La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Prólogo El Abismo
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La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2)

La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2)

Por Alma Berrios

© inepub.com

Prólogo El Abismo

Daniel

La soledad no fue un vacío; fue un peso. Una gravedad aplastante que me pegaba a las sábanas de mi antigua cama de adolescente.

Mi habitación en casa de mis padres olía a cerrado, a sudor rancio y al whisky barato que escondía debajo del escritorio. Era el olor del fracaso. A los treinta y un años, había regresado a la casilla de salida, pero esta vez sin futuro.

Los días eran una mancha gris. Me levantaba, soportaba la mirada silenciosa y decepcionada de mi padre en el pasillo, y me encerraba de nuevo.

Mi único proyecto era un cadáver mecánico: mi viejo cronómetro suizo.

Eran las tres de la madrugada. Bajo la luz amarilla del flexo, las piezas desmembradas del reloj se burlaban de mí. Llevaba horas intentando encajar un engranaje minúsculo con unas pinzas que temblaban en mis manos por el alcohol.

Era mi ritual de locura. Si podía arreglar esto, si podía hacer que el tiempo volviera a marchar ordenadamente, tal vez podría arreglar el resto. Tal vez podría borrar a Marina, borrar la traición a Sofía, borrar al hombre patético en el que me había convertido.

El engranaje resbaló por quinta vez. Cling.

—Puta mierda —grazné.

La frustración estalló. No fue un pensamiento racional, fue un espasmo. Con un rugido ahogado, barrí el escritorio con el brazo.

Muelles, tornillos y cristales salieron disparados como metralla contra las paredes.

Agarré la carcasa vacía del cronómetro, el corazón metálico que me había acompañado desde la carrera, y lo lancé con toda mi fuerza contra la pared.

Crack.

No hubo explosión. Solo el sonido seco y patético del metal abollándose y el plástico rompiéndose. El objeto cayó al suelo, inerte. Muerto.

Esperé el alivio. La catarsis. No llegó.

Me deslicé hasta el suelo, la espalda contra la pared, y me abracé las rodillas.

El mecanismo estaba roto. Y por primera vez, sin el filtro de mi arrogancia científica, admití la verdad: el engranaje defectuoso no era el reloj. Era yo.