Parte I Protocolos del Fracaso
Gravedad Cero
Daniel
La salvación no llegó con una luz divina. Llegó un sábado por la tarde, con una patada en la puerta.
Javi llenó el marco de mi habitación. Me miró, miró la botella medio vacía y arrugó la nariz.
—Apestas, Daniel. Y no me refiero solo al alcohol. Apestas a autocompasión.
—Déjame en paz —mascullé, cubriéndome con la sábana.
Javi entró y subió la persiana de golpe. La luz del sol me quemó las retinas.
—Se acabó. Tus padres me han llamado. Están asustados. Levanta el culo de esa cama o te juro que te saco a rastras y te meto en la ducha vestido.
Había una amenaza real en su voz. Me levanté.
Una hora después, el olor a magnesio y goma quemada del rocódromo me revolvía el estómago.
Javi me lanzó el arnés. Me pesaba en las manos.
—Sube —ordenó, señalando la vía de iniciación. Una pared que antes calentaba sin mirar.
Lo intenté. Puse una mano en la presa. Mi cerebro envió la orden: "Impulso".
Mi cuerpo no respondió. Mis músculos, atrofiados por meses de sofá y whisky, eran gelatina. Resbalé en el primer movimiento.
El arnés me frenó con un tirón seco en la entrepierna. Quedé colgando como un fardo inútil a medio metro del suelo.
—Joder... —gemí.
—Otra vez —dijo Javi desde abajo, tensando la cuerda.
Lo intenté de nuevo. Y volví a caer. La vergüenza me ardía en la cara más que el esfuerzo. Me dejé caer a la colchoneta, derrotado.
—No puedo —susurré.
Javi se desató de mi cuerda. Sin decir una palabra, se enganchó a la pared y subió la vía en treinta segundos. Fluido. Potente. Vivo.
Desde arriba, me gritó. Su voz retumbó en la nave cavernosa.
—¡No es que no puedas, Daniel! —gritó Javi desde arriba—. ¡Es que no quieres! ¡Es más fácil quedarse en el suelo, lamiéndote las heridas y culpando a la puta pared!
Me miré las manos. Me temblaban. Los antebrazos me ardían, hinchados por el ácido láctico de un esfuerzo ridículo de diez segundos. Sentía el sudor frío bajándome por la espalda, pegándome la camiseta a la piel. Me dolían los dedos de apretar las presas con miedo en lugar de con técnica.
Mi cuerpo, ese que antes corría media maratón, ahora era un saco de patatas lleno de whisky y autocompasión.
Javi descendió en rápel, aterrizando frente a mí con la agilidad de un felino. Se desató y se acercó, su sombra cubriéndome. Olía a esfuerzo limpio, a magnesio y sudor honesto, en marcado contraste con el tufo a alcohol rancio que me salía por los poros.
—La has cagado. A lo grande. Bienvenido al club de los gilipollas.
Hay millones de socios —dijo, su voz ahora un murmullo grave y urgente—.
Pero esta pared no se va a subir sola. O empiezas a poner un pie delante del otro y te enfrentas a la puta gravedad, o te quedarás aquí abajo para siempre, viendo cómo los demás llegan a la cima.
Y yo no voy a quedarme a hacerte compañía en el fango.
Se quitó los pies de gato y me miró a los ojos.
—Yo te aseguro la cuerda, Daniel. Pero la pared la tienes que subir tú.
Recogió su mochila y se fue hacia los vestuarios, dejándome solo frente al muro vertical lleno de presas de colores.
Miré hacia arriba. Doce metros.
Parecía el Everest. Pero por primera vez en meses, no sentí ganas de llorar. Sentí ganas de escupirme en las manos y volver a intentarlo.