Buscaba interacción. Fricción.
Subí una foto reciente, la de la mandíbula afeitada y la mirada seria.
Escribí una biografía que era una advertencia: "Científico. Intentando reencontrar el norte. Me gusta la cerveza fría y la conversación sin pretensiones".
Pulsé "Aceptar".
El algoritmo empezó a trabajar, mostrándome rostros, vidas, posibilidades.
No sentí emoción. Sentí la fría satisfacción de quien inicia un nuevo protocolo experimental. El Sujeto D. Jiménez estaba listo para la fase de pruebas.