La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) El Fantasma en Papel Couché
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El Fantasma en Papel Couché

Daniel

Seis meses. Ciento ochenta días de silencio monacal.

Mi apartamento en Argüelles era una caja blanca. Sin fotos. Sin recuerdos. Un ecosistema cerrado donde yo era la única variable. Creí que era seguro. Creí que si no miraba atrás, el pasado dejaría de existir.

Qué ingenuo.

El sobre llegó un martes. Estaba en el buzón, mezclado con la publicidad del supermercado.

Era un sobre rígido, de cartón marrón, sin remitente. Solo mi nombre y dirección escritos con una caligrafía afilada, angulosa, que reconocí al instante. Sentí un pinchazo en el estómago.

Subí las escaleras de dos en dos. Entré en casa y cerré el pestillo. Dejé el sobre en la mesa de la cocina como si contuviera ántrax.

Me preparé un café. Me quemé la lengua. Cualquier cosa para retrasar el momento.

Finalmente, lo abrí. Rasgué el cartón.

Dentro no había una carta. No había una amenaza escrita con letras de periódico recortadas.

Había una fotografía.

Grande. 20x30. Papel brillante de alto gramaje.

La saqué. Y el aire salió de la habitación.

Era una obra maestra de la crueldad. Marta había capturado el momento exacto de nuestra degradación con una técnica impecable.

La luz naranja de una farola de aparcamiento iluminaba el interior de un coche. El vaho en los cristales creaba un marco difuso, sucio. Y en el centro, nosotros.

No parecía amor. Parecía un crimen.

Se veía mi perfil, la mandíbula tensa, los ojos cerrados en una mueca que no era placer, sino agonía pura. Se veía el cuello de Marina arqueado hacia atrás, la boca abierta en un grito mudo, los tendones marcados bajo la piel pálida.

Parecíamos dos animales atrapados en una trampa, devorándonos para sobrevivir.

La calidad de la imagen era insultante. Podía ver el grano de mi piel, el sudor en la frente de ella.

Acerqué la foto a mi nariz. Olía a tinta fresca y a químicos de revelado. Ese olor ácido me transportó de golpe al laboratorio, al miedo, a la culpa.

Le di la vuelta a la foto.

En el reverso blanco, escrito con rotulador negro de punta fina:

Composición N.º 1

El número 1.

Me dejé caer en la silla. El cartón se me resbaló de las manos.

No era un chantaje. Marta no quería dinero. No quería nada.

Era una notificación.

"N.º 1" implicaba que había una número 2. Y una número 3. ¿La biblioteca? ¿El teleférico? ¿La casa rural?

Marta tenía un archivo. Tenía mi vida desollada en su disco duro. Y había decidido que seis meses de paz eran suficientes.

Me levanté y fui a la ventana. Miré a la calle, buscando una melena roja, una cámara, unos ojos fríos.

La gente pasaba, ajena.

Mi apartamento, mi santuario estéril, se sintió de repente violado. Las paredes blancas ya no me protegían; me encerraban.

Marta no necesitaba estar aquí. Solo necesitaba que yo supiera que ella estaba allí. Observando. Esperando el momento estético perfecto para destruir lo poco que me quedaba.

Guardé la foto en el fondo de un cajón, bajo los calcetines. Pero sabía que daba igual. La imagen ya estaba grabada en mi retina.

El fantasma me había encontrado. Y traía pruebas.